Puente de todos los santos II
- Jueves-
La previsión del tiempo había anunciado un buen puente en toda España y se cumplió con creces.
El jueves nos levantamos con energía. Hacía sol y teníamos toda la mañana por delante hasta reunirnos con el resto de la expedición, que preveía llegar al mediodía desde Madrid.
El desayuno fue un desastre -tostadas secas- donde lo mejor era la bollería industrial, y encima era caro. ¡"Buen" comienzo!
Esa mañana íbamos a visitar la Foz de Lumbier, antes de comer en Sangüesa. Esto de comer allí era un capricho del F., aunque todavía no me explico la razón, ya que no conocía ningún sitio en concreto donde comer. Como el A. tenía también su propio capricho -comer en Lumbier, en un restaurante con buena pinta que habíamos pasado la noche anterior-, la cosa tenía su miga.
Hicimos la ruta circular, que implicaba una subidita por el monte antes de bajar al interior de la Foz propiamente dicha. Durante la primera parte pudiemos disfrutar del campo para nosotros solos (solamente nos cruzamos con un lugareño, por supuesto en manga corta y demostrando que no solamente los de Bilbao son unos echados p'alante).
Conforme nos aproximábamos a la entrada del tunel que daba paso a la Foz, íbamos encontrando más y más gente. Y aunque aquello prometía estar como la Gran Vía en un dia de rebajas, lo que encontramos al final del tunel demostró que valía la pena. Y es que el paisaje era espectacular.
Dos horas después de haber empezado a caminar estábamos de nuevo en el coche, rumbo a una cervecita fresca. Aunque mis chicos seguían sin ponerse de acuerdo, conseguimos llegar a un acuerdo sobre la cervecita: la tomaríamos en el restaurante donde el A. quería comer.
El menú tenía una pinta demasiado apetitosa para perder la oportunidad, así que me puse de parte del A.: La comida en Sangüesa perdía por dos a uno. Eso implicaba cambiar el lugar de la cita con el resto del grupo, hasta tal punto que cuando les llamamos ya estaban allí y tuvieron que dar la vuelta.
El tercer coche, nos contaron, se había perdido entre los torreznos sorianos y aún le faltaba un buen rato para llegar. El restaurante estaba lleno y solamente nos admitían si entrábamos en ese momento, así que decidimos olvidarlo y dejarlo para mejor ocasión porque las tres del coche escoba nos habían pedido que las esperásemos para comer.
No hay mal que por bien no venga: cumpliríamos el antojo del F. y comeríamos en Sangüesa. O al menos lo intentaríamos.
Y es que no resultó ser tan fácil, ni mucho menos. Había pocos restaurantes, y estaban hasta la bandera. Al final, encontramos un asador cuyo comedor estaba camuflado bajo la apariencia de un casino, con luces de neón y todo. Tenía un horno de leña a la vista de todo el mundo, había sitio y teníamos hambre, así que tampoco nos lo pensamos mucho.
El tercer coche llegó justo a tiempo de entrar en el restaurante. Con C. y R. venía también A., una amiga suya, también profesora, muy maja y peculiar. Como todos en este santo grupo, vamos.
Tras la comida y un pequeño paseito por el pueblo, nos encaminamos rumbo al monasterio de Leire. Parte de nosotros ya habíamos estado allí hacía tiempo, pero seguía siendo impresionante. Además, esta vez la visita coincidión con el oficio de Vísperas y pudimos escuchar los cánticos gregorianos de los monjes en la iglesia. Sencillamente impresionante.
Ya de noche volvimos a la casa, donde se repartieron el resto de las habitaciones mientras la prima S. me confirmaba que se quedaba conmigo. A. se niega a compartir la cama conmigo desde un puente que pasamos en Aigües Tortes. Sostiene que le doy golpes cuando estoy dormida. Tampoco quiere compartirla con la prima S. porque una vez se despertó de golpe cuando la otra -que tiene claustrofobia- le cogía la cabeza entre las manos. En fin, que superadas esas incompatibilidades, S. se quedó en el tálamo conmigo.
Cenamos en el bar de abajo, porque nos daba pereza ir a otro sitio y ese parecía ser el único bar del pueblo. Lo mejor fue el ofrecimiento claro de R. a los chicos: ¿se hacían un favor mutuo? Teniendo cada uno sus necesidades, estaba claro que podían ayudarse.
Tanta claridad les asustó, y R. no consiguió "recibir" ni esa noche ni ninguna. Eso si, entre bromas, lo de "recibir" fue el verbo del viaje...
La previsión del tiempo había anunciado un buen puente en toda España y se cumplió con creces.
El jueves nos levantamos con energía. Hacía sol y teníamos toda la mañana por delante hasta reunirnos con el resto de la expedición, que preveía llegar al mediodía desde Madrid.
El desayuno fue un desastre -tostadas secas- donde lo mejor era la bollería industrial, y encima era caro. ¡"Buen" comienzo!
Esa mañana íbamos a visitar la Foz de Lumbier, antes de comer en Sangüesa. Esto de comer allí era un capricho del F., aunque todavía no me explico la razón, ya que no conocía ningún sitio en concreto donde comer. Como el A. tenía también su propio capricho -comer en Lumbier, en un restaurante con buena pinta que habíamos pasado la noche anterior-, la cosa tenía su miga.
Hicimos la ruta circular, que implicaba una subidita por el monte antes de bajar al interior de la Foz propiamente dicha. Durante la primera parte pudiemos disfrutar del campo para nosotros solos (solamente nos cruzamos con un lugareño, por supuesto en manga corta y demostrando que no solamente los de Bilbao son unos echados p'alante).
Conforme nos aproximábamos a la entrada del tunel que daba paso a la Foz, íbamos encontrando más y más gente. Y aunque aquello prometía estar como la Gran Vía en un dia de rebajas, lo que encontramos al final del tunel demostró que valía la pena. Y es que el paisaje era espectacular.
Dos horas después de haber empezado a caminar estábamos de nuevo en el coche, rumbo a una cervecita fresca. Aunque mis chicos seguían sin ponerse de acuerdo, conseguimos llegar a un acuerdo sobre la cervecita: la tomaríamos en el restaurante donde el A. quería comer.
El menú tenía una pinta demasiado apetitosa para perder la oportunidad, así que me puse de parte del A.: La comida en Sangüesa perdía por dos a uno. Eso implicaba cambiar el lugar de la cita con el resto del grupo, hasta tal punto que cuando les llamamos ya estaban allí y tuvieron que dar la vuelta.
El tercer coche, nos contaron, se había perdido entre los torreznos sorianos y aún le faltaba un buen rato para llegar. El restaurante estaba lleno y solamente nos admitían si entrábamos en ese momento, así que decidimos olvidarlo y dejarlo para mejor ocasión porque las tres del coche escoba nos habían pedido que las esperásemos para comer.
No hay mal que por bien no venga: cumpliríamos el antojo del F. y comeríamos en Sangüesa. O al menos lo intentaríamos.
Y es que no resultó ser tan fácil, ni mucho menos. Había pocos restaurantes, y estaban hasta la bandera. Al final, encontramos un asador cuyo comedor estaba camuflado bajo la apariencia de un casino, con luces de neón y todo. Tenía un horno de leña a la vista de todo el mundo, había sitio y teníamos hambre, así que tampoco nos lo pensamos mucho.
El tercer coche llegó justo a tiempo de entrar en el restaurante. Con C. y R. venía también A., una amiga suya, también profesora, muy maja y peculiar. Como todos en este santo grupo, vamos.
Tras la comida y un pequeño paseito por el pueblo, nos encaminamos rumbo al monasterio de Leire. Parte de nosotros ya habíamos estado allí hacía tiempo, pero seguía siendo impresionante. Además, esta vez la visita coincidión con el oficio de Vísperas y pudimos escuchar los cánticos gregorianos de los monjes en la iglesia. Sencillamente impresionante.
Ya de noche volvimos a la casa, donde se repartieron el resto de las habitaciones mientras la prima S. me confirmaba que se quedaba conmigo. A. se niega a compartir la cama conmigo desde un puente que pasamos en Aigües Tortes. Sostiene que le doy golpes cuando estoy dormida. Tampoco quiere compartirla con la prima S. porque una vez se despertó de golpe cuando la otra -que tiene claustrofobia- le cogía la cabeza entre las manos. En fin, que superadas esas incompatibilidades, S. se quedó en el tálamo conmigo.
Cenamos en el bar de abajo, porque nos daba pereza ir a otro sitio y ese parecía ser el único bar del pueblo. Lo mejor fue el ofrecimiento claro de R. a los chicos: ¿se hacían un favor mutuo? Teniendo cada uno sus necesidades, estaba claro que podían ayudarse.
Tanta claridad les asustó, y R. no consiguió "recibir" ni esa noche ni ninguna. Eso si, entre bromas, lo de "recibir" fue el verbo del viaje...
Etiquetas: Recorriendo mundo

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