Puente de todos los santos IV
- Sábado -
La resaca y las agujetas del dia anterior pasaron factura. A. sostenía que todavía daría positivo en alguna prueba de alcoholemia, mientras otro grupo, encabezado por R., se quejaba del dolor de huesos y de algunos músculos que desconocía tener.
Para evitar males mayores -y el linchamiento de la guía-, ese día nos iríamos de "puebling". Nos había llegado por diversas fuentes que Saint Jean Pied-de-port era uno de esos sitios que no podíamos perdernos, así que lo marcamos como primer destino después de desayunar. ¡¡¿¿Cómo íbamos a perdonar el desayuno??!! Especialmente esa tortilla de patatas jugosa y recien hecha que habíamos descubierto el dia anterior. Ummmmm...:-P
Además de el disfrute por la montaña, mis amigos y yo compartimos un sano gusto por la gastronomía de todo tipo. No en vano, una de las divisas del grupo es "A mal tiempo, buen estómago"; divisa que seguimos escrupulosamente, debo decirlo. Por esto mismo, antes de cruzar la frontera paramos en Roncesvalles para reservar un sitio donde comer. Y es que no queríamos que nos ocurriera lo mismo que Lumbier o en Ochagavía, donde una sidrería que conocía C. estaba resistiéndose desde el jueves. Siempre estaba completa o no cogían el teléfono.
En Roncesvalles nos hicieron el favor de cogernos la reserva, aunque no solían hacerlo. No sabíamos si llegaríamos a tiempo, porque todavía teníamos que llegar a Saint Jean, visitarlo y volver, pero por si acaso ya teníamos la manduca asegurada...
La carretera era preciosa, aunque infame. Curvas, niebla y "señalización orientativa". Cuando vimos el primer cartel indicando esto último, nos mosqueamos un poco. ¿Qué sería eso de "señalización orientativa"? Había alguna señal vertical -puesta al voleo, eso sí, si te fiabas de las indicaciones de velocidad estabas perdido-, y la raya que separaba los carriles estaba pintada, así que en un principio no supimos a qué atenernos. Duró poco, porque pronto nos dimos cuenta de lo que faltaba: ¡la línea continua!. En curva, recta, y con mayor o menor visibilidad, la línea que separaba los carriles era siempre discontinua...¡¡Cómo para fiarse!! Eso si, la vista era preciosa.
Llegamos a nuestro destino sin ser conscientes -literalmente- de haber pasado la frontera. Digo literalmente porque no había ningún cartel ni ninguna garita que indicara el cambio de país. Los carteles habían cambiado gradualmente de idioma, pero ese tampoco era un buen indicador: en Sant Jean Pied-de-port aparcamos debajo de una cartel donde indicaba "Peña del Ordago".
El pueblecito era encantador. Última parada francesa del camino navarro de Santiago, las referencias al camino eran constantes. El centro estaba rodeado de una muralla muy bien conservada, donde los dinteles de las puertas mostraban con orgullo los años en que las casas habían sido construidas. Subimos por una de las calles principales hasta la ciudadela, donde disfrutamos de una vista general. Bueno, no todos disfrutamos tanto...R. hizo el comentario genial del dia nada más desplomarse en el primer apoyo que encontró: "¿Para qué subir si se veía lo mismo desde abajo?". ¡Pobrecilla!¡Estaba muerta de agotamiento!.
Algunas fotos más tarde, y después de un paseo alrededor de la muralla -capricho de A.-, llegó el momento de la verdad: ¿comíamos allí mismo o volvíamos a Roncesvalles?. Comer en Francia implicaba comer ya, porque los horarios gabachos son algo diferentes de los nuestros. Por otra parte, llegar a las dos y media a Roncesvalles implicaba salir en ese mismo momento. No podíamos esperar mucho más porque el A. debía salir hacia Madrid después de comer: tenía guardia esa noche.
Como ninguno teníamos hambre tan pronto, decidimos coger el coche y comer en España. El camino se hizo más corto que el de ida, y a las dos y media pasadas estábamos sentados a la mesa.
Después de comer y despedir al A., visitamos la Colegiata de Roncesvalles para bajar la comida, y decidimos hacer un pequeño paseo -que no caminata- por los alrededores de la fábrica de Orbaiceta. Todavía quedaban unas horas de luz y merecía la pena dar un paseito. Yo, como una de las incitadoras a caminar, propuse hacer una pequeña ruta de seis kilómetros con poco desnivel que partía precisamente de la fábrica.
Eso les pareció demasiado a la mayoría de la tropa, así que C. planteó una propuesta alternativa. Podíamos empezar esa pequeña ruta y coger un desvío que llevaba hasta las ruinas de un castillo. Esa alternativa era muuuucho más corta, lo que hizo que R. ni siquiera se pusiera las botas de montaña. ¿Para qué? Seguro que iba bien con las deportivas...
El comienzo de la ruta se revelo como una cuesta interminable hacia arriba. Si, definitivamente la ruta tenía poco desnivel, pero estaba todo al principio. R. se las veía y se las deseaba porque el camino estaba húmedo y tapizado de hojas secas. Lo que nadie había previsto era que el desvío hacia el castillo consistía en un sendero rectilíneo con una inclinación de unos 45º de media. ¡Horror! Incluso el grupo de cabeza se las vió y se las deseó para llegar arriba. S. y R., viendo como estaba la cosa y advertidos por nuestras voces, se volvieron al coche a los pocos metros de comenzar el ascenso del desvío.
El camino era duro, y el hecho de hacerlo justo después de comer hizo que se hiciera aún más penoso. Sin embargo, la vista desde arriba merecía la pena. El bosque por el que habíamos subido ya era bonito e impresionante, teñido de otoño. Esta vista se superaba con el paisaje que nos esperaba arriba. Se veía todo el valle, con el bosque de hayas multicolores iluminado con la última luz del atardecer. Después de varias fotos apresuradas -C. estaba preocupada por el descenso y quería empezar a bajar lo antes posible-, empezamos a bajar por la pendiente temiendo que en cualquier momento alguno se caería y nos empujaría a los demás.
Temores infundados. Todos íbamos despacio y cuidando nuestros pasos, y poco después llegamos al coche, donde nos esperaban R. y S. Antes de irnos, A., C. y yo aún pudimos visitar las ruinas de la fábrica, que comenzaban a parecer un poco fantasmales conforme desaparecía la luz del dia.
El camino de vuelta, ya de noche, se nos hizo larguísimo. Atravesaba un puerto y, aunque el firme estaba bastante bien, había multitud de curvas que impedían relajarse ni un momento. A., como conductora experta donde las haya, las sorteó sin ningún problema, dejando atrás a la pobre A., que se había empeñado en conducir "para ir cogiendo experiencia". La pobre, según nos contaban después, iba cantando las curvas con interjecciones, del tipo "hala, haaalaaa, HALAAAA" con el pitorreo del resto de las ocupantes del coche.
Después de cenar (no perdonamos ni una comida), F., C. y yo nos fuimos a dar una vuelta. Como no habíamos bebido, el pueblo se hizo pequeño enseguida -es lo que tiene andar sin hacer eses- y decidimos seguir el cauce del río hacia Ochagavía. Hacía frío, pero no había nubes y las estrellas se veían con toda claridad, especialmente cuando dejamos atras las luces del pueblo. C. incluso llegó a ver media docena de estrellas fugaces que el resto no llegamos ni a vislumbrar. Tampoco vimos la osa mayor, pero disfrutamos igualmente del paseo.
La resaca y las agujetas del dia anterior pasaron factura. A. sostenía que todavía daría positivo en alguna prueba de alcoholemia, mientras otro grupo, encabezado por R., se quejaba del dolor de huesos y de algunos músculos que desconocía tener.
Para evitar males mayores -y el linchamiento de la guía-, ese día nos iríamos de "puebling". Nos había llegado por diversas fuentes que Saint Jean Pied-de-port era uno de esos sitios que no podíamos perdernos, así que lo marcamos como primer destino después de desayunar. ¡¡¿¿Cómo íbamos a perdonar el desayuno??!! Especialmente esa tortilla de patatas jugosa y recien hecha que habíamos descubierto el dia anterior. Ummmmm...:-P
Además de el disfrute por la montaña, mis amigos y yo compartimos un sano gusto por la gastronomía de todo tipo. No en vano, una de las divisas del grupo es "A mal tiempo, buen estómago"; divisa que seguimos escrupulosamente, debo decirlo. Por esto mismo, antes de cruzar la frontera paramos en Roncesvalles para reservar un sitio donde comer. Y es que no queríamos que nos ocurriera lo mismo que Lumbier o en Ochagavía, donde una sidrería que conocía C. estaba resistiéndose desde el jueves. Siempre estaba completa o no cogían el teléfono.
En Roncesvalles nos hicieron el favor de cogernos la reserva, aunque no solían hacerlo. No sabíamos si llegaríamos a tiempo, porque todavía teníamos que llegar a Saint Jean, visitarlo y volver, pero por si acaso ya teníamos la manduca asegurada...
La carretera era preciosa, aunque infame. Curvas, niebla y "señalización orientativa". Cuando vimos el primer cartel indicando esto último, nos mosqueamos un poco. ¿Qué sería eso de "señalización orientativa"? Había alguna señal vertical -puesta al voleo, eso sí, si te fiabas de las indicaciones de velocidad estabas perdido-, y la raya que separaba los carriles estaba pintada, así que en un principio no supimos a qué atenernos. Duró poco, porque pronto nos dimos cuenta de lo que faltaba: ¡la línea continua!. En curva, recta, y con mayor o menor visibilidad, la línea que separaba los carriles era siempre discontinua...¡¡Cómo para fiarse!! Eso si, la vista era preciosa.
Llegamos a nuestro destino sin ser conscientes -literalmente- de haber pasado la frontera. Digo literalmente porque no había ningún cartel ni ninguna garita que indicara el cambio de país. Los carteles habían cambiado gradualmente de idioma, pero ese tampoco era un buen indicador: en Sant Jean Pied-de-port aparcamos debajo de una cartel donde indicaba "Peña del Ordago".
El pueblecito era encantador. Última parada francesa del camino navarro de Santiago, las referencias al camino eran constantes. El centro estaba rodeado de una muralla muy bien conservada, donde los dinteles de las puertas mostraban con orgullo los años en que las casas habían sido construidas. Subimos por una de las calles principales hasta la ciudadela, donde disfrutamos de una vista general. Bueno, no todos disfrutamos tanto...R. hizo el comentario genial del dia nada más desplomarse en el primer apoyo que encontró: "¿Para qué subir si se veía lo mismo desde abajo?". ¡Pobrecilla!¡Estaba muerta de agotamiento!.
Algunas fotos más tarde, y después de un paseo alrededor de la muralla -capricho de A.-, llegó el momento de la verdad: ¿comíamos allí mismo o volvíamos a Roncesvalles?. Comer en Francia implicaba comer ya, porque los horarios gabachos son algo diferentes de los nuestros. Por otra parte, llegar a las dos y media a Roncesvalles implicaba salir en ese mismo momento. No podíamos esperar mucho más porque el A. debía salir hacia Madrid después de comer: tenía guardia esa noche.
Como ninguno teníamos hambre tan pronto, decidimos coger el coche y comer en España. El camino se hizo más corto que el de ida, y a las dos y media pasadas estábamos sentados a la mesa.
Después de comer y despedir al A., visitamos la Colegiata de Roncesvalles para bajar la comida, y decidimos hacer un pequeño paseo -que no caminata- por los alrededores de la fábrica de Orbaiceta. Todavía quedaban unas horas de luz y merecía la pena dar un paseito. Yo, como una de las incitadoras a caminar, propuse hacer una pequeña ruta de seis kilómetros con poco desnivel que partía precisamente de la fábrica.
Eso les pareció demasiado a la mayoría de la tropa, así que C. planteó una propuesta alternativa. Podíamos empezar esa pequeña ruta y coger un desvío que llevaba hasta las ruinas de un castillo. Esa alternativa era muuuucho más corta, lo que hizo que R. ni siquiera se pusiera las botas de montaña. ¿Para qué? Seguro que iba bien con las deportivas...
El comienzo de la ruta se revelo como una cuesta interminable hacia arriba. Si, definitivamente la ruta tenía poco desnivel, pero estaba todo al principio. R. se las veía y se las deseaba porque el camino estaba húmedo y tapizado de hojas secas. Lo que nadie había previsto era que el desvío hacia el castillo consistía en un sendero rectilíneo con una inclinación de unos 45º de media. ¡Horror! Incluso el grupo de cabeza se las vió y se las deseó para llegar arriba. S. y R., viendo como estaba la cosa y advertidos por nuestras voces, se volvieron al coche a los pocos metros de comenzar el ascenso del desvío.
El camino era duro, y el hecho de hacerlo justo después de comer hizo que se hiciera aún más penoso. Sin embargo, la vista desde arriba merecía la pena. El bosque por el que habíamos subido ya era bonito e impresionante, teñido de otoño. Esta vista se superaba con el paisaje que nos esperaba arriba. Se veía todo el valle, con el bosque de hayas multicolores iluminado con la última luz del atardecer. Después de varias fotos apresuradas -C. estaba preocupada por el descenso y quería empezar a bajar lo antes posible-, empezamos a bajar por la pendiente temiendo que en cualquier momento alguno se caería y nos empujaría a los demás.
Temores infundados. Todos íbamos despacio y cuidando nuestros pasos, y poco después llegamos al coche, donde nos esperaban R. y S. Antes de irnos, A., C. y yo aún pudimos visitar las ruinas de la fábrica, que comenzaban a parecer un poco fantasmales conforme desaparecía la luz del dia.
El camino de vuelta, ya de noche, se nos hizo larguísimo. Atravesaba un puerto y, aunque el firme estaba bastante bien, había multitud de curvas que impedían relajarse ni un momento. A., como conductora experta donde las haya, las sorteó sin ningún problema, dejando atrás a la pobre A., que se había empeñado en conducir "para ir cogiendo experiencia". La pobre, según nos contaban después, iba cantando las curvas con interjecciones, del tipo "hala, haaalaaa, HALAAAA" con el pitorreo del resto de las ocupantes del coche.
Después de cenar (no perdonamos ni una comida), F., C. y yo nos fuimos a dar una vuelta. Como no habíamos bebido, el pueblo se hizo pequeño enseguida -es lo que tiene andar sin hacer eses- y decidimos seguir el cauce del río hacia Ochagavía. Hacía frío, pero no había nubes y las estrellas se veían con toda claridad, especialmente cuando dejamos atras las luces del pueblo. C. incluso llegó a ver media docena de estrellas fugaces que el resto no llegamos ni a vislumbrar. Tampoco vimos la osa mayor, pero disfrutamos igualmente del paseo.
Etiquetas: Recorriendo mundo

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home