Malos modos
Esta mañana, sin ir más lejos, he estado con unas personas en su despacho. Nada más llegar, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, uno de ellos ha sacado una cajetilla y se ha dispuesto a encenderse un cigarrillo. Cuando ha visto la cara que ponía, ha interpretado mi disgusto como extrañeza, y me ha dicho que no pasaba nada, que allí estaba permitido fumar.
Ya, bueno, no pasaba nada para él. Creo que él me estaba dando permiso para fumar, porque cuando le he dicho que no, que yo soy de esas a las que les molesta el tabaco, se ha quedado a cuadros. Sin apagar el cigarrillo, claro. Y lo peor ha sido cuando otra tercera persona ha llegado y se ha puesto a fumar, también sin preguntar. A estas alturas de la película, mis ojos ya pedían una tregua a gritos, así que he apartado el humo con la mano y entonces se ha percatado de que, quizá, podía molestarme. Eso sí, en cuanto lo ha confirmado lo ha apagado.
Si, ya se, lo del tabaco siempre ha sido mi piedra de toque. No lo aguanto, y tampoco comprendo por qué mi derecho a no respirar esa mierda que sueltan en el humo es más débil que el derecho de un fumador a hacer lo que le pasa por los huevos. Pero en fin, sé donde vivo y no puedo esperar mucho más de países tercermundistas.
Lo que no esperaba es completar el día con una reunión donde el otro interlocutor se ha pasado media hora mascando chicle con la boca abierta. Super agradable, como todos pueden imaginar.
¡Dios!¡Qué ganas tengo de que acabe el día!
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