...porque a veces puedes
conseguirlo.
Escuché este proverbio chino por primera vez hace muchíííísimos
años y nunca he podido olvidarlo. Últimamente, además, es algo que no se me va
de la cabeza.
Viví en Madrid un tiempo, y aunque yo pensaba que odiaba esa
ciudad, la verdad es que odiaba la vida que llevaba en ella. Demasiado trabajo,
sin posibilidad de aprovechar la cantidad de oportunidades que ofrecía.
Demasiado hostil, también.
De alguna forma, idealicé la posibilidad de volver a mi ciudad.
Al principio, además, no conocía a nadie en Madrid, así que volvía todos los
fines de semana a mi refugio.
Nunca deje de hacerlo.
Ni siquiera cuando vivía en el extranjero.
Incluso cuando me enamoré volvía a casa una vez al mes.
Tardé mucho en encontrar amigos, y ni siquiera tuve que darme de
codazos en la jungla para conseguirlo. Una de mis mejores amigas ahora mismo me
presentó a los suyos, abriéndome su círculo y su corazón.
Ahora son mis amigos.
Pero seguía idealizando la
vida en Zaragoza.
El año pasado llegó la gota que colmó el vaso. Demasiado estrés,
demasiada lucha por los fines de semana y las vacaciones. Demasiado despotismo
ilustrado por un puñado de duros.
No controlaba mi vida, ni mi tiempo.
Iba a cumplir 30 años y quería disfrutarlos. Quería vida, una
pareja, ir al gimnasio en vez de limitarme a pagar la cuota. Empecé a leer la
sección de trabajos en el periódico.
En diciembre vi uno que me llamó la atención: "era para
mí".
En febrero hice la primera entrevista, una semana después de
rehusar ir a Japón para un trabajo que me tenía encomendado la empresa donde
trabajaba.
En marzo me confirmaron que el puesto era mío si lo quería.
Ese mismo mes mi empresa me
propuso cambiarme a una filial, con la misma antigüedad.
Yo les dije que no, deseando
en mi fueron interno que me echaran aunque, según descubrí después, nunca te lo
esperas.
No podía parar de pensar si
aceptar o no. El proverbio chino de marras no hacía más que aparecer ante mis
ojos, como un letrero luminoso en plena noche sin luna.
Cuando me dijeron que las condiciones de sueldo en el nuevo
puesto cambiaban (a la baja, "of cors"), todavía me pusieron más
difícil la decisión. Pero me despidieron y acepté sin más.
Nunca estás preparado para que te despidan, por mucho que sepas
que la posibilidad es real. Por mucho que pienses que eso es lo que quieres.
Y ahora, desde fuera, se puede pensar que tengo casi todo lo que
quería: un trabajo que me permite ganarme la vida (peor que antes, eso sí), un
horario de impresión, posibilidad de ir al gimnasio, salir por ahí, tener todos
los fines de semana libres....
Pero lo que me matará aquí será el aburrimiento. No sé para qué
me han cogido. Me siento sub-apreciada. Esto es, estoy segura de que valgo para
muchas más cosas.
Además, mis amigos están a 329 Kms. Y aunque espero que cambie,
no sé cómo hacer nuevos amigos aquí.
Fríamente estoy mejor que hace un año, a pesar del trabajo. Más
relajada, menos prisas. Preparando mi casa. Haciendo feliz a mamá por el mero
hecho de estar aquí. Disfrutando de mi hermana, que se ha convertido en una de
mis mejores amigas, a pesar de ser mi hermana.
Echo cosas de menos, y las
seguiré echando, seguro.
Lo bueno es que la política
de tierra quemada ayuda a no volver la vista atrás.
Pero no dejo de pensar en lo
mismo:
Ten cuidado con lo que
deseas...