Dia a dia

Cuaderno de campo de un paseo por mi vida, día a día.

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Lugar: Zaragoza, Spain

martes, noviembre 06, 2007

Puente de todos los santos III

- Viernes -

La experiencia es un grado, y como F., el A. y yo sabíamos como estaba el tema, nos llevamos a toda la tropa a desayunar a Ochagavía. Incluso yo, que no suelo desayunar, cai bajo el hechizo de la tortilla de patatas del único bar que vimos abierto. Ummmm, sencillamente deliciosa.

La idea era hacer una excursión de unas cuatro horitas por la selva de Irati. Yo había buscado rutas y excursiones por internet, y estaba pertrechada de fotocopias por todas partes. ¡¡Cual fue mi sorpresa cuando C. me hizo ver que la excursión escogida empezaba desde otra de las entradas del parque!! ¡Agggg!

Como luego comentó A., este viaje yo no estaba inspirada con los mapas...

Llegamos a las Casas de Irati, y allí nos indicaron una ruta que llevaba al pantano de Irabia, al que queríamos llegar. Consistía en llegar por la 63A hasta el pantano, y, si queríamos darle la vuelta, empalmar con la 53C, ambas circulares. Eran 18 Kms en total, dato que C. y yo ocultamos al resto de la expedición.

R. ya nos había mirado con cara rara cuando le habíamos dicho lo de las cuatro horas, ¡¡como para decírselo en kilómetros!!. Debo aclarar que la pobre, además de no gustarle caminar, sufre de vértigos...lo cual hace poco recomendables los paseos por el monte.

El camino era precioso; transcurría entre el bosque de hayas de todos los colores y estaba alfombrado de hojas secas que formaban una imagen puramente otoñal. Salvo unos pequeños desniveles, el camino era bastante llano, lo que nos permitió disfrutar del maravilloso dia que habíamos tenido la suerte de encontrar.

Sol en un bosque de hayas y abetos al lado del agua en buena compañía...¿qué más se puede pedir?

El pelotón se disgregó pronto en dos grupos: el A., A., A. -que se había revelado como una buena deportista-, y yo, que no estoy en mala forma... Cuando llegamos al pantano, y después de esperar un rato, decidimos seguir para no quedarnos frios. Ya nos alcanzarían, suponíamos.

Y tanto que nos alcanzaron. Entre las fotos, las paradas para disfrutar del paisaje y la velocidad de caracol reumático, no habíamos llegado a la mitad del embalse cuando nos alcanzaron. Concretamente fue cuando decidimos seguir los consejos del A. (¡en qué mala hora!) y cruzar la parte estrecha del embalse saltando de piedra en piedra.

En realidad todos cruzaron más bien que mal salvo yo, que conseguí meter los dos pies hasta las rodillas en el agua fria. Y si el agua te cubre la bota, no hay "guarretex" que evite que te cales.

Como es de suponer, acabé chipiada hasta la rodilla. Mientras caminaba no había problema, pero cuando volví lo primero que hice fue aceptar el ofrecimiento de A. y cogerle unos calcetines secos. Yo, como montañera de habas que se precie, no había previsto que es algo que puedes necesitar en cualquier excursión, por muy fácil que sea.

A partir de entonces fuimos todos juntos, lamentándonos de no haber sido más previsores y de no haber cogido bocadillos. ¡Con la cantidad de sitios bonitos que había junto al agua para comer y nosotros sin nada! Bueno, sin nada no, porque el A., previsor, llevaba algo de fruta que compartió con todos.

R. no podía más, y mientras C. adivinaba que podían faltan aún seis kilómetros, R. pedía que le dijéramos algo animoso...que faltaba solo cuatro, por ejemplo.

A partir de ahí, nos volvimos a dividir de manera involuntaria. El grupo inicial, en el que yo estaba, cogimos una velocidad tranquila pero uniforme, llegando al aparcamiento cuarenta y cinco minutos antes que el resto. El sendero estaba bien balizado, así que no hacía falta esperarles, pero cuando al fin lo hicimos, nos quedamos tiesos. El sol ya se estaba yendo y la naturaleza nos recordaba que era el momento de comer y tomar una cervecita.

¿Donde encontrar algo de comer a esas horas? Eran ya las cinco de la tarde no nos hacíamos ilusiones. Al menos esperábamos encontrar algo que picar para entretener el estómago hasta que abrieran la cocina, pero no tuvimos mucha suerte.

En el mismo bar donde habíamos desayunado, pudimos atiborrarnos a frutos secos y patatas fritas, pero la cocina no la abrían hasta las 8...¡Vaya! La decisión fue rápida: después de matar al gusanito, nos volvimos a casa a ducharnos, decidiendo cenar en cuanto el bar de abajo abriera la cocina.

Hasta entonces, ducha, partidas de escoba, bailecitos varios con el F. y..,.¡la sorpresa! A. y C. habían comprado disfraces y habían preparado varias tonterías aprovechando "Halloween". Aunque ya no era la festividad, pasamos un buen rato jugando con las caretas y asustando a los niños de la mesa de al lado mientras el vino corría a raudales.

Acertadamente, cuando subimos a la casa la camarera nos había dicho que íbamos a dormir...la, más que a dormir.

El F. y C. querían ir a dar una vuelta, a la que me uní, sin darme cuenta de que el grado de alcohol del F. superaba lo aconsejable. Fue divertido; él no quería andar sin cantar, mientras nosotras dos intentábamos que no levantase mucho la voz. Debo de reconocer que la vuelta se hizo mucho más larga de lo esperado, porque aunque el pueblo era pequeño, ir haciendo eses lo alarga mucho más.

Ya de vuelta dejé a F. y a C. abrazaditos en el sofá y me fui a dormir, sin enterarme de nada más hasta el dia siguiente.

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