El festival de la hamburguesa: “The champions Burger”
Había leído alguna noticia sobre la zona de garitos de hamburguesas que habían puesto en el Macanaz, pero reconozco que, como tampoco me llama demasiado, no le había prestado atención. Mis amigas Vega y Tere, sin embargo, son bastante aficionadas a este tipo de sarao, así que no me sorprendió cuando Tere propuso ir este fin de semana.
Tras algunos debates -vía mensajes telefónicos- sobre la fecha, al final quedamos esta noche. Vega tiene que hacer prácticas, Tere tiene café familiar el domingo y yo mañana he quedado para cenar con el aquelarre, así que no hay muchas más opciones.
Antes de reunirme con ellas, quedo con Marta a tomar una cerveza temprana que se convierten en dos. Lo mío es vicio.
Hay gente por la calle, y conforme nos acercamos a la otra orilla del Ebro, donde han puesto las caravanas, el número de personas aumenta, en forma de riada humana. Ufff, va a estar lleno. Lo que también aparece conforme nos acercamos es una nube de humo proveniente de los puestos de comida - en muchos de ellos ahúman los ingredientes, y de paso ahúman el río, el puente y a todos los que estamos a menos de 100 metros a la redonda.
La zona, extendida desde Helios hasta bien entrada la arboleda de Macanaz, está llena de gente. A lo largo de la explanada, y salvo debajo del puente -donde han puesto los baños portátiles que nos proponemos evitar a toda costa- se ven los puestos de hamburguesas. Vega y Tere ya han estado aquí, o al menos han estudiado el terreno, porque al menos conocen cómo funcionan las cosas. Tere incluso nos ha comentado que era necesaria una aplicación, pero tampoco me he enterado mucho; estaba ya saliendo de casa y no me daba tiempo a nada.
Cada puesto ofrece una hamburguesa distinta, y además hay un puesto para las patatas, otro para la salsa y un par para las bebidas. Imposible cogerlo todo de una vez, según parece.
Antes de nada, decidimos coger sitio en una de las mesas que hay detrás de los puestos. Hay dos zonas, y pensando que habría más hueco, decidimos ir a la más cercana a Helios. Efectivamente hay sitio, y nos ponemos en una mesa donde ya hay gente, pero hay hueco más que suficiente.
Aprovechamos para preguntarles cómo va el tema. Parece ser que hay que elegir una de las hamburguesas -hay un folleto impreso encima de la mesa, que preferimos antes que mirar la página web- y acercarse al puesto correspondiente a hacer fila -todas las filas eran larguísimas, según hemos visto de camino a la mesa- o pedirla por la aplicación “uber eats”, donde te ponen un suplemento de 2€ por hamburguesa -de 12,5 a 14,5- porque en teoría te dan prioridad sobre las filas. Tere, que ha venido preparada, había leído que hacían descuento la primera vez que usabas la aplicación en las primeras dos hamburguesas. Como ella la ha descargado en casa y se ha registrado, es ella la que las pide, costándonos al final 9,5 por cada una. De alguna forma, las tres nos decidimos por la misma -una con bacon crujiente y polvo de palomitas-, lo que facilita la recogida.
Después, hay que comprar las patatas y la bebida por separado, en sus correspondientes puestos. Y no, la aplicación en este caso no se puede usar. Decidimos dejar a Vega a cargo de la mesa mientras Tere va a por las hamburguesas y yo a por las patatas. En este caso, hay una fila para pagarlas y otra para recogerlas. Cada vez me gusta menos esto, la verdad.
La fila de pago es rápida, pero ¡oh, sorpresa!¡no admiten efectivo! Yo suelo salir sin tarjeta -lo que me faltaba- así que no tengo forma de pagarlas. Ante esto, me dicen en la caja hay un autobús donde puedo cargar efectivo en una tarjeta con la que puedo pagar. Aunque intento acercarme al autobús, éste debe de estar en el puente de Piedra, porque no lo veo, así que desisto y acabo recurriendo a Tere, quien lleva la tarjeta y puede adelantar todo. Mientras Tere hace la fila para pagar las patatas, llevo las hamburguesas a la mesa. No sé cómo estarán, pero lo que es seguro es que para cuando volvamos con la bebida y las patatas, se habrán enfriado bastante.
Con las patatas en la mano, echamos salsa en el puesto de las salsas -¿soy la única a la que esto le recuerda a la burocracia soviética?-, y tras llevarlas a la mesa, donde Vega sigue esperándonos, nos encargamos de la bebida. Justo antes de que nos toque, toda la zona se apaga de repente. La zona de las mesas no tenía iluminación directa, así que ya estábamos a medio oscuras, pero la zona de los puestos se queda con un extraño resplandor proveniente de las farolas del puente, reflejado en el humo que ocupa toda la zona. En breve la luz vuelve, y podemos pedir nuestra cerveza.
Se supone que hay que comprar un vaso de plástico (reutilizable) para que te pongan la cerveza. Como íbamos sobre aviso, cada una habíamos traído uno de casa: Tere, el de los puestos de comida del Pilar, y Vega y yo, otro distinto -de hecho a Vega se lo había traído Tere, porque ella no venía directamente de casa-. Ya en el mostrador, nos sorprenden con la noticia de que nuestros vasos no son válidos; bueno, el de Tere sí, pero los otros dos no se aceptan y no nos queda otro remedio que comprarlo. Intentan consolarnos con la cantinela de que son “vasos solidarios”, pero honestamente me importa un bledo. Más solidario que mantenerlo en mi bolsillo, imposible. Al menos no hay que hacer otra fila para comprarlo; te lo venden en el mismo mostrador.
Ya con todo, nos reunimos con Vega para cenar tranquilamente. No hay servilletas en las mesas, así que tenemos que tirar de pañuelos de papel, pero a estas alturas ya solamente nos importa comernos la famosa hamburguesa, que ha empezado a enfriarse y que, sin estar mal, no es nada por lo que matar. De haber podido votar -se suponía que se podía hacerlo-, no le habría puesto una gran puntuación. De hecho, si contamos todo, la broma nos ha costado casi veinte euros, un precio por el que puedes tomar una magnífica hamburguesa en un buen puñado de sitios, sentado, atendido por un camarero y con una cerveza en un vaso de cristal, sin una humareda que rivaliza con las míticas nieblas de Londres.
Como nota simpática, los que sí han sabido hacerlo han sido unos que estaban sentados en la mesa de al lado, que se han traído la cena del MacDonals :-) Esas no engañan; ya sabes lo que esperar.
En conjunto, definitivamente yo me he hecho mayor para esto. A Vega y a Tere les gusta, al menos una vez al año, pero yo creo que a la próxima solamente me uniré a la cerveza de después.
Y esa sí que está bien, la verdad. Tras la cena, nos pasamos por el Gallagher a tomar esa última cerveza, fría y en vaso de cristal.
Ahora solamente falta conseguir digerir la carne -poco hecha para mi gusto, así que me espera una noche dura- y limpiar los zapatos, llenos de tierra y polvo, para intentar volver a ver su color burdeos original. Pero eso será otro día.
++
Anuncio del evento, lleno de anglicismos innecesarios:
“The Champions Burger” es el mayor evento gastronómico del país, un alucinante concepto nómada que recorrerá +15 ciudades de todo el país, con un claro objetivo: llevar las mejores hamburguesas a todos los amantes de las buenas burgers.
Buscamos la mejor hamburguesa gourmet de España. Para ello enfrentaremos a
cientos de hamburgueserías, subidas en sus foodtrucks, que lucharán cara
a cara, plancha con plancha y sudor contra sudor, para lograr el premio a Mejor
Hamburguesa de España 2024.
Valoraremos el sabor, la combinación de ingredientes, la originalidad y sobre
todo las ganas e ilusión puestas en cada burger.
Fuego, sabor, humo, carne, motor... Unido con música, muy buen ambiente y luces harán una combinación especial para crear un evento único e inigualable.
Etiquetas: Amigos de aquí más que de allá

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