Lo conseguí: ya estoy de vuelta en casa, tras quince días de vacaciones y dos de periplo aeroportuario. Confieso que hubo un punto, ayer concretamente, en que dudaba que lo consiguiera en un tiempo razonable, pero lo hice. Estoy en casita, disfrutando del tiempo invernal y del cambio horario, que -gracias a Dios- no me está afectando tanto como creía.
Siguiendo nuestra costumbre para las vacaciones de invierno, cuatro personas hemos viajado de cuatro maneras distintas. En distintas fechas, además. Parece que lo hagamos a propósito, pero la verdad es que son las circunstancias, los días de vacaciones y la mayor/menor suerte en
encontrar billetes a un precio razonable los que determinan como va cada uno al lugar de destino. El objetivo, al fin y al cabo, es conseguir pasar unos días de vacaciones en buena compañia, así que basta con saber en qué sitio/fecha encuentras a quien y en qué sitio/fecha te tienes que
ir. Parece más difícil de lo que es, en realidad.
En cualquier caso, el domingo por la mañana era el momento en que yo dejaba a mis amigos para empezar mi viaje de vuelta. Ellos se quedaban una semana más de vacaciones, y yo empezaba a trabajar el miércoles, tras, en teoría, descansar un día extra que previsoramente me había
cogido de fiesta. Me llevaron al aeropuerto de Quepos al punto de la mañana -siempre he sido un poco caguetas con esto de los aviones, trenes y demás-, y allí me dejaron, esperando la avioneta que me llevaría a San José. Me pidieron que les fuera enviando mensajitos desde todos los
aeropuertos, y entre risas se lo prometí.
Había cogido ese vuelo por si las moscas, ya que MariPili advertía que esta compañía aérea no era demasiado de fiar. Yo no tuve problemas, pero acudieron al aeropuerto unos guiris a los que la noche anterior les habían avisado de que el vuelo estaba cancelado. Pues bien, no lo habían
cancelado, y ellos se encontraron con la papeleta de haberlo perdido. ¡¡Y uno tenía que coger el mismo avión que yo!! finalmente le dejaron cogerlo pero el resto se quedó allí discutiendo con todo bicho viviente con uniforme que se encontraba.
La avioneta volaba bastante bajo y el vuelo, aunque breve, me regaló unas vistas preciosas del país. No hubo problemas, y a eso de las nueve menos algo yo ya estaba en S. José, en el aeropuerto local. Tenía tiempo, así que decidí ir caminando los quinientos metros que me
separaban de la terminal internacional. Si, si, están separadas por un par de calles. Totalmente ilógico, pensé. ¿Será una manera de promover el uso del taxi?
Aún tardaron un rato en abrir la facturación a Nueva York, pero me lo tomé con calma. Al fin y al cabo aún tenía varias horas por delante...(¡y las que no me esperaba!). Efectivamente, me dio tiempo a ver todas las tiendas del aeropuerto -tampoco había muchas-, a echar una
cabezadita, y a avanzar unas doscientas páginas del libro rollero que me había llevado al viaje. Había cogido el más gordo que tenía por leer, "las reglas de la casa de la sidra", y tuve tiempo de arrepentirme bastantes veces de mi elección. ¡Qué bodrio! eso si, confieso que me lo acabé antes de llegar a Zaragoza. De puro aburrimiento.
Llegó la hora, y nadie se movía. Nos hicieron el control de pasaportes "in situ", media hora más tarde empezaron a embarcar controlando los pasaportes otra vez, además de mirar bolsa por bolsa de mano... Un horror. Y lo peor era escuchar a los estadounidenses -todos con síndrome
de Estocolmo, pobrecitos- justificar tanta paranoya argumentando la seguridad como justificación. ¡Y una mierda! ¡Lo único que van a conseguir es que los viajeros evitemos los 'Estados Juntitos' como la peste cuando nos toque hacer transbordos!
Cincuenta minutos después de la supuesta hora de embarque ya estaba el avión lleno, pero allí no se movía nadie. ¿La explicación? Según dijo el capitán poco después, había un problema técnico en una de las alas y además había exceso de peso. La presión del aire era tal que no podíamos despegar con las condiciones actuales y además había fuertes vientos en Newark que impedían los aterrizajes. Un poema, vamos. Se supone que no nos debíamos de preocupar porque las mentes pensantes de la compañía ya estaban pensando en la solución. Eso sí que asustaba. Mientras tanto, y visto como iban las cosas, podíamos encender todos los aparatos
electrónicos que quisiéramos. Ellos decidirían si bajaban pasajeros o se deshacían de parte del combustible -para repostar en Florida o por ahí, porque si lo hacíamos no llegábamos a destino-. Alucinante.
Mientras la mitad del pasaje sacaba el ordenador -sin exagerar, ¡la mitad!-, la azafata intentaba tranquilizar a los que teníamos vuelos de conexión. "Hay problemas para despegar en Nueva York"; "Es probable que todo esté allí retrasado por los vientos"; y tonterías así...La última vez que me habían intentado tranquilizar de estas maneras terminé dando vueltas por Europa entre tormentas de nieve, así que no consiguieron tranquilizarme demasiado. Para colmo de males, la idiota de mí me había dejado la tarjeta de crédito en España, así que mi capital de supervivencia en caso de problemas subía a la increíble cantidad de 80 dólares. ¡La leche!, ¿no?
Dos horas más tarde, el capitán decidió informarnos de que las condiciones meteorológicas habían cambiado y podíamos salir. A esas alturas yo ya había asumido que coger la conexión sonaba a misión imposible, y que, aunque la esperanza es lo último que se pierde, seguramente me esperaba una nochecita en nueva York. ¿Habría un viaje más tarde? A la azafata, viéndome preocupada, no se le ocurrió otra cosa que contarme que, como Europa es pequeña, en el caso de las conexiones transoceánicas a veces te enviaban a otro punto del continente y desde allí te llevaban en autobús. ¿Europa pequeña?¿No me harían pasar por París o Londres, verdad? Ahí la chica no supo qué contestar y decidió que era mejor que me procupara yo solita, que siempre habría tiempo de darme más quebraderos de cabeza.
Mi compañero de asiento tampoco lo tenía demasiado bien, pero se lo tomaba con una resignación envidiable. Según me contó más tarde, él tenía que coger un avión de otra compañía ¡en JFK!. Y claro, asumía que iba a perder el avión de todas formas. En el momento en que el avión tocó tierra se conectó a Internet y confirmó que no había salvación: el trayecto entre los dos aeropuertos se estimaba en dos horas. Y con dos compañías distintas, ninguno se haría cargo de su hotel, así que tenía pocas opciones. ¡Y menos con los trámites de inmigración y equipaje por medio!
Bajé a toda velocidad e intenté avanzar puestos en la fila de inmigración apelando a la buena voluntad de los otros viajeros. Lo conseguí más o menos, al menos hasta que llegué a la muralla china. Un rebaño de chinos que acababan de llegar en un avión de Pekín y que, no se si por no hablar inglés o sencillamente por bordes, no atendieron a razones. Una empleada de Continental acabó con mis esperanzas al comunicarme que no había más vuelos esa noche, así que no tenía que correr. Eran las nueve y media, y mi avión salía supuestamente a las diez, así que mejor me lo tomaba con calma.
La mujer que estaba hablando conmigo se dio cuenta en cierto momento que yo no venía de Pekín (ese vuelo también debía de llevar un retraso considerable...¡como para pedir comprensión a los chinos!) y me dijo que mejor preguntara al salir. En cualquier caso NO había más vuelos esa
noche, así que podía olvidarme de llegar a casa al día siguiente. A estas alturas yo ya tenía una mezcla extraña de frustración, resignación por lo inevitable y cabreo kafkiano que pagué con la pobre oficial de inmigración que controló mi pasaporte. ¿Qué cuando tenía pensado salir de allí? Lo antes posible. Yo solo quería ir a mi casa, y sus estúpidas medidas de seguridad (incluyendo la gilipollez de sacar el equipaje, pasar la aduana y volver a facturarlo) solamente iban a retrasarme más y más. La pobre señora me entendía, decía, mientras yo desgranaba las razones por las que nunca más haría cambios de aviones en los Estados Unidos, y le explicaba que llevaba un día de viaje y aún me esperaban dos más por lo menos.
Mi extraño estado de ánimo se acentuó cuando, al ir a buscar el equipaje a la cinta indicada, me encontré con un empleado de Continental Airlines que comunicaba a quien quisiera oirlo que no esperásemos, que no había equipajes desde Costa Rica. Básicamente los habían descargado del avión por el problema de sobrepeso, así que era inútil esperar. ¡¡¿¿Y para esa solución dos horas y pico??!! ¡¡Menudas mentes pensantes de habas!!
Resignación, nena, que no queda otra...
Pasé la aduana -sencillo, no había nada que controlar puesto que mi único equipaje era mi mochila con cuatro cosas- y me dediqué a recorrer los mostradores de la compañía aérea. De camino, había mesas donde se acumulaban los bonos de hotel de los pasajeros que ya estaban listos. Había habido tantos retrasos que se habían puesto a prepararlos antes de que llegaran. ¡Increible!. Yo no era de las afortunadas, así que tuve que esperar la fila como todos.
Efectivamente, había perdido el vuelo con todas las de la ley, y el siguiente a España no salía hasta el día siguiente a las ocho y veinte de la tarde. Me dieron un bono de hotel, unos cuantos vales de comida -un pelín escasos, debo de decir- y las indicaciones para llegar hasta la parada de las lanzaderas que llevaban a los hoteles. Antes de ir hacia allí fui a la oficina de reclamaciones de equipaje, habilitada casi exclusivamente para el avión a Costa Rica, donde me dijeron que el
equipaje llegaría esa misma noche vía Houston. Mi preocupación no era esa noche -al fin y al cabo la poca ropa de abrigo que tenía la llevaba encima-, sino el día siguiente. No me hubiera gustado irme a Madrid sin mi equipaje, así que les pedí que no me lo dieran, sino que lo enviaran en el mismo vuelo en el que yo iba; eso sí, les pedí el teléfono de reclamaciones porque ya no me fiaba ni un pelo.
La sala de espera de las lanzaderas estaba llena de gente esperando para la de su hotel. A mi me habían asignado el Holiday Inn North, y si no fue la última que llegó, fue la penúltima. Y mientras tanto pasando frío cada vez que abrían la puerta. Andaba yo pensando qué poco preparada estaba para el frio neoyorkino cuando, andando por la sala, me encontré de frente con un chaval en manga corta, bermudas y chanclas. Ante la cara de resignación que ponía, no pude menos que echarme a reir. Delante de él, por las buenas. Cuando terminé de reir, le pedí disculpas y le
expliqué por qué me reía: aún estaba peor que yo...
Aunque podía haberle molestado, se lo tomó bastante bien. Se llamaba Mohamed; era marroquí aunque vivía en Canadá, e iba con un amigo guatemalteco que también vivía allí. El amigo, José, resultó ser muy simpático y finalmente acabamos cenando todos juntos, tomándonos la situación por las buenas y riéndonos de las circunstancias. También se unió a la cena un costarricense que vivía en Madrid (había perdido el mismo vuelo que yo) y que llevaba el retraso y los contratiempos bastante mal, la verdad. Después de todo, al final resultó un rato agradable, a pesar de que el hotel original al que íbamos estaba lleno (acabamos en otro cuyo nombre no puedo recordar) y que los vales de restaurante no llegaban para casi nada (los canadienses me cedieron los de su desayuno, así que finalmente no hubo problemas). Su avión salía temprano, así que nos despedimos allí y yo quedé con el "simpático" de Costa Rica para desayunar.
Dormí mal, y encima tuve que darle un restregón a la camiseta y a la muda por la falta de equipaje. Para colmo de males, a las seis de la mañana me despertó el teléfono: en recepción me avisaban de que habían encontrado mi tarjeta verde de inmigración, la que es imprescindible
para salir del país, para más señas. Ni me había dado cuenta. Ufff, lo que me hubiera faltado; perder el vuelo, el equipaje y la documentación el mismo día era excesivo, ¿no?
Había quedado por la mañana con José. el tico. No estaba, así que desayuné sola y me planteé que hacer el resto del día. Cualquier opción pasaba por el aeropuerto, así que el primer paso estaba claro. ¿Y después? Podía bajarme al centro o bien acercarme a un centro comercial; tenía tiempo y dinero suficiente para las dos opciones pero no acababa de decidirme. Además, hacía un frío que pelaba (18º F) y yo no llevaba más de un forro polar encima de la camisa, sin guantes y sin gorro.
¡Qué panorama! Un día en Nueva York, sin tarjeta de crédito y sin ropa de abrigo en pleno invierno. ¿Qué más se puede pedir?
Visto lo visto, decidí acercarme al centro comercial, donde al menos estaría caliente y podría matar el tiempo mirando tiendas. Llegué allí a eso de las once y media, y fue como entrar en el templo del consumismo masivo. Tiendas y tiendas preparadas para la adoración al dolar, solamente jalonadas por cafeterías y restaurantes de comida rápida. Hice un repaso rápido a la primera manzana de tiendas, sin ver nada interesante. Lo que más me sorprendió fue que no había una sola librería en todo el centro comercial. ¡Alucinante! ¡Lo único que me interesaba!
Tanta tienda sin tarjeta de crédito me estaba sentando fatal, así que a eso de las tres me fui al aeropuerto a matar las cinco horas y pico que faltaban para mi vuelo saliera. Lo mejor es que no tuve que esperar en exceso para sacar la tarjeta de embarque (los extranjeros no podemos
usar las máquinas de facturación automática, vaya usted a saber por qué) y pude entrar en la zona animada. Después de comer me quedé en una de las librerías -allí si que había- y me dediqué a buscar las moneditas de 25 centavos que me faltaban en mi colección.
También discutí con los responsables de la gestión de equipajes, que se empeñaban en enviar el mío en el avión de las diez de la noche, a pesar de que yo saliera una hora y media antes. Además, alegaban que yo no podía reclamarlo hasta llegar a mi destino y ver que no estaba. ¡¡Pero si ellos mismos me estaba diciendo que no venía!! ¿Tanto les costaba meterlo en mi avión? Dándolo por perdido, y deseando llegar a casa, acabé comprándome uno de esos libros que me levantan el ánimo y me hacen reir, a ver si así superaba el bache. Para postre, "las reglas de la
casa de la sidra" no mejoraba, y veía que se iba a eternizar.
Antes de embarcar me encontré con el tico perdido y pude comprobar que, por muy mal que te vayan las cosas, siempre puedes encontrar a alguien a quien le vayan peor. El pobre chaval, sin hablar demasiado inglés, se había encontrado con una deuda de 38$ en el hotel por una llamada de seis minutos. Un robo, la verdad. Había facturado su cartera -incluyendo su dinero- en Costa Rica directamente a España (¿a quién se le ocurre?) y había tenido que pedir que le sacaran su equipaje para conseguir dinero para pagar. Él defendía que alguien de la compañía le había dicho
que llamara desde el hotel pero claro, cuando le preguntaron fue incapaz de decir quien. Además, le habían roto sus frascos de colonia y un reloj, por lo que estaba deseando volver a España para despacharse a gusto en su propio idioma. Y es que en inglés, el pobre, no podía manejarse. Ayyy, pensé, ¿como estará mi pobre equipaje?
Ya daba todo lo mismo. A las 8 y media yo estaba en mi asiento, feliz de dirigirme hacia España finalmente. Y si mi equipaje no venía conmigo, mejor que mejor: así me lo llevarían a casa y yo no tendría que cargarlo todo el trayecto a ZgZ. Como vi después, tampoco me libré de esto, porque milagrosamente mi equipaje -con una etiqueta escrita a mano- salió por la cinta que correspondía a mi vuelo.
Casi estaba en casa. Sólo quedaba comprar el billete de tren -había perdido el del día anterior- y el resto iría rodado. Ayyyyyyyyyy, ¡ilusa! Aunque había cambiado unos cuantos dólares para conseguir euros para el billete, el precio había subido y me encontré con que no tenía suficiente para comprarlo. Tampoco admitían el número de la tarjeta tal cual (me la hubieran dado por teléfono mis padres o mi hermana) y mi padre no es que sea muy ducho en esto de la informática.
A punto de tirarme de los pelos, llamé a mi prima para que me comprara el billete para el tren de las 12,30 por internet y me enviara el localizador. El último cartucho. Siguiendo la tónica del viaje, la pobre no pudo hacerlo porque el programa no permite comprar billetes con menos
de una hora de anticipación. Ayyyyy. Ese fue el momento en que casi me echo a llorar. Ya me veía comprando un tren posterior para cambiarlo inmediatamente por el que yo quería, pero antes de llegar ahí, mi prima, mujer de recursos, salió con la última idea: comprarlo por teléfono. Y ahí si. Me mandó el localizador, y pude coger el tren a Zgz, donde mis padres me llevaron a casa.
A casa. ¡Al fin!
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