Albóndigas (más o menos) de mamá
El viernes llovía y decidimos comer en casa; descongelé un par de trozos de carne de ternera picada con la idea de lacer pasta boloñesa, y mientras esperábamos a que la carne dejara de parecer un pedrusco, salió un tímido rayo de sol que nos hizo alentar esperanzas. ¿Pondrían la
terraza en el restaurante de abajo?. El tiempo estaba incierto, pero llamamos por teléfono y nos dijeron que nos sacaban la mesa a nosotras. ¡Qué encantadores son los maños!, decía C.
Hacía fresquito, y en cuanto nos pusieron la mesa el sol decidió esconderse, y la cosa -el cielo, concretamente- empezó a ponerse negruzco. Ahí fue donde C. y yo decidimos aceptar el ofrecimiento de los dueños de entrar en la sala cuando nos arrepintiésemos. ¡Y qué a tiempo!
¡Fue entrar y empezar a llover a cántaros! Está claro que ese dia comimos muy a gusto, pero la carne se quedó descongelada y sin plato.
Pensé en hacerme la -prevista- pasta a la boloñesa, pero mi hermana me recordó de no solo de pasta vive el hombre, y que lo mio con la pasta ya es un pelín exagerado. Me encanta y la hago con todo, pero tiene algo de razón, así que decidí seguir su consejó y preparar albóndigas.
No las había hecho nunca, pero mi mami me dio la receta y le había visto hacerlas miles de veces. ¡Tampoco sonaba tan dificil!
Batí un huevo, pique ajo y perejil y junté todo con la carne picada -ya descongelada del todo-. Mezclé todo a gusto, y lo dejé un rato para que cogiera consistencia, gustillo o lo que fuera que quisiera coger. Al cabo del rato, le añadí un poco de pan rallado (demasiado poco, en realidad), y lo amasé para que la pasta quedara uniforme. Un ratito más -podría haber sido incluso un dia más tarde-, y amasé las bolas, preparándolas para freirlas. Ahí me di cuenta -craso error- que, para variar, me había olvidado de echar sal, así que salé las bolas ya formadas mientras cruzaba los dedos esperando que no quedaran excesivamente sosas.
La fritura salió un poco rana, la verdad. Las albóndigas se pegaban a la sartén a gusto, y, cuando le pregunté a mi padre por el problema, me dijo que hasta él sabía que hacía falta pasarlas por harina antes de freir. Mi madre me lo confirmó, "acordándose" en ese momento de que no
me había dicho nada de la harina. Quizá el pan rallado fuera escaso, añadió.
Con las albóndigas ya fritas, solo quedaba la salsa. Colé el aceite de la fritura para hacer una salsa más o menos apetitosa, sin decidirme entre la salsa de setas o la de tomate. El tomate frito de mi madre es insuperable, así que mi única pretensión era hacer algo comestible y apetitoso. Me decidí por el tomate frito ya preparado cuando vi que la fecha de caducidad ya había pasado, añadiéndole un chorro de vino blanco y unas ramitas de romero.
A pesar de las diferencias (normalmente mi madre usa carne de pavo para hacerlas), no solo estaban comestibles, sino realmente buenas. ¡Habrá que repetir!
Etiquetas: Cocinando

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