Puente de todos los santos V
Ya se nos acababa el puente. A. tenía que salir de viaje el dia siguiente y todos preferíamos llegar antes que después, así que la idea era empezar a bajar hacia Madrid, haciendo alguna visita en el camino.
A., R. y C. querían volver por el camino rápido, por donde habían venido, parando en Olite. En teoría el otro coche visitaría Loarre o los mallos de Riglos, porque había que parar en ZgZ antes de seguir camino hacia Madrid. Son encantadores y no les importó dejarme en casa, aunque les propuse que me dejaran en pamplona, donde yo cogería un autobus y ellos podrían seguir directamente por Burgos hasta casa.
Desayunamos en el bar debajo de la casa, y quedamos en despedirnos en el mirador sobre la Foz de Arbuyón, que el A., el F. y yo ya habíamos visto el primer dia. Después de los besos y achuchones de rigor, nos dimos cuenta de que Olite estaba al lado de la autopista Pamplona-Zaragoza, la forma más rápida de ir a ZgZ. Bueno, vale, fue C. la que se dio cuenta. Todos habíamos pensado que estaba muchísimo más al oeste.
Quedamos en volver a vernos allí, para visitar juntos el pueblo y, esta vez si, despedirnos definitivamente.
C. y yo habíamos acordado una ruta que evitaba dar muchos rodeos. No eran carreteras principales, y el tráfico no era excesivo. Era curioso ver como, conforme avanzábamos, el paisaje cambiaba totalmente. Del monte y el bosque multicolor habíamos pasado a la vega agrícola, dominada por las viñas.
Lo que no esperábamos, al menos los que no lo conocíamos, era Olite.
Ya desde léjos se apreciaba su castillo medieval, con multitud de torres y perfectamente conservado. Conforme nos acercábamos, la sensación de estar en un pueblecito medieval se acentuaba. Merece la pena ir hasta allí, la verdad.
Cuando llegó el otro coche, hicimos una visita guiada al castillo-palacio, que efectivamente había sido completamente restaurado después de la ración de incendios, guerras, rapiñas y desgracias varias que cualquier edificio del siglo XV lleva a cuestas.
El guía, Eneko, resultó ser un chaval muy simpático que hizo la visita más amena. No solo nos explicó lo más importante, sino que sus comentarios sobre el arquitecto nos hicieron sonreir más de una vez y de dos.
Después de la visita, nos despedimos de las ocupantes del otro coche -esta vez si que si- y nos sentamos a tomar unos cuantos pinchos y raciones para comer. Definitivamente acertamos con el sitio; además del sol y la terraza, la comida estaba buenísima.
Dos horas más tarde estábamos en Zaragoza. Quedé con mis padres en un restaurante cerrado a la salida de la ciudad, evitando que mis amigos tuvieran que entrar en el atasco dominical. Mi padre tardó un poco, pero en breve cada mochuelo estaba camino a su olivo.
Cansada, aun me dio tiempo esa misma tarde a quedar con S. para vernos y tomar un café...La verdad es que ahora la veo menos que cuando vivía en otra ciudad, por paradójico que resulte. Será uno de los cambios para los propósitos de año nuevo, creo yo...
Etiquetas: Recorriendo mundo

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