Dia a dia

Cuaderno de campo de un paseo por mi vida, día a día.

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Lugar: Zaragoza, Spain

viernes, diciembre 13, 2024

Cena de Navidad

Tras la experiencia del año pasado, este año yo había decidido no ir a la cena de navidad de la empresa. De hecho, había ignorado todos los mensajes que nos habían llegado sobre el tema. Sabía que era en el acuario, y que costaba 40€, pero nada más.

Mientras estoy de vacaciones, Paula me escribe diciendo que ha preguntado y que podemos sentarnos donde queramos -una de mis principales objeciones, la verdad- y me anima a ir, alegando que Vega va, y que es su última cena, y que podremos sentarnos juntos, y…

Todo junto, unido a mi falta de voluntad a la hora de negarme a salir de juerga, hace que me apunte y, en plenas vacaciones, me animo, elijo el menú -desde Vietnam-, y allá voy. Como estoy en plena campaña de pérdida de peso, pido las opciones más ligeras, por cierto (ensalada de burrata y bacalao; sólo espero no quedarme con hambre, vista la historia de las cenas de navidad hasta ahora).

A pesar de la pereza de salir de casa con lo bien que estaba, a media tarde me he vestido -no he tardado demasiado-, e incluso me he maquillado, aunque he descubierto con horror que me he olvidado de maquillarme. ¡Hace tanto que no lo hago! Nunca me ha gustado, pero cada cierto tiempo lo hacía. Hoy incluso he tenido que tirar la máscara y el maquillaje… ¡estaban secos! En fin, confío en que mi sobrina me dé un repaso estas navidades.

Normalmente quedamos a tomar algo antes de la cena, con el departamento de tecnologías digitales. Así, hoy he escrito a Rocío, quien me ha dicho que Jorge, Paula y ella habían quedado al lado de la garnacha a las 8. Al final no ha sido en la garnacha, sino en el bar de enfrente, y cuando he llegado había cerca de 20 personas sentadas a la mesa tomando algo.

Al volver de vacaciones y leer todos los mensajes sobre la cena, veo que han organizado lo que llaman una tómbola: vamos, lo de en Finlandia, de Erasmus, se llamaba amigo invisible. Nos proponen aportar un regalo, de  unos diez euros, y quien aporte, se llevará otro. En principio yo no iba a participar pero ayer, hablando con Vega, cambié de opinión: siempre puedo comprar un libro.

Aunque habíamos quedado a las 8, he llegado un poco más tarde porque comprar el libro para la tómbola me ha costado un poco más de lo esperado. Tenía que ser algo unisex, así que finalmente me he decidido por un libro -concretamente en el re-read de al lado de casa-.

He comprado un libro histórico, editado en el edificio al lado de la oficina (¿una señal? 😉), que he pensado en quedarme para mí. Bueno, de momento lo llevo y ya veremos. Vega, que también se ha retrasado porque ha pasado por Gran Casa a comprar otro libro de regalo (somos poco originales, sí), se reúne con nosotros cuando ya vamos de camino al restaurante.

La cena era a las 9, y, como llegamos unos minutos antes, nos encontramos con una fila enorme de gente para entrar. Uff, a ver cómo conseguimos sentarnos juntos… Finalmente, cuando entramos, Vega, Paula y yo nos sentamos en una mesa cerca de la entrada. Tenemos que guardar dos sitios (Rafa y Pilar), y al fondo solamente teníamos sitio para tres en la mesa de unos compañeros.

Como cada año, me sorprendo de lo que se arregla la gente: lentejuelas, brillos, escotes… algún año tendré que hacer lo propio, la verdad. No será por falta de ropa, y encima este año me cabe casi todo.

La cena está bien. Cantidad decente -creo que es la primera cena de navidad donde no nos quedamos con hambre-, está buena, a la temperatura adecuada… Quizá la única queja sea la falta de café. Por 40e que nos han cobrado, ya podían haber incluido el café, la verdad. Como nota curiosa, a Pilar, que es alérgica a las frutas de hueso, le han traído el postre normal -una tarta de chocolate que he comido hasta yo, porque tenía hambre-, y una copa de melón que ha compartido con toda la mesa.

Durante la cena, se organizan juegos tontos -nuestra mesa decide por unanimidad pasar de los dos primeros, y no matarnos por los demás-, y se reparten los regalos de la tómbola, todo amenizado por David el mago, un compañero con mucho gracejo que hace magia en su tiempo libre.

Al llegar, nos habían dado un número cuando entregábamos el regalo, y, a lo largo de la cena, van llamando a los distintos números para que elijan el regalo que quieran -todos se habían dispuesto en una mesa grande-.

Algunos de los regalos me parecen cutres (un cacharro de hacer pompas de jabón) o sencillamente me repelen (¡una mierda de plástico con control remoto! ¿¡A quién se le ocurre!?), algunos son sencillamente vergonzosos (¿¡¡una camiseta de la empresa!!?¿de verdad?) y otros demuestran las pocas ganas de pensar del personal (unos bombones, una lata de sardinas, una botella de aceite de oliva marca ‘nisu’…). Así, cuando me llega el momento, no dudo y cojo mi propio regalo, que ya me había atraído cuando lo he comprado. Sí, había algunos regalos decentes también, pero he preferido no arriesgarme, la verdad.

Después de la cena, y dado que no ha habido café -para sorpresa de casi todos-, ha habido un movimiento general hasta la barra, donde algunos han pedido su café -pagando, claro- y otros hemos pasado a la copa.  Bueno, en mi caso cerveza, que estoy intentando acabar las navidades con el mismo peso con que las empecé. No soy la única; Pilar me ha dicho durante la cena que se ha puesto a dieta hace nada y que se ha pedido el mismo menú que yo por la misma razón: porque era ligero.

En teoría, las copas tenían un precio fijo de 7 euros, pero cuando pedimos, nos cobran 7,50* (¡y 3,8 por la cerveza!). Y lo peor: en vaso de plástico. Increíble. Por ese precio ya habían podido poner cristal…

Unos bailoteos, un poco de conversación, decoración alternativa (uso las bolas de navidad de pendientes en un momento dado), fotos varias (había incluso un fotógrafo que venía con el pinchadiscos, y que, aunque estaba centrado en él, nos hacía fotos al resto de vez en cuando)… Me lo paso bien, la verdad, aunque a las 2 o así decido mover a casa. Rafa también se viene**, y como lleva coche y no ha bebido, me acerca a casa. Y menos mal, porque la semana siguiente me comentan que, como era de temer, lo de buscar taxi por allí era misión imposible. Especialmente a las cuatro, cuando cerraron el chiringuito; supongo que era una noche de cenas generalizadas, y los taxis estarían todos en el centro.

(*) El lunes me cuentan que alguien protestó y a cierta hora empezaron a cobrar 7 euros, como estaba convenido. Eso sí, del cristal, nada de nada.

(**) Esta noche ha aguantado un montón; normalmente se va después de la cena.

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