Tarde de no-juegos
En Nochevieja, cuando Anamari, Marta y yo estábamos en mi casa celebrando el nuevo año -nota: a ver si este año se merece la celebración, porque el anterior tuvo poco que celebrar-, quedamos en juntarnos hoy a comer en casa de Anamari y pasar la tarde jugando a juegos de mesa, que a las tres nos gustan.
El lunes no teníamos noticias -Marta y yo consideramos que era Anamari quien debía recordarlo-, así que no teníamos claro si la cosa seguía en pie. De hecho, hasta ayer no escribe un mensaje recordando lo de hoy… bueno, nunca es tarde si la dicha es buena.
Para ir, Marta y yo quedamos a la 1 en la plaza San Miguel, así que me da tiempo a comprar el roscón antes de ir -como es normal tratándose de Marta, me encargo yo-. Mi primer intento, Los mayses, se revela imposible: se han acabado los roscones de cuatro raciones y solo quedan los de tamaño familia numerosa. Saldrán en una hora, pero no voy a esperar… Mi siguiente opción es El Rincón, aunque miro antes en Martín Martín, y es ahí donde lo compro. Después me entero de que son los mismos, así que seguramente los roscones vengan del mismo sitio.
Vamos a casa de Anamari en autobus. Anamari nos había indicado como ir con el 35 pero el 29 también nos lleva, así que probaremos primero con este último. Como dice Marta, yo “manejo” el autobús -esta chica definitivamente se deja querer-. Al final vamos con el 35 porque el 29 acaba de irse y falta mucho para que venga el siguiente.
Anamari nos había sugerido la 1,30 como hora de llegada, y somos bastante puntuales. Mientras termina la comida, nos tomamos una cerveza -yo- y una cocacola -Anamari-, hablando de todo y de nada. Además, me sorprende con una ballenita de ganchillo. Sencillamente monísima, toda rosa con su chorro de agua azul. Me encanta 😊 La verdad es que hace tiempo que le llevo pidiendo que me haga un cactus de ganchillo, pero no me esperaba que me hiciera nada para hoy. También nos enseña el inicio de lo que será una maceta de girasoles, también en ganchillo. Quiere hacer una para cada una, pero es lento y costoso, así que nos dice que nos lo tomemos con calma.
La comida está buenísima. Ha preparado un coctel de langostinos de entrante y pan portugués -una compañera le ha pasado la receta llamándolo así- relleno de queso y carne. Está buenísimo, pero llena barbaridad. Mañana tengo análisis, además, y no creo que todo este queso ayude a mi colesterol. O al revés, lo ayudará, pero a subir.
De postre, nos tomamos el café con un trozo de roscón. No
está mal, la verdad; lo del Rincón es repetible. En teoría, habíamos previsto
dedicarnos a los juegos de mesa después de comer, pero el hombre propone y Dios
dispone. Al final, en vez de jugar, nos dedicamos a charrar.
Entre otras cosas, nos ponemos al día con las aventuras y desventuras amorosas de Amparo. Parece ser que está entre dos chicos, ¡saliendo con los dos! Entre duda y duda, además de que cada uno es consciente de que el otro existe, también le cuenta sus cuitas a su próximamente exmarido, quien a su vez tiene novia. Parece ser que, en plena vuelta a la adolescencia profunda, además de a su ex, también les cuenta todos los detalles a Anamari y a Susana. Las está volviendo locas. Incluso se autoinvitó a casa de Anamari a hablar -y de paso invitó a Susana y a Mati-. En fin.
Entre unas cosas y otras nos vamos a casa a eso de las 6,30. Ha sido una tarde muy agradable. Lo repetiremos -en mi casa, supongo-.
Etiquetas: Aquelarre

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