Dia a dia

Cuaderno de campo de un paseo por mi vida, día a día.

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Lugar: Zaragoza, Spain

lunes, agosto 31, 2009

Pastel salado de tomates secos y aceitunas

Confieso que leo todo lo que cae en mis manos, incluyendo recetas de cocina, algunas de las cuales guardo con la esperanza de probar. Entre estas, encontré hace tiempo una receta de pastel salado de tomates secos, y, aprovechando que tenía (los compré en un arrebato), decidí hacerlos este fin de semana.

Después de terminar la ensalada, y a pesar de que no me daba tiempo de acabarlo antes de comer, empecé a preparar el pastel de marras. En un cuenco puse los 200 grs de harina que ponía la receta, los tres huevos, la levadura, la leche, el aceite, la sal y la albahaca. Como usé harina integral, tuve que echar un poquito más de leche y aceite ante el riesgo de que la masa acabara pareciendo masilla de tapar grietas. Aunque usé la batidora al final, hubiera sido suficiente con remover con una varilla. La pasta no se afinó lo más mínimo.

Hidraté los tomates -lo justo para cortarlos en trocitos-, laminé las olivas negras -sin hueso, claro-, y rallé el queso, echando todo a la masa. El queso no era parmesano sino curado nacional; lo más parecido que encontré en el supermercado. En el momento de echarlo todo a la masa, aquello perdió todo tipo de suavidad, convirtiéndose en una maseta dificil de remover a la que tuve que echar un poco más de leche para intentar mejorarla.

Con una cuchara extendí la pasta por un molde de flan, previamente untado de aceite, y lo metí al horno. 10 min de 200º y 35 de 180º. Bueno, más o menos, porque se me paró el temporizador y creo que pasó más tiempo del debido a 200º.

Olía bien, pero no pude probarlo hasta la noche, cuando descubrí que estaba bueno, pero era deeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeenssssssssssso, deeeeeeeeeeeeeenssssso. Supongo que, si lo repito, será mejor usar harina blanca y/o más levadura.

En cualquier caso, hoy me lo he traido para desayunar y no está mal.

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domingo, agosto 30, 2009

Ensalada de lentejas

A principios de verano invité a mis padres a comer, prometiéndoles una ensalada de lentejas como plato fuerte. Había visto la receta en una revista y me apetecía probarla, y como me gusta tener "conejillos de indias" para los experimentos, ¿qué mejor que invitar a mis padres?

Finalmente no pudo ser -les salió otro compromiso y conmigo no tienen que quedar bien-, y, aunque lo retrasamos sin poner fecha fija, mi padre se ha pasado todo el verano recordándome que le debía unas lentejas. Hasta la semana pasada, cuando mi madre me llamó y me dijo que se venían el domingo. Hoy, para más señas.

La primera -y única- dificultad del plato era cocer las lentejas. Las puse a remojo anoche, decidiendo cocerlas usando la olla a presión. Teniendo en cuenta que no la he usado nunca y que la mayor parte del tiempo la he dedicado a la lectura de las instrucciones, tampoco
se me ha dado muy mal. ¡Incluso me he acordado de echar sal!

La receta indicaba 750 grs de lentejas cocidas y escurridas para cuatro personas, y yo, tonta de mí, puse a remojo 750 grs de lentejas secas. Después de la cocción han salido lentejas para alimentar a un regimiento. Eso si, a pesar de haberme pasado un poquito con la cocción, estaban deliciosas. He apartado un cuarto -que arreglaré con un sofrito de chorizo y cebolla-, escurriendo el resto, dejándolas enfriar en la ventana mientras preparaba el resto de la ensalada.

Aunque la receta indicaba codillo de cerdo cocido, he utilizado jamón de york, que era más sencillo de conseguir. Lo he troceado en cubitos, y he hecho lo propio con un tomate maduro y con un buen puñado de pepinillos en vinagre, añadiendo un poco de perejil troceado por encima -una cucharadita por lo menos-.

La salsa ha sido un poco más trabajosa: vinagre, pimienta, sal, aceite (cuatro veces la cantidad de vinagre por lo menos), dos cucharadas de mahonesa y otras dos de mostaza. Las proporciones pueden variar.

Con las lentejas tibias, he mezclado todo en un recipiente y lo he metido al frigo, dejándolo enfriar hasta que han venido mis padres.

Han salido encantados, como mi hermana y mi cuñado, a los que les he dado un pinchito para probar por la noche. ¡Claramente repetible!

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miércoles, agosto 19, 2009

Me siento estafada

Hace unos meses compré un adorno para mi casa en Kuka, en la C/ Mendez Nuñez de Zaragoza. Aunque no sabía si el color iría completamente en el sitio donde quería ponerlo, lo compré con la posibilidad de devolverlo si no pegaba. Tenía un 80% de probabilidades y me encantaba así que no lo pensé demasiado. Ya me advirtieron que no devolvían el dinero, sino que daban un vale, pero no me importó en ese momento...

Mi sorpresa fue descubrir que, cuando fui a devolverlo -no pegaba ni con cola-, el vale que me dieron caducaba a los tres meses. Eso me ha obligado a ir comprando cosillas en dicha tienda a lo largo de los últimos seis meses, ya que, al comprar algo, el nuevo vale con la cantidad restante volvía a tener una duración de tres meses. Esto me fastidia bastante, porque a) si yo doy dinero, ¿por qué ellos no me lo devuelven? y b) si mi dinero no caduca, ¿por qué ha de caducar el vale
que me den?. Para postre, cuando compré un artículo en otra franquicia de la misma tienda, no me quisieron admitir el vale alegando que era otra franquicia. ¡Si hasta la encargada era la misma!

Aborrecida ya, y con ganas de terminar este episodio, ayer me dirigí a acabar con lo que me quedaba. Hoy caducaba el vale dichoso y quería terminar con él, comprando lo que fuera. Mi sorpresa fue descubrir que la tienda estaba cerrada. No por vacaciones, no, sino cerrada. Desmantelada, a juzgar por lo que se veía a través del escaparate, y sin el rótulo ni nada que indicase qué tienda había sido. Pasmada, con mi vale de quince euros en el bolso, miraba el escaparate vacío mientras el sentimiento de haber sido estafada crecía.

La parte buena de todo esto es que he aprendido una valiosa lección, acrecentada en cada viaje a gastar el vale: NUNCA COMPRES NADA EN UN SITIO DONDE NO TE DEVUELVAN EL DINERO.

Y pienso practicar lo aprendido.

viernes, agosto 07, 2009

Tirando la casa por la ventana

¡Qué semana, Dios del cielo!¡Y qué verano!

El lunes fui a recoger -y pagar- la cámara de fotos que tenía encargada. Hace ya tiempo que quería comprarme una reflex, pero, pese a que mi madre llevaba dos años regalándome vales por trozos cada Navidad y cada cumpleaños, nunca encontraba el tiempo de decidirme. Hasta que mi cuñado, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, decidió comprársela hace tres semanas. Y yo, al rebufo, hice lo propio. El mismo cuerpo pero con un objetivo un poco inferior, sin pensar en exceso.

El objetivo no estaba y hubo que encargarlo, así que no me la llevé de vacaciones ni a Grecia ni a Bretaña. Por esto mismo no deja de ser oportuno que fuera en Grecia donde yo perdí la cámara analógica que tan buenas fotos hacía y a la que tenía tanto cariño. Lo peor es que nadie me entiende cuando les comento cuánto me fastidió perderla. Y no sólo por el carrete que tenía dentro.

Sigo, que me disperso. El martes, azuzada por mi hermana -la cual dice estar harta de mi falta de decisión-, tocó ir a encargar las sillas del comedor. Creo que lo que realmente la tiene frita es que lo de comer en sillas plegables cada vez que viene a casa. En cualquier caso, nenita, es cierto, si no fuera por tí mi casa no estaría ni medio amueblada.

Ya de paso, me gustó una lámpara y la incluí en el pedido para ponerla en mi dormitorio. Realmente soy indecisa y elegir algo tan rápido no es propio de mí, pero sólo la lámpara fue así, ya que las sillas las había mirado, visto y revisitado ya unas cuantas veces antes de comprarlas.
Eso sí, fue llegar con un trozo de cortina y elegir la tela del tapizado en diez minutos, antes de dejar pagando a mi madre e irme a tomar una cervecita con M. y P..

El miércoles no compré nada -un descanso- pero ayer me resarcí con la compra estrella de la semana. Un coche. Mis padres ya llevaban tiempo pidiéndome que eligiera uno, que el mío ya tiene diez años, que si la seguridad...De hecho, amenazaban, si me quedaba el que tengo querían
arreglarlo para dejarlo nuevo. Unos cinco o seis mil euros, para entendernos. Yo creo que exageraban un rato largo, pero finalmente acepté y acordé con mi padre dedicar la tarde de ayer a mirar -y decidir- el coche.

Después de mucho mirar, la decisión estaba entre dos: el volkswagen golf o el A3. Iba a ser gasolina, pero en un arrebato mi padre ayer decidió que los gasoil iban igual de bien, eran más fáciles de vender luego y además el litro salía a un precio similar. Total, a mí me daba lo mismo... Y es que para mí el coche es un instrumento útil, necesario para desplazarse y una herramienta fundamental para ser independiente, pero poco más. El Audi tenía una baza a favor que no tenía el otro: llevo tanto tiempo con esa marca que me siento como en casa.

Sea por lo que fuera, finalmente el A3 fue el elegido. Aunque pensé el seguir con el mismo color, finalmente escogí el negro, por cambiar -y es que es precioso-. Lo más simpático del asunto es que, a pesar de que no me gusta nada conducir, me hace ilusión cambiar de coche. ¡Complicada
que es una!

Vista la semana que he llevado, creo que mejor me voy a pasar el fin de semana a Jaca, lejos de las tienda. ¡Qué derroche, Dios!

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