Dia a dia

Cuaderno de campo de un paseo por mi vida, día a día.

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Lugar: Zaragoza, Spain

domingo, octubre 21, 2007

En el infierno de Dante

Eso es lo único que venía a mi mente cuando llegamos a Zaragoza ayer por la noche.

Después de una semana en Turquía con la familia, de vacaciones, ayer por la noche volví a Zaragoza. Las vacaciones habían resultado mucho mejor de lo esperado, y Estambul me encantó.
Especialmente porque yo era de las que pensaba que una semana allí se haría larguísima.

Cansados pero contentos, una vez aterrizados en barajas, cogimos el autobús de línea hasta Zaragoza. ¡Genial!, pensamos, directamente a la estación y de allí un taxi hasta casa.

Pues iba a ser que no.

Cuando llegamos, la parte de los trenes estaba cerrada. Como la parada de taxis estaba por la salida de los trenes -alejada de los autobuses, digamoslo todo-, tuvimos que salir al frio de la noche para caminar hasta allí.

En la puerta había un hombre con una identificación colgando que parecía estar hablando con la central de taxis. Junto a él estaba un grupo de chicas extranjeras que debían estar alucinadas de la falta de comunicación en la -supuestamente- estación central de una -¡ja!- gran ciudad.

El hombre peleaba por conseguir taxis, aunque, como le decían por radio/teléfono/lo que fuera, era sábado por la noche y todos los taxis estaban en el centro.

Mi padre le preguntó si era empleado del lugar, y el otro le contestó que podía entenderse así. Literalmente eso. Que podía entenderse así. En fin, supongo que no quería que mi padre descargase su mal humor con él, porque si no, la respuesta se las trae. Y es que esto es como estar embarazada: no se puede estar a medias. O es que si, o es que no. Y no hay más.

El hombre confirmó que no había taxis, pero nos recomendó acercarnos a la parada en cualquier caso. Consejo obvio, ya que todos habíamos visto un taxi girando hacia allí, a lo léjos. Destemplados, cargados de maletas, y con un marco de madera que mi hermana se había traido de recuerdo -una larga historia-, el camino hacia la parada se hizo largo pero nos quitó el sueño a todos.

El cabreo familiar iba en aumento, y todavía fue peor cuando vimos que el único taxi que vino en un buen rato iba hasta la parada a recoger a una pareja que acababa de llegar. Eso si, después de pasar a nuestro lado ignorando nuestras señales para que parase.

Como estamos en una ciudad que tiene más ínfulas que servicios, el servicio de autobuses había parado hacía horas. Eran las dos de la mañana y estábamos colgados en medio de una estación fantasma donde la única opción lógica es que te vengan a recoger tus familiares; como toda la familia estábamos allí, la situación pintaba peliaguda.

Los taxis seguían sin venir, y, tras insultar -con razón- a todo el consistorio, centrándonos en las mentes pensantes que permitían una estación en las afueras donde las comunicaciones con el centro no estaban aseguradas, otra víctima de las cicunstancias decidió llamar a radio-taxi, jurándose a si mismo no volver a "disfrutar" de esta gran obra que es la estación de autobuses.

Diez minutos más de espera, y un taxi acertó a pasar por allí. El taxista puso cara de circunstancias cuando vió el marco de madera que mi hermana quería llevar. Eso si, fueron mi padre y mi cuñado quienes lo acomodaron y metieron las maletas, porque el hombre no movió ni un dedo.

Según contaban esta mañana, tampoco les ayudó a descargar -no salió del coche hasta que mi cuñado lo había sacado todo del maletero- y encima se pasó todo el viaje rezongando porque E. y G. le habían indicado que fuera por una ruta en concreto. No sabemos por donde pretendía llevarlos, pero debería saber que la elección de ruta es un derecho del pasajero. Y si no le gusta, dos trabajos tiene. Que si les habían timado alguna vez, que los taxistas iban de buena fé, etc, etc... En fin, que menos mal que no viven léjos.

Mis padres y yo tuvimos mejor suerte, porque nuestro taxista era encantador y nos dejó en casa sin más historias.

En fin, que me alegro mucho de tener unos padres como los que tengo, los cuales me recogen y me llevan siempre a la estación de autobuses, evitándome cabreos y esperas.

Eso si, con vistas al futuro, deberían avisar a todos los que entran en esa estación con un gran cartel: "Aquellos que entrais, abandonad toda esperanza".

Exactamente el mismo cartel que estaba colgado en las puertas del infierno de Dante.

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