Hoy me tocaba ir al dentista, a
retocar el implante porque se había quedado con demasiado hueco, y se metía
comida difícil de extraer bien. La pena es que el diente estaba muy bien agarrado;
espero que el jueves, cuando me pongan el retocado, se sujete igual de bien a
la encía. De momento iré unos días -de nuevo- con el hueco.
Como ha sido bastante rápido, al
salir he aprovechado que estaba cerca para visitar la exposición que conmemora
la visita de Einstein a Zaragoza en 1923: “Einstein y la ciencia aragonesa”.
Esta exposición, que se puede ver
hasta el 1 de julio, conmemora los 100 años de la
visita del nobel de física a la capital aragonesa. Concretamente, Einstein
viajo a España en 1923, visitando Zaragoza del 12 al 14 de marzo (después de
visitar Barcelona y Madrid), retrasando por unos días su vuelta a Berlín y
celebrando su 44 cumpleaños en la ciudad.
La
exposición está en una de las salas del museo de ciencias naturales, en el
Paraninfo, y aunque es pequeña -básicamente una sala- es interesante.
Además de algún apunte breve
sobre su vida, se incluyen vídeos y algunos esquemas de sus extraordinarios
descubrimientos, instrumental científico de la época, documentación sobre su
paso por Zaragoza y la consabida vitrina sobre mujeres investigadoras de esa
época (que no, no vienen a cuento).
Hay otra parte de la exposición
en la Biblioteca General Universitaria, que aún no he visto. Allí se exponen
desde obras clásicas de Euclides, Newton y Maxwell, a los artículos originales
de Einstein de 1905 y de varios autores aragoneses de principio del siglo XX.
Revistas ilustradas de la época recogen con fotografías el paso de Einstein por
la España de 1923 y también se presentan textos que criticaron sus resultados.
Quizá me pase a verla; aún hay tiempo.
Cuando ya me iba, he visto en uno
de los cartelones de fuera que había una exposición de pinturas allí mismo, y
como tenía tiempo, he decidido quedarme a verla. En realidad había dos, pero
una de ellas -Katia Acín- es abstracta y se centra en su duro pasado. Por lo
que he visto de su obra, no me interesa.
La otra, titulada ‘María Buil. El
instante atrapado / Tenir l'instant' se centra en la obra de la pintora
zaragozana María Buil. La exposición se
divide en dos salas, la sala roja y la sala verde,
según los organizadores. La primera dedicada a esos estudios del natural de la
carne, los corderos, las vísceras y los retratos de avanzada edad. Y la sala
Saura o sala verde, dedicada, según Antón Castro, a «la vida y sus
placeres», como son los bodegones de verduras, flores, frutas, pasteles,
helados, niños y bebés.
Efectivamente se ve una diferencia
importante: en la primera, es la casquería lo que llama la atención: corderos,
canales, vísceras… y sí, algún retrato que otro, especialmente de sus padres y
de quienes parecen familiares. En la segunda, además de verduras verdes sin
cocinar, y de algunos pasteles, los retratos son de niños y bebés. ¿Quizá
también familiares? Hay un par de cuadros sobre ángeles convertidos en vísceras
-¿o es al revés?- que no encajan bien en ninguna sala.
Aunque la segunda es más
agradable que la primera, en ambas salas queda claro la calidad de la pintora,
y un estilo bastante claro, aunque se diferencia bien que hay distintas épocas
en su pintura. La mayoría de los cuadros no tienen un fondo discernible,
dejando al sujeto de la pintura apoyado en algún sitio indefinido que no parece
ni mesa ni suelo ni pared.
En conjunto, la muestra me ha
gustado. No conocía a esta pintora, y he agradecido volver para ver la
exposición. Desde allí, ya me he ido a casa, no sin pasar por la tienda de libros
de segunda mano, que me atrae como una bombilla a las mariposas.
Extraído del folleto:
María
Buil Gazol (Zaragoza, 1970) licenciada en Bellas Artes en la Universidad de
Barcelona con la especialidad de pintura, ha recibido durante su carrera varias
becas como la beca Velázquez en Madrid o la beca Colegio de España en Paris,
donde hoy en día reside y trabaja.
María
viaja a menudo a visitar a su familia, vuelve a sus orígenes. En Lanaja
(comarca de los Monegros) se sitúa la casa familiar, donde además se encuentran
los criaderos y parideras de corderos en los que María se ha inspirado para
algunas de sus obras, de carácter muy personal. Así como sus huertos y
paisajes.
«Estaba
esos días pintando grandes lienzos de carnes muertas. Un cordero abierto en
canal colgaba delante del caballete. Su padre le había ayudado a despellejar el
animal, que para eso entendía mucho de ganado» escribe Cristina Grande en su
texto Vencer el miedo.
Por
otro lado, el acercamiento a sus raíces le lleva, como indica Antón Castro, a
«la experiencia directa del campo y de la tierra» es aquí cuando comienza a
pintar hortalizas, flores, frutas y pasteles.
Otro
de sus temas recurrentes son los retratos. Ancianos que desvelan en su piel y
en su mirada, más allá de lo físico, años de experiencias y vidas. O niños y
bebés, en los que la inocencia se manifiesta a través de sus ojos, grandes,
asombrados.
Cristina
Grande apunta que «para María Buil un cuerpo, una fruta, un árbol, una víscera,
son cosas llenas de vida. Lo que ella hace con su pintura es (en sus propias
palabras) “sublimar el objeto, aprehender su belleza, intensificar su
presencia”». Con esta frase afirmamos que los objetos que María retrata
pretenden ser los protagonistas del cuadro, sobre fondos neutros,
fantasmagóricos «en su lugar pinta la ausencia, en forma de luz cegadora, que
bien podría remitirnos al instante del nacimiento, a la calma después del dolor
y el esfuerzo, en el que solo aquello que ha emergido merece nuestra atención».
María pinta del natural, Pepe
Cerda señala que lo hace «ante el cadáver» ante cada uno de sus objetos
protagonistas captando ese instante «rodeado del tiempo imparable que se
desvanece». Por ello, el título de esta exposición María Buil. El instante
atrapado es el resumen de su pintura y de su propósito a la hora de pintar.
Ismael Grasa anota que «lo que le interesa es la pintura, aquello que sucede al
pintar».
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