Dia a dia

Cuaderno de campo de un paseo por mi vida, día a día.

Nombre:
Lugar: Zaragoza, Spain

viernes, noviembre 23, 2007

Mañana

Ya ha llegado el dia.

Después de una semana de locos, he conseguido hacer casi todo lo que tenía que hacer en el trabajo. Digo casi porque la mitad se ha quedado para la semana que vuelva...

Mañana me voy a Tailandia. De vacaciones.

¡¡Hasta la vuelta!!

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domingo, noviembre 18, 2007

Chocolate

No me gustan demasiado los dulces, y tampoco me muero por el chocolate.

Normalmente, claro.

Hay dias en los que necesito comer chocolate. Mi cuerpo me pide chocolate.

Ayer fue un dia de esos. Bueno, quiza fue un dia de otro tipo. Por la noche mi cuerpo quería otra cosa...y me tuve que conformar con el chocolate.

Por mucho que digan, es un mal substituto.
Necesito hacer algo...

miércoles, noviembre 14, 2007

Alea Jacta Est

La suerte está echada: ya he comprado el billete a Tailandia. Siendo justa, han sido mi hermana y Uza quienes lo han buscado y comprado, encargándose de buscar las combinaciones, las ofertas... en fin, se han encargado de todo... Al final, y gracias a mis jefes, me voy desde el 24 hasta el 7. Me han dado el dia de vacaciones que necesitaba, y que, por supuesto, recuperaré más adelante. Nunca he puesto pegas a hacer más tardes para acabar el trabajo, pero ahora lo haré con más ganas, si cabe. Me voy en semana y media, y tengo que preparar un montón de cosas... Solo espero no dejarme nada importante...

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domingo, noviembre 11, 2007

Reservo ya el 21 de junio

Hoy he quedado con M. P. y me ha confirmado que la noticia ya es oficial: se casa el 21 de junio en S. Felipe.

Aunque yo ya lo sabía, a partir de hoy ya es de dominio público: se lo han dicho a los padres de los dos. ¡Genial! ¡Incluso he podido dar la enhorabuena a L. cuando ha venido a casa de M., donde yo estaba...

Ha puesto cara de circunstancias, pero es que supongo que no esperaba que nadie lo supiera tan pronto.

Como ya dije, a esa boda no quiero ir sola. Y me han puesto ya el tiempo...
¿Lo conseguiré?

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sábado, noviembre 10, 2007

Tailandia

Creo que fue en el cumpleaños del F. y de A. cuando F. me dijo por primera vez lo de Tailandia.

Normalmente ella se va de viaje a final de año, con el P. Se monta un macroviaje superchulo, cogiéndose prácticamente un mes de vacaciones. Van a destinos exóticos olvidándose de los viajes organizados, lo que hace que el turismo sea una aventura. Controlada, eso si.

Hace dos años, tuve la suerte de unirme a ellos y me encantó. La idea inicial era irnos a Costa Rica, un destino que nos apetecía mucho. En un principio, varias personas estuvimos comentando los detalles, las fechas, etc...Finalmente, entre que decidíamos si la época de lluvias era mala o buena para viajar, varias personas se cayeron del viaje. A un mes de las vacaciones, éramos cuatro personas seguro que seguíamos sin saber donde íbamos.

De alguna forma, surgió la posibilidad de ir a Siria y Jordania, comenzando el viaje por esta última. Cogimos los vuelos -siguiendo nuestra costumbre, cuatro personas iban y volvían de tres maneras diferentes-, y dos días antes de irnos el telediario sacó como noticia de portada la explosión de dos bombas en un hotel de Aman. Eso no nos arredró, aunque, si ya íbamos a ser prudentes, el atentado hizo que todavía lo fuéramos más. Finalmente el viaje fue uno de los mejores que he hecho, quitándome el miedo a ir sobre la marcha, sin hotel y sin nada buscado...

El año siguiente P. y F. fueron a Argentina; yo ya había estado allí -dos años antes- así que no me uní.

Este año les avisé con tiempo de que me tuvieran al corriente de sus planes, y así lo hicieron. El cumpleaños del F. Y de A. Fue en julio, o sea que ya hace tiempo.

Por razones varias, hasta hace poco no se estableció la fecha. Iba a ser a final de noviembre, y ellos se quedarían un mes. Yo solo tengo siete dias laborables, así que como mucho podría juntar 13, si meto el puente de la Inmaculada.

Entre la pereza de tener que buscarme la vida para ir y para volver, y el hecho de haber estado fuera la mitad del mes de octubre, he tardado un montón para sacar el billete. Remoloneando, me he puesto a tres semanas escasas de la salida.

Mi hermana, que además de amiga y decoratrix, se encarga de mi vida social, acabo de ponerme las pilas ayer. tenía que ir, y trece dias eran más que suficientes. Ella estuvo el año pasado dieciocho dias y casi le parecieron demasiados.

El resultado de todo esto es que esta mañana he reservado mi billete de avión, desde el 30 hasta el 4, por la "módica" suma de 1134 €. Ayyyyy, ¡qué dolor de bolsillo!.

Solo me queda mentalizarme :-)

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martes, noviembre 06, 2007

Puente de todos los santos V

- Domingo -

Ya se nos acababa el puente. A. tenía que salir de viaje el dia siguiente y todos preferíamos llegar antes que después, así que la idea era empezar a bajar hacia Madrid, haciendo alguna visita en el camino.

A., R. y C. querían volver por el camino rápido, por donde habían venido, parando en Olite. En teoría el otro coche visitaría Loarre o los mallos de Riglos, porque había que parar en ZgZ antes de seguir camino hacia Madrid. Son encantadores y no les importó dejarme en casa, aunque les propuse que me dejaran en pamplona, donde yo cogería un autobus y ellos podrían seguir directamente por Burgos hasta casa.

Desayunamos en el bar debajo de la casa, y quedamos en despedirnos en el mirador sobre la Foz de Arbuyón, que el A., el F. y yo ya habíamos visto el primer dia. Después de los besos y achuchones de rigor, nos dimos cuenta de que Olite estaba al lado de la autopista Pamplona-Zaragoza, la forma más rápida de ir a ZgZ. Bueno, vale, fue C. la que se dio cuenta. Todos habíamos pensado que estaba muchísimo más al oeste.

Quedamos en volver a vernos allí, para visitar juntos el pueblo y, esta vez si, despedirnos definitivamente.

C. y yo habíamos acordado una ruta que evitaba dar muchos rodeos. No eran carreteras principales, y el tráfico no era excesivo. Era curioso ver como, conforme avanzábamos, el paisaje cambiaba totalmente. Del monte y el bosque multicolor habíamos pasado a la vega agrícola, dominada por las viñas.

Lo que no esperábamos, al menos los que no lo conocíamos, era Olite.

Ya desde léjos se apreciaba su castillo medieval, con multitud de torres y perfectamente conservado. Conforme nos acercábamos, la sensación de estar en un pueblecito medieval se acentuaba. Merece la pena ir hasta allí, la verdad.

Cuando llegó el otro coche, hicimos una visita guiada al castillo-palacio, que efectivamente había sido completamente restaurado después de la ración de incendios, guerras, rapiñas y desgracias varias que cualquier edificio del siglo XV lleva a cuestas.

El guía, Eneko, resultó ser un chaval muy simpático que hizo la visita más amena. No solo nos explicó lo más importante, sino que sus comentarios sobre el arquitecto nos hicieron sonreir más de una vez y de dos.

Después de la visita, nos despedimos de las ocupantes del otro coche -esta vez si que si- y nos sentamos a tomar unos cuantos pinchos y raciones para comer. Definitivamente acertamos con el sitio; además del sol y la terraza, la comida estaba buenísima.

Dos horas más tarde estábamos en Zaragoza. Quedé con mis padres en un restaurante cerrado a la salida de la ciudad, evitando que mis amigos tuvieran que entrar en el atasco dominical. Mi padre tardó un poco, pero en breve cada mochuelo estaba camino a su olivo.

Cansada, aun me dio tiempo esa misma tarde a quedar con S. para vernos y tomar un café...La verdad es que ahora la veo menos que cuando vivía en otra ciudad, por paradójico que resulte. Será uno de los cambios para los propósitos de año nuevo, creo yo...

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Puente de todos los santos IV

- Sábado -


La resaca y las agujetas del dia anterior pasaron factura. A. sostenía que todavía daría positivo en alguna prueba de alcoholemia, mientras otro grupo, encabezado por R., se quejaba del dolor de huesos y de algunos músculos que desconocía tener.

Para evitar males mayores -y el linchamiento de la guía-, ese día nos iríamos de "puebling". Nos había llegado por diversas fuentes que Saint Jean Pied-de-port era uno de esos sitios que no podíamos perdernos, así que lo marcamos como primer destino después de desayunar. ¡¡¿¿Cómo íbamos a perdonar el desayuno??!! Especialmente esa tortilla de patatas jugosa y recien hecha que habíamos descubierto el dia anterior. Ummmmm...:-P

Además de el disfrute por la montaña, mis amigos y yo compartimos un sano gusto por la gastronomía de todo tipo. No en vano, una de las divisas del grupo es "A mal tiempo, buen estómago"; divisa que seguimos escrupulosamente, debo decirlo. Por esto mismo, antes de cruzar la frontera paramos en Roncesvalles para reservar un sitio donde comer. Y es que no queríamos que nos ocurriera lo mismo que Lumbier o en Ochagavía, donde una sidrería que conocía C. estaba resistiéndose desde el jueves. Siempre estaba completa o no cogían el teléfono.

En Roncesvalles nos hicieron el favor de cogernos la reserva, aunque no solían hacerlo. No sabíamos si llegaríamos a tiempo, porque todavía teníamos que llegar a Saint Jean, visitarlo y volver, pero por si acaso ya teníamos la manduca asegurada...

La carretera era preciosa, aunque infame. Curvas, niebla y "señalización orientativa". Cuando vimos el primer cartel indicando esto último, nos mosqueamos un poco. ¿Qué sería eso de "señalización orientativa"? Había alguna señal vertical -puesta al voleo, eso sí, si te fiabas de las indicaciones de velocidad estabas perdido-, y la raya que separaba los carriles estaba pintada, así que en un principio no supimos a qué atenernos. Duró poco, porque pronto nos dimos cuenta de lo que faltaba: ¡la línea continua!. En curva, recta, y con mayor o menor visibilidad, la línea que separaba los carriles era siempre discontinua...¡¡Cómo para fiarse!! Eso si, la vista era preciosa.

Llegamos a nuestro destino sin ser conscientes -literalmente- de haber pasado la frontera. Digo literalmente porque no había ningún cartel ni ninguna garita que indicara el cambio de país. Los carteles habían cambiado gradualmente de idioma, pero ese tampoco era un buen indicador: en Sant Jean Pied-de-port aparcamos debajo de una cartel donde indicaba "Peña del Ordago".

El pueblecito era encantador. Última parada francesa del camino navarro de Santiago, las referencias al camino eran constantes. El centro estaba rodeado de una muralla muy bien conservada, donde los dinteles de las puertas mostraban con orgullo los años en que las casas habían sido construidas. Subimos por una de las calles principales hasta la ciudadela, donde disfrutamos de una vista general. Bueno, no todos disfrutamos tanto...R. hizo el comentario genial del dia nada más desplomarse en el primer apoyo que encontró: "¿Para qué subir si se veía lo mismo desde abajo?". ¡Pobrecilla!¡Estaba muerta de agotamiento!.

Algunas fotos más tarde, y después de un paseo alrededor de la muralla -capricho de A.-, llegó el momento de la verdad: ¿comíamos allí mismo o volvíamos a Roncesvalles?. Comer en Francia implicaba comer ya, porque los horarios gabachos son algo diferentes de los nuestros. Por otra parte, llegar a las dos y media a Roncesvalles implicaba salir en ese mismo momento. No podíamos esperar mucho más porque el A. debía salir hacia Madrid después de comer: tenía guardia esa noche.

Como ninguno teníamos hambre tan pronto, decidimos coger el coche y comer en España. El camino se hizo más corto que el de ida, y a las dos y media pasadas estábamos sentados a la mesa.

Después de comer y despedir al A., visitamos la Colegiata de Roncesvalles para bajar la comida, y decidimos hacer un pequeño paseo -que no caminata- por los alrededores de la fábrica de Orbaiceta. Todavía quedaban unas horas de luz y merecía la pena dar un paseito. Yo, como una de las incitadoras a caminar, propuse hacer una pequeña ruta de seis kilómetros con poco desnivel que partía precisamente de la fábrica.

Eso les pareció demasiado a la mayoría de la tropa, así que C. planteó una propuesta alternativa. Podíamos empezar esa pequeña ruta y coger un desvío que llevaba hasta las ruinas de un castillo. Esa alternativa era muuuucho más corta, lo que hizo que R. ni siquiera se pusiera las botas de montaña. ¿Para qué? Seguro que iba bien con las deportivas...

El comienzo de la ruta se revelo como una cuesta interminable hacia arriba. Si, definitivamente la ruta tenía poco desnivel, pero estaba todo al principio. R. se las veía y se las deseaba porque el camino estaba húmedo y tapizado de hojas secas. Lo que nadie había previsto era que el desvío hacia el castillo consistía en un sendero rectilíneo con una inclinación de unos 45º de media. ¡Horror! Incluso el grupo de cabeza se las vió y se las deseó para llegar arriba. S. y R., viendo como estaba la cosa y advertidos por nuestras voces, se volvieron al coche a los pocos metros de comenzar el ascenso del desvío.

El camino era duro, y el hecho de hacerlo justo después de comer hizo que se hiciera aún más penoso. Sin embargo, la vista desde arriba merecía la pena. El bosque por el que habíamos subido ya era bonito e impresionante, teñido de otoño. Esta vista se superaba con el paisaje que nos esperaba arriba. Se veía todo el valle, con el bosque de hayas multicolores iluminado con la última luz del atardecer. Después de varias fotos apresuradas -C. estaba preocupada por el descenso y quería empezar a bajar lo antes posible-, empezamos a bajar por la pendiente temiendo que en cualquier momento alguno se caería y nos empujaría a los demás.

Temores infundados. Todos íbamos despacio y cuidando nuestros pasos, y poco después llegamos al coche, donde nos esperaban R. y S. Antes de irnos, A., C. y yo aún pudimos visitar las ruinas de la fábrica, que comenzaban a parecer un poco fantasmales conforme desaparecía la luz del dia.

El camino de vuelta, ya de noche, se nos hizo larguísimo. Atravesaba un puerto y, aunque el firme estaba bastante bien, había multitud de curvas que impedían relajarse ni un momento. A., como conductora experta donde las haya, las sorteó sin ningún problema, dejando atrás a la pobre A., que se había empeñado en conducir "para ir cogiendo experiencia". La pobre, según nos contaban después, iba cantando las curvas con interjecciones, del tipo "hala, haaalaaa, HALAAAA" con el pitorreo del resto de las ocupantes del coche.

Después de cenar (no perdonamos ni una comida), F., C. y yo nos fuimos a dar una vuelta. Como no habíamos bebido, el pueblo se hizo pequeño enseguida -es lo que tiene andar sin hacer eses- y decidimos seguir el cauce del río hacia Ochagavía. Hacía frío, pero no había nubes y las estrellas se veían con toda claridad, especialmente cuando dejamos atras las luces del pueblo. C. incluso llegó a ver media docena de estrellas fugaces que el resto no llegamos ni a vislumbrar. Tampoco vimos la osa mayor, pero disfrutamos igualmente del paseo.

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Puente de todos los santos III

- Viernes -

La experiencia es un grado, y como F., el A. y yo sabíamos como estaba el tema, nos llevamos a toda la tropa a desayunar a Ochagavía. Incluso yo, que no suelo desayunar, cai bajo el hechizo de la tortilla de patatas del único bar que vimos abierto. Ummmm, sencillamente deliciosa.

La idea era hacer una excursión de unas cuatro horitas por la selva de Irati. Yo había buscado rutas y excursiones por internet, y estaba pertrechada de fotocopias por todas partes. ¡¡Cual fue mi sorpresa cuando C. me hizo ver que la excursión escogida empezaba desde otra de las entradas del parque!! ¡Agggg!

Como luego comentó A., este viaje yo no estaba inspirada con los mapas...

Llegamos a las Casas de Irati, y allí nos indicaron una ruta que llevaba al pantano de Irabia, al que queríamos llegar. Consistía en llegar por la 63A hasta el pantano, y, si queríamos darle la vuelta, empalmar con la 53C, ambas circulares. Eran 18 Kms en total, dato que C. y yo ocultamos al resto de la expedición.

R. ya nos había mirado con cara rara cuando le habíamos dicho lo de las cuatro horas, ¡¡como para decírselo en kilómetros!!. Debo aclarar que la pobre, además de no gustarle caminar, sufre de vértigos...lo cual hace poco recomendables los paseos por el monte.

El camino era precioso; transcurría entre el bosque de hayas de todos los colores y estaba alfombrado de hojas secas que formaban una imagen puramente otoñal. Salvo unos pequeños desniveles, el camino era bastante llano, lo que nos permitió disfrutar del maravilloso dia que habíamos tenido la suerte de encontrar.

Sol en un bosque de hayas y abetos al lado del agua en buena compañía...¿qué más se puede pedir?

El pelotón se disgregó pronto en dos grupos: el A., A., A. -que se había revelado como una buena deportista-, y yo, que no estoy en mala forma... Cuando llegamos al pantano, y después de esperar un rato, decidimos seguir para no quedarnos frios. Ya nos alcanzarían, suponíamos.

Y tanto que nos alcanzaron. Entre las fotos, las paradas para disfrutar del paisaje y la velocidad de caracol reumático, no habíamos llegado a la mitad del embalse cuando nos alcanzaron. Concretamente fue cuando decidimos seguir los consejos del A. (¡en qué mala hora!) y cruzar la parte estrecha del embalse saltando de piedra en piedra.

En realidad todos cruzaron más bien que mal salvo yo, que conseguí meter los dos pies hasta las rodillas en el agua fria. Y si el agua te cubre la bota, no hay "guarretex" que evite que te cales.

Como es de suponer, acabé chipiada hasta la rodilla. Mientras caminaba no había problema, pero cuando volví lo primero que hice fue aceptar el ofrecimiento de A. y cogerle unos calcetines secos. Yo, como montañera de habas que se precie, no había previsto que es algo que puedes necesitar en cualquier excursión, por muy fácil que sea.

A partir de entonces fuimos todos juntos, lamentándonos de no haber sido más previsores y de no haber cogido bocadillos. ¡Con la cantidad de sitios bonitos que había junto al agua para comer y nosotros sin nada! Bueno, sin nada no, porque el A., previsor, llevaba algo de fruta que compartió con todos.

R. no podía más, y mientras C. adivinaba que podían faltan aún seis kilómetros, R. pedía que le dijéramos algo animoso...que faltaba solo cuatro, por ejemplo.

A partir de ahí, nos volvimos a dividir de manera involuntaria. El grupo inicial, en el que yo estaba, cogimos una velocidad tranquila pero uniforme, llegando al aparcamiento cuarenta y cinco minutos antes que el resto. El sendero estaba bien balizado, así que no hacía falta esperarles, pero cuando al fin lo hicimos, nos quedamos tiesos. El sol ya se estaba yendo y la naturaleza nos recordaba que era el momento de comer y tomar una cervecita.

¿Donde encontrar algo de comer a esas horas? Eran ya las cinco de la tarde no nos hacíamos ilusiones. Al menos esperábamos encontrar algo que picar para entretener el estómago hasta que abrieran la cocina, pero no tuvimos mucha suerte.

En el mismo bar donde habíamos desayunado, pudimos atiborrarnos a frutos secos y patatas fritas, pero la cocina no la abrían hasta las 8...¡Vaya! La decisión fue rápida: después de matar al gusanito, nos volvimos a casa a ducharnos, decidiendo cenar en cuanto el bar de abajo abriera la cocina.

Hasta entonces, ducha, partidas de escoba, bailecitos varios con el F. y..,.¡la sorpresa! A. y C. habían comprado disfraces y habían preparado varias tonterías aprovechando "Halloween". Aunque ya no era la festividad, pasamos un buen rato jugando con las caretas y asustando a los niños de la mesa de al lado mientras el vino corría a raudales.

Acertadamente, cuando subimos a la casa la camarera nos había dicho que íbamos a dormir...la, más que a dormir.

El F. y C. querían ir a dar una vuelta, a la que me uní, sin darme cuenta de que el grado de alcohol del F. superaba lo aconsejable. Fue divertido; él no quería andar sin cantar, mientras nosotras dos intentábamos que no levantase mucho la voz. Debo de reconocer que la vuelta se hizo mucho más larga de lo esperado, porque aunque el pueblo era pequeño, ir haciendo eses lo alarga mucho más.

Ya de vuelta dejé a F. y a C. abrazaditos en el sofá y me fui a dormir, sin enterarme de nada más hasta el dia siguiente.

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lunes, noviembre 05, 2007

Puente de todos los santos II

- Jueves-

La previsión del tiempo había anunciado un buen puente en toda España y se cumplió con creces.

El jueves nos levantamos con energía. Hacía sol y teníamos toda la mañana por delante hasta reunirnos con el resto de la expedición, que preveía llegar al mediodía desde Madrid.

El desayuno fue un desastre -tostadas secas- donde lo mejor era la bollería industrial, y encima era caro. ¡"Buen" comienzo!

Esa mañana íbamos a visitar la Foz de Lumbier, antes de comer en Sangüesa. Esto de comer allí era un capricho del F., aunque todavía no me explico la razón, ya que no conocía ningún sitio en concreto donde comer. Como el A. tenía también su propio capricho -comer en Lumbier, en un restaurante con buena pinta que habíamos pasado la noche anterior-, la cosa tenía su miga.

Hicimos la ruta circular, que implicaba una subidita por el monte antes de bajar al interior de la Foz propiamente dicha. Durante la primera parte pudiemos disfrutar del campo para nosotros solos (solamente nos cruzamos con un lugareño, por supuesto en manga corta y demostrando que no solamente los de Bilbao son unos echados p'alante).

Conforme nos aproximábamos a la entrada del tunel que daba paso a la Foz, íbamos encontrando más y más gente. Y aunque aquello prometía estar como la Gran Vía en un dia de rebajas, lo que encontramos al final del tunel demostró que valía la pena. Y es que el paisaje era espectacular.

Dos horas después de haber empezado a caminar estábamos de nuevo en el coche, rumbo a una cervecita fresca. Aunque mis chicos seguían sin ponerse de acuerdo, conseguimos llegar a un acuerdo sobre la cervecita: la tomaríamos en el restaurante donde el A. quería comer.

El menú tenía una pinta demasiado apetitosa para perder la oportunidad, así que me puse de parte del A.: La comida en Sangüesa perdía por dos a uno. Eso implicaba cambiar el lugar de la cita con el resto del grupo, hasta tal punto que cuando les llamamos ya estaban allí y tuvieron que dar la vuelta.

El tercer coche, nos contaron, se había perdido entre los torreznos sorianos y aún le faltaba un buen rato para llegar. El restaurante estaba lleno y solamente nos admitían si entrábamos en ese momento, así que decidimos olvidarlo y dejarlo para mejor ocasión porque las tres del coche escoba nos habían pedido que las esperásemos para comer.

No hay mal que por bien no venga: cumpliríamos el antojo del F. y comeríamos en Sangüesa. O al menos lo intentaríamos.

Y es que no resultó ser tan fácil, ni mucho menos. Había pocos restaurantes, y estaban hasta la bandera. Al final, encontramos un asador cuyo comedor estaba camuflado bajo la apariencia de un casino, con luces de neón y todo. Tenía un horno de leña a la vista de todo el mundo, había sitio y teníamos hambre, así que tampoco nos lo pensamos mucho.

El tercer coche llegó justo a tiempo de entrar en el restaurante. Con C. y R. venía también A., una amiga suya, también profesora, muy maja y peculiar. Como todos en este santo grupo, vamos.

Tras la comida y un pequeño paseito por el pueblo, nos encaminamos rumbo al monasterio de Leire. Parte de nosotros ya habíamos estado allí hacía tiempo, pero seguía siendo impresionante. Además, esta vez la visita coincidión con el oficio de Vísperas y pudimos escuchar los cánticos gregorianos de los monjes en la iglesia. Sencillamente impresionante.

Ya de noche volvimos a la casa, donde se repartieron el resto de las habitaciones mientras la prima S. me confirmaba que se quedaba conmigo. A. se niega a compartir la cama conmigo desde un puente que pasamos en Aigües Tortes. Sostiene que le doy golpes cuando estoy dormida. Tampoco quiere compartirla con la prima S. porque una vez se despertó de golpe cuando la otra -que tiene claustrofobia- le cogía la cabeza entre las manos. En fin, que superadas esas incompatibilidades, S. se quedó en el tálamo conmigo.

Cenamos en el bar de abajo, porque nos daba pereza ir a otro sitio y ese parecía ser el único bar del pueblo. Lo mejor fue el ofrecimiento claro de R. a los chicos: ¿se hacían un favor mutuo? Teniendo cada uno sus necesidades, estaba claro que podían ayudarse.

Tanta claridad les asustó, y R. no consiguió "recibir" ni esa noche ni ninguna. Eso si, entre bromas, lo de "recibir" fue el verbo del viaje...

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Puente de todos los santos I

Este puente he estado en la Selva de Irati, y aunque cansado, ha merecido la pena. Mi hermana dice que siempre estoy cansada, así que no pasa nada. De hecho, sostiene que el dia que deje de estar cansada se preocupará de verdad.

Salí el miércoles de Zaragoza, estresada y fiel a la máxima de todos mis viajes. Esto es, yendo ocho personas, fuimos de tres maneras diferentes y volvimos de otras tres, y solamente una de ellas coincidía con la de ida.

Después de pensármelo un poco, decidí seguir mis primeros planes y salir el miércoles. Ese día tenía clase de francés y tenía el tiempo justo de llegar a casa y que mis padres me acercaran a una gasolinera, donde me recogerían mis amigos de Madrid, así que iba a ir muy justa de tiempo. Madrugué y tuve tiempo de hacer la maleta, lavarme el pelo, prepararme la comida -fria, eso si-, limpiar la vajilla del dia anterior y recoger la colada. ¡Una mujer de mi tiempo, vaya!

Cuando salí de francés, el A. y el F. ya estaban debajo de mi casa, tomando una caña y diciéndome que me relajara. ¿COMOOOOO?¿Ya habían llegado?. Seguía sin relajarme lo más mínimo, debo decirlo. Tenía que llegar a casa de mis padres, coger el plumas y el dinero y volver a mi casa. Aggggggggg.

Pese a todo lo conseguí. A las seis y media, y con un poco de ayuda de mis padres, estaba tomando una caña con los dos hombres de la expedición. A. se había rajado y saldría con la prima el dia siguiente, así que esa noche seríamos los únicos que fuéramos hacia Irati.

Al segundo penalti de cerveza yo ya estaba en modo vacaciones. Y es que los puentes y los fines de semana que salgo de ZgZ son verdaderas vacaciones para mi. Cortitas, pero vacaciones al fin y al cabo...

Preocupados por la cena -la gastronomía es importante en este grupo-, a eso de las diez llegamos a la casa que teníamos alquilada. C. había encontrado cuatro habitaciones en una casa de la que podíamos disponer libremente, ya que no había nadie más. No había cocina, pero la casa estaba justamente encima del bar de los mismos propietarios. Debían de ser el emporio del pueblo, por cierto, porque su madre tenía la tienda del pueblo y otro de los hermanos tenía la casa rural justo enfrente de la nuestra.

Cenamos directamente en el bar y tomamos posesión de la casa, con todas las llaves y habitaciones en nuestro poder. Yo me quedé la habitación más grande de todas, con cama de matrimonio, televisión, sofá y baño dentro. Quedó bautizada como "el tálamo" desde ese mismo momento...¡¡ay, qué desperdicio!!¡¡Pensar que la iba a compartir con una chica!!

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