Desafiando las previsiones metereológicas, este puente me fui con unos amigos a Albarracín, en lo que iban a ser unos dias de "puebling" y "caminating".
Hacía mucho tiempo que me apetecía ir por allí, y cuando alguien habló de preparar algo para semana santa, puse sobre la mesa la propuesta: ¿Nos vamos a la zona de Albarracín? A F. y F. les gustó la idea, y así lo dejamos. Unas semanas antes de la fecha, F. empezó a moverlo de nuevo, buscando alojamiento por la zona. Todo estaba lleno y parecía que nos tendríamos que quedar en casa.
A esas alturas, y después de un viaje de trabajo, dos fines de semana en Madrid y un par de cosas más que terminaron por agotarme, yo ya estaba pensando con alegría en irme con mis padres a Jaca, a dejarme querer mientras leia un buen libro -medianejo también valía- repantigada en el sofá. Por muy tentador que sonara, les había puesto en canción y no iba a ser yo quien quitara la música, así que llamé a un par de sitios y en el segundo encontré alojamiento. Sería en Bronchales, un pueblo cercano a Albarracín famoso, según parece, por el agua y por el pinar que lo rodea.
F. avisó a I. y N., que también se animaron a venir. A I. no le gusta nada caminar por el monte, así que me sorprendió un poco que quisieran unirse, sobre todo porque le había pedido a F. que dejara claro a lo que íbamos. Parece ser que a N. le encanta y claro, con ella no puede ir nunca. En cualquier caso, y vistos los últimos viajes, no puedo negar que iba con bastante más prevención de la aconsejable; eso sí, dispuesta a hacer todo lo posible para pasármelo bien.
El miércoles por la tarde cogí un autobús a Teruel, donde me recogieron F. y F. (unos santos, ¡qué maravilla de amigos!). Cuatro personas con dos coches; no era yo la única que tenía sus dudas sobre el viaje... En caso de divergencia hacemos dos grupos, como siempre dice el F.
Justo cuando salía de la estación, I. me llamaba desde Bronchales para decirme que no encontraban mi reserva. ¿Tendríamos sitio para dormir? Como era de esperar, se trataba solo de un malentendido y un sonotone mal regulado, porque cuando yo llamé la señora ya había caido en quien era yo y sabía qué casa teníamos asignada.
Según I. y N., Bronchales no tenía nada, así que sugierieron quedar en Albarracín para cenar. Conocían un sitio pequeñito y no muy caro donde tenían muy buen embutido, La Despensa, y allí cenamos antes de irnos a Bronchales. Era solo embutido, queso y alguna ración caliente, pero estaba de vicio....
El trayecto a Bronchales duraba media hora llena de curvas, y confome íbamos cuesta arriba, el termómetro bajaba en la misma media. ¡Qué frío! Cuando llegamos, ya marcaba cuatro bajo cero y aún no era medianoche. Aunque el apartamento era realmente cutre, por lo menos la calefacción estaba encendida y se agradecía llegar a un sitio caliente. Como me habían dicho, tenía cocina y tres habitaciones, aunque nunca me dijeron que solo hubiera un baño, y además minúsculo. Lo que si me habían dicho es que querían reformarlo, pero que estaba bien. Bueno, supongo que era cuestión de opiniones. Yo no pude por menos que estar de acuerdo con I. cuando comentaba que 700€ eran muchos para eso.
La persona que les había dado las llaves era un viejecito, Maximiano, que ya no cumplía los ochenta. Seguro, supusimos, que son sus hijos los que se aprovechan de él, alquilando los apartamentos a precio de oro. Y debían de sacar un pastón, a juzgar por la lista de posibles nombres que les habían leido a I. y N. cuando buscaban infructuosamente mi nombre entre las reservas
Teníamos sueño, y sitio para dormir, así que decidimos no darle más vueltas: mañana será otro día, seguro. Y confieso que, aunque los colchones parecían blandos y llenos de bultos, dormí divinamente.Y no fui la única.
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