Dia a dia

Cuaderno de campo de un paseo por mi vida, día a día.

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Lugar: Zaragoza, Spain

lunes, octubre 26, 2009

Fin de semana en Soria

Planeado desde hace ya mucho tiempo, este fin de semana he estado en Soria con M. y las gemelas. La excusa era visitar la exposición de Las edades del hombre, que este año se celebraba allí, en la Concatedral de S. Pedro. También había un par de subsedes en Gormaz y en otro pueblo, pero estaban demasiado lejos y, según me comentaron mis padres, no merecía la pena llegar hasta allí.

Aunque en un principio pensamos en salir el sábado por la mañana, un par de problemas con los hoteles (todo parecía estar lleno el sábado) y la relativa cercanía de Zgz (dos horas por autopista y buena carretera), nos hicieron decidirnos a salir el viernes por la tarde. Tarde, eso si, porque C. no llegaba a casa antes de las seis.

Había muchísimo tráfico, agobiante a veces, pero no tuvimos ningún problema y en dos horas y media estábamos en Soria. Lo peor fue salir de ZgZ (¡qué m**** de obras!) y entrar en Soria (¡menuda circunvalación tiene para su tamaño!). Aviso para navegantes: entrar por "Soria norte" la próxima vez.

Yo había estado allí hace unos años con el F., C. y A., y aún me acordaba de los sitios principales: el Collado, la Alameda, el Espolón...Y lo que es más, me acordaba de un restaurante, Casa Augusto, no tan famoso como el Mesón Castellano pero digno de revisitar lo más posible. Una atención cuidada, un sitio con encanto y una cocina de cinco tenedores en plena Plaza Mayor. ¿Qué más se podía pedir? Tan buen recuerdo tenía que ese mismo viernes teníamos reserva, con el tiempo justo de ir al hostal a dejar la maleta antes de la cena.

La memoria no me engañaba, porque la comida estaba deliciosa (esos champiñones con queso, setas e ibérico, esas croquetas con nuez moscada,...Mmmmm), y el sitio sigue mereciendo una visita cada vez que se va a Soria. Vamos, que nos fuimos a la cama agotadas y felices.

El sábado nos levantamos prontito, aunque sin grandes madrugones. La verdad es que el hostal (La Posada, en la Pza. San Clemente) estaba muy céntrico pero algunos detallitos dejaban bastante que desear. Entre ellos, el frio que hacía en la habitación. Había un radiador, pero no había forma visible de ponerlo en marcha, y como salimos antes de que el bar bajo el hostal abriera, no pudimos pedir a nadie que lo encendiera. En fin.

Desayunamos en un bar del Collado, antes de empezar nuestra "tournée" turística por Soria. La idea era visitar la ciudad por la mañana, dejando las edades del hombre para después de comer. Antes de nada, y para evitarnos preocupaciones, aparcamos el coche en un aparcamiento público que resultó estar justo al lado de nuestro primer destino: S. Juan de Rabanera, una iglesia sitiada por las zanjas que pese a todo no conseguían afear esa joya del románico. De ahí, el paseo continuó por Sto. Domingo, el palacio de los condes de Gómara y finalmente por la Alameda, antes de buscar un garito donde probar -finalmente- los torreznos sorianos. La ciudad estaba especialmente animada, ya que, como descubrimos al punto de la mañana, había una reunión internacional de tunos que seguro habían tenido algo que ver con la altísima ocupación hotelera del fin de semana. Las edades del hombre también habrían ayudado, suponíamos; extremo que confirmamos cuando, cerca de las doce, hordas de turistas en autobuses empezaron a llenar cualquier hueco libre.

Antes de la cervecita con torrezno, nos habíamos pasado un momento a ver la fila de la exposición, que asustaba un poco. No creo que fuera más de una hora, pero ya desanimaba un poco...Bueno, primero comemos y después nos ocuparemos del tema. Lo de comer, con las hordas "autobusianas" también era un problemilla. Mis padres nos habían sugerido el casino como sitio buenobonitobarato, pero era muy pequeño y estaban esperando un grupo. Otras de las opciones con menú que vimos en el centro eran caras o sencillamente poco apetitosas, así que, finalmente, nos dirigimos hacia la parte menos turística esperando encontrar algún sitio, aunque fuera un chino o un kebab.

Unas señoras nos indicaron un par de restaurantes que resultaron estar casi donde acaba Soria. Esto es, al final de la calle Sta. Bárbara. Efectivamente, allí había tres restaurantes muy seguidos, y decidimos comer en el más grande y lleno, amén del único donde estaba escrito el menú en la pared: Don Julián. La comida estaba deliciosa (aunque la sopa podía haberse usado para llenar los radiadores, de tan caliente), y además barata.

Con el estómago lleno, y tras un paseíto tranquilo al sol, llegamos a la Concatedral donde no quedaba ni rastro de la fila que habíamos visto antes. Quizá estuvieran todos buscando un sitio para comer, ya que solamente eran las tres y media. Fuera como fuera, nosotras pudimos visitar tranquilamente la exposición, de la que salíamos encantadas dos horas después.

Antes de ir a descansar un rato al hotel, todavía nos dio tiempo de caer en un vicio que las cuatro compartimos: las tiendas. Un cinturón, un jersey y una crema más tarde nos tiramos en la cama con la perspectiva de estar una horita y pico descansando. M. y yo aprovechamos para reirnos un rato con el programa de T5 sobre Marisol mientras las gemelas hacían una incursión a una tienda de productos típicos en busca de chocolate y mantequilla. En el hostal hacía un frio espantoso, pero nada que no se solucionara metiéndose debajo de las mantas.

No obstante algo fallaba, porque el pasillo estaba más caliente que nuestras habitaciones. Cuando lo comentamos en recepción (bueno, en la barra del bar porque recepción como tal no había) nos dijeron que nos la ponían inmediatamente. Sino, como descubrieron las gemelas, siempre nos quedaba la opción del calefactor del baño, que con la puerta abierta ayudaba a caldear un poco el dormitorio...

Esa noche teníamos reserva en el Mesón Castellano, también en la plaza mayor, aunque antes nos daba tiempo a tomar una cervecita en un bar muy chulo que habíamos visto enfrente a la Alameda, al aparcar el coche el día anterior. No había mucha gente, pero era el único bar de copas o similar que habíamos visto en toda la ciudad. ¿Dónde se habrían metido?

Una compañera de M. tenía un familiar que trabajaba en el Mesón Castellano, quien nos había hecho la reserva indicando que nos trataran bien. Este restaurante, pese a ser uno de los más afamados de Soria, no me acabó de gustar. La cocina es mucho más tradicional que en el caso del de la noche anterior, pero además la sala era mucho más grande, ruidosa y la atención no fue para tirar cohetes. Pedimos todo para compartir, y aunque acabamos llenas, había algún plato del que nos deberían haber advertido como "casi incompartible", como los huevos al horno con foie. Personalmente no creo que vuelva a ese restaurante, o al menos, si vuelvo, será con más gente y no como primera elección.

Después de cenar, y visto el panorama, volvimos al mismo bar de copas, aunque E. decidió quedarse en el hotel porque estaba agotada y tenía dolor de cabeza. Aprovechando que volvíamos al mismo sitio, pedí una cerveza que había visto antes en la carta. Supuestamente una cerveza de abadía...¡española! eso había que probarlo. Estaba buena, si, pero creo que me quedo con la Leffe belga de mis amores (mi favorita, a la sazón).

Cuando volvimos al hostal, E. seguía despierta, con la tele encendida y el calefactor del baño enchufado. Los radiadores estaban apagados (los apagaban por las noches de forma general), y como no habían tenido tiempo de calentar la habitación, aquello estaba helado. ¡Y eso que habíamos dejado el calefactor del baño encendido para caldear un poco el dormitorio! las tres ventanas tampoco ayudaban mucho, pero con la manta tampoco esperábamos pasar frio.

Lo que no esperábamos es la juerga nocturna debajo de nuestras ventanas. ¡Qué horror! Unos adolescentes -no tan jóvenes quizá- decidieron hacer botellón en la plaza, gritando y haciendo ruido como verduleros. ¡Qué horror! Sólo me acuerdo de M., tan desesperada y despierta como yo, diciéndome que eran las tres de la mañana mientras los cafres de abajo tardaban una hora en despedirse a voz en grito. ¿Cómo podrá vivir la gente en esa plaza durante todo el año? Fue en ese momento cuando entendí a mi pobre padre, que lleva años quejándose del botellón que hacen en el parque debajo de su ventana.

Con este panorama nocturno no es de extrañar que al dia siguiente estuviésemos todas con ojeras y sueño retrasado. Nada que no quite un café bien acompañado, está claro. El único problema era que el bar donde habíamos desayunado el día anterior estaba cerrado, y encontrar un sitio abierto no parecía tan fácil. Finalmente entramos en la única cafetería abierta, donde todos los turistas de la localidad estaban ya pidiendo café.

Habíamos pensado en dejar las maletas en el coche después del desayuno, dejando ya todo listo para la hora de irnos. Parecía sencillo, pero, cuando volvimos al hostal después de desayunar a por las maletas, nos vimos incapaces de abrir la puerta de la calle. salir nos había costado, porque la cerradura estaba realmente dura, pero entrar era sencillamente imposible. Después de probar un buen rato, y las cuatro por turnos, llamamos al responsable del hostal para que viniera a ayudarnos.

Debía de estar en casa, porque se oían niños de fondo, y él demostró muuuuuy pocas ganas de venir. "¿Habéis probado bien? Mirad que está muy fuerte...". Que si, que si, pero que no podemos. "vale, en cinco minutos estoy ahí". Cinco minutos sorianos más tarde, (lo que en ZgZ llamamos veinte), apareció la ayuda. En ese tiempo nosotras habíamos descubierto que alguien se había dejado las llaves puestas por dentro, con lo que estaba claro por qué no habíamos podido abrir.

Una vez abierta la puerta, una visita al baño y el último vistazo a la habitación (para no dejarse nada), y en cinco minutos estábamos ya en el coche dejando todo el equipaje. Como me he comprado uno nuevo, este ha sido el último viaje de este coche... una maravilla, la verdad.

Hacía sol y el tiempo era perfecto para nuestros planes: comenzamos la mañana con un paseo hasta el castillo (unas ruinas al lado del parador), desde donde teníamos una vista preciosa de toda Soria, incluyendo Numancia. Desde allí bajamos hasta el rio, siguiendo el camino de S. Polo hacia S. Saturio, y después por la otra orilla hasta San Juan de Duero. Fue un paseo muy agradable, que terminamos en la Plaza Mayor delante de unas cervecitas y unos torreznos.

Aunque nos temíamos que tendríamos de nuevo problemas para encontrar un sitio (el casino estaba lleno también ayer, esperando a otro grupo), al final entramos en un restaurante enfrente del hostal donde habíamos estado, que desde fuera no dejaba imaginar lo agradable que era para comer. Sitio pequeño, tranquilo y agradable con buena comida. Lo apuntaremos para la próxima.

La comida fue rápida, así que pudimos coger el coche y salir antes incluso de lo previsto, llegando a ZgZ al anochecer.

El fin de semana en conjunto me encantó, y disfruté como una enana. Tuvo de todo: paseos, cultura, gastronomía, y hasta un misterio...Y es que esta mañana he encontrado en el maletero media tableta de chocolate con frambuesas. Debió de caerse de la bolsa de las gemelas durante el viaje, pero, ¿dónde estará la otra mitad? la pobre tableta estaba hecha nocilla esta mañana, y no ha dado ninguna pista...¿Estará pegada a la rueda de respuesto?¿Como mancha de alguna maleta?¿Qué será será?

Nota: C. acaba de resolver el misterio del chocolate de frambuesas: ¡¡ella se había comido ya lo que faltaba antes de meterlo en la bolsa!! ¡Aja!¡Otro caso resuelto! :-)

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