¡Qué semana, Dios del cielo!¡Y qué verano!
El lunes fui a recoger -y pagar- la cámara de fotos que tenía encargada. Hace ya tiempo que quería comprarme una reflex, pero, pese a que mi madre llevaba dos años regalándome vales por trozos cada Navidad y cada cumpleaños, nunca encontraba el tiempo de decidirme. Hasta que mi cuñado, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, decidió comprársela hace tres semanas. Y yo, al rebufo, hice lo propio. El mismo cuerpo pero con un objetivo un poco inferior, sin pensar en exceso.
El objetivo no estaba y hubo que encargarlo, así que no me la llevé de vacaciones ni a Grecia ni a Bretaña. Por esto mismo no deja de ser oportuno que fuera en Grecia donde yo perdí la cámara analógica que tan buenas fotos hacía y a la que tenía tanto cariño. Lo peor es que nadie me entiende cuando les comento cuánto me fastidió perderla. Y no sólo por el carrete que tenía dentro.
Sigo, que me disperso. El martes, azuzada por mi hermana -la cual dice estar harta de mi falta de decisión-, tocó ir a encargar las sillas del comedor. Creo que lo que realmente la tiene frita es que lo de comer en sillas plegables cada vez que viene a casa. En cualquier caso, nenita, es cierto, si no fuera por tí mi casa no estaría ni medio amueblada.
Ya de paso, me gustó una lámpara y la incluí en el pedido para ponerla en mi dormitorio. Realmente soy indecisa y elegir algo tan rápido no es propio de mí, pero sólo la lámpara fue así, ya que las sillas las había mirado, visto y revisitado ya unas cuantas veces antes de comprarlas.
Eso sí, fue llegar con un trozo de cortina y elegir la tela del tapizado en diez minutos, antes de dejar pagando a mi madre e irme a tomar una cervecita con M. y P..
El miércoles no compré nada -un descanso- pero ayer me resarcí con la compra estrella de la semana. Un coche. Mis padres ya llevaban tiempo pidiéndome que eligiera uno, que el mío ya tiene diez años, que si la seguridad...De hecho, amenazaban, si me quedaba el que tengo querían
arreglarlo para dejarlo nuevo. Unos cinco o seis mil euros, para entendernos. Yo creo que exageraban un rato largo, pero finalmente acepté y acordé con mi padre dedicar la tarde de ayer a mirar -y decidir- el coche.
Después de mucho mirar, la decisión estaba entre dos: el volkswagen golf o el A3. Iba a ser gasolina, pero en un arrebato mi padre ayer decidió que los gasoil iban igual de bien, eran más fáciles de vender luego y además el litro salía a un precio similar. Total, a mí me daba lo mismo... Y es que para mí el coche es un instrumento útil, necesario para desplazarse y una herramienta fundamental para ser independiente, pero poco más. El Audi tenía una baza a favor que no tenía el otro: llevo tanto tiempo con esa marca que me siento como en casa.
Sea por lo que fuera, finalmente el A3 fue el elegido. Aunque pensé el seguir con el mismo color, finalmente escogí el negro, por cambiar -y es que es precioso-. Lo más simpático del asunto es que, a pesar de que no me gusta nada conducir, me hace ilusión cambiar de coche. ¡Complicada
que es una!
Vista la semana que he llevado, creo que mejor me voy a pasar el fin de semana a Jaca, lejos de las tienda. ¡Qué derroche, Dios!