Exposiciones: Ilse Bing y sobre la colaboración de Pablo Picasso con Julio González
Este es un fin de semana de exposiciones. A estas alturas ya conocemos las posibilidades, y propongo ir a la Fundación Mapfre, a ver la de Ilse Bing. Yo no la conocía, pero me gusta la fotografía y el anuncio de la exposición me atrajo. A Javi no le importaba, y además, como es asegurado de Mapfre la entrada era gratuita, así que sacamos entrada por internet para las 12,30, y cogimos el metro hasta Recoletos.
La exposición, bastante extensa, se centra en la obra de Ilse Bing, una fotógrafa alemana que desarrolló su trabajo entre Frankfurt y Paría antes de trasladarse a EE.UU. ante la amenaza nazi. Además de usar técnicas curiosas (la solarización, por ejemplo, que da un ambiente onírico y melancólico a las fotografías), me ha gustado la forma en que su fotografía se adapta a su biografía, siendo especialmente patente en las fotografías tomadas en Estados Unidos, que se podrían agrupar bajo el título de “desarraigo”. En general, la exposición me ha gustado mucho.
Cogido del folleto:
La obra fotográfica de Ilse Bing, desarrollada entre 1929 y finales de la década de los años cincuenta, está marcada por las distintas ciudades en las que vivió: el Fráncfort anterior a los años treinta, el París de esa década y el Nueva York de la posguerra, donde fundamentalmente experimentó su condición de exiliada. Sin embargo, no resulta posible adscribir su trabajo a ninguna de las corrientes fotográficas o culturales que conoció, aunque se nutra de todas ellas. Su obra está influida por Das Neue Sehen (la Nueva Visión) de László Moholy-Nagy y la Bauhaus de la República de Weimar, por André Kertész, así como por el surrealismo de Man Ray, al que conoció al instalarse en París en 1930. A su llegada a la capital francesa, la ciudad era un hervidero de tendencias artísticas e intelectuales donde brotaban algunos de los movimientos clave para la evolución de las vanguardias. Los ecos del surrealismo resuenan en las fotografías que Bing tomó de objetos y en los encuadres que realizó al captar sillas, calles o espacios públicos, que transmiten una sensación de extrañeza, casi de enajenación.
Con respecto a la Bauhaus, hay que señalar que tanto las teorías de El Lissitzky como las de la Nueva Visión de Moholy-Nagy, que promovían la unión de la arquitectura y la fotografía, así como la independencia del medio respecto de la pintura, tuvieron gran repercusión en la autora. Las posibilidades de la Nueva Visión eran infinitas e Ilse Bing las aprovechó aplicando algunas de ellas a su trabajo: abstracción, primeros planos, picados, contrapicados, fotomontajes o sobreimpresiones, tal y como se puede contemplar a lo largo del recorrido de la muestra. Ilse Bing formó parte de una generación de fotógrafas que logró una visibilidad hasta entonces insólita. Por aquella época lo natural no era que las mujeres fueran artistas, y por lo general este campo estaba ocupado exclusivamente por hombres, que miraban con desdén, incluso con animadversión, la presencia de las mujeres en el ámbito social y cultural. Para Bing, como para muchas de sus contemporáneas —Germaine Krull, Florence Henri, Laure Albin-Guillot, Madame d’Ora, Berenice Abbott, Nora Dumas o Gisèle Freund—, la cámara se convirtió en una herramienta esencial de autodeterminación y en un modo de confirmar su propia identidad.
La artista nació en Fráncfort el 23 de marzo de 1899 en el seno de una familia judía de clase media. Con catorce años tomó sus primeras fotografías. Autodidacta en el medio, se dio cuenta de su vocación cuando comenzó a fotografiar con el fin de ilustrar su tesis. Estudió Matemáticas y Física antes de decantarse por la Historia del Arte. Finalmente, en 1929, abandonó la universidad y, armada con la que a partir de ese momento será su inseparable Leica, se dedicó a la fotografía durante los siguientes treinta años. En París continuó su dedicación al fotoperiodismo al tiempo que desarrollaba un trabajo más personal, convirtiéndose en una de las principales representantes de la fotografía francesa moderna. En 1941, ante el avance del nacionalsocialismo, Bing se exilió en Nueva York junto a su marido, el pianista Konrad Wolff. Dos décadas más tarde, a la edad de sesenta años, abandonó su trabajo como fotógrafa y dirigió su creatividad a la elaboración de collages, de obras abstractas, de dibujos y también a la escritura de poemas. Ilse Bing falleció en Nueva York en 1998.
En el mismo espacio, además de la exposición de Ilse Bing, también hay una sobre la colaboración de Picasso con Julio González, nombre que hasta hoy ni Fari ni yo conocíamos. Se enmarca en la celebración del año de Picasso, y, aunque en principio no era nuestro objetivo, decidimos que, ya que estamos aquí, vamos a entrar a verla.
Julio Gonzalez, además de ser amigo de Picasso, era un escultor en hierro bastante conocido, según parece. En 1928, Pablo Picasso, que carecía entonces de experiencia en el trabajo del hierro, le pidió ayuda para afrontar el encargo de un monumento funerario al poeta Guillaume Apollinaire.
En el transcurso de cuatro años abordaron la creación de un proyecto de escultura desmaterializada, cuya inspiración obtuvo Picasso de un pasaje de la novela de Apollinaire El poeta asesinado. La exposición muestra obras de ambos, el resultado de la colaboración en esta escultura, y algunos cuadros de Picasso de esa época, incluyendo algunos inspirados por su amigo y otros realizados tras la muerte de éste, en 1942.
He de decir que la muestra nos encanta. No esperábamos encontrarnos con algo así, lo que añade el placer de lo inesperado a la exposición en sí.
Cogido del folleto:
En el período comprendido entre 1928 y 1932, Julio González y Pablo Picasso colaboraron en el proyecto artístico que tenía como fin realizar un monumento funerario dedicado a Guillaume Apollinaire, fallecido en 1918; Picasso había recibido el encargo de una comisión formada, entre otros, por la viuda del poeta, Jacqueline Apollinaire, y los escritores André Billy y André Salmon. Este trabajo conjunto, que Picasso no abordó hasta pasados casi diez años desde la muerte de su amigo y que no llegó a materializarse en los términos previstos, se ha estudiado tradicionalmente como el origen de un nuevo tipo de expresión escultórica: la escultura en hierro. El nuevo modo de trabajar el metal iba a jugar un destacado papel en la producción artística de las décadas centrales del siglo XX y sería considerado el equivalente escultórico del expresionismo abstracto y del informalismo; es decir, equivaldría al nacimiento de la escultura abstracta. La segunda premisa desde la que se suele tratar este tema implica encerrar la indagación dentro de los límites del pequeño conjunto de obras producidas en colaboración por los dos artistas —once esculturas, siete de ellas bocetos de pequeño tamaño—, realizadas en el transcurso de unas quince o veinte sesiones de trabajo a lo largo de cuatro años. La exposición Julio González, Pablo Picasso y la desmaterialización de la escultura que presenta Fundación Mapfre pone de manifiesto que la cuestión es bastante más compleja; su planteamiento permite un mejor entendimiento de la relación entre ambos creadores y aborda problemas fundamentales para la comprensión de la escultura moderna.
La historiografía tradicional del arte ha considerado esta colaboración entre ambos artistas como el momento en el que se produce la «invención» de la escultura abstracta en hierro. La tendencia hacia la desmaterialización de la escultura y el nacimiento de la escultura en hierro fue, sin embargo, un largo proceso que se inició con la práctica escultórica cubista y que implicó en mayor o menor medida a distintos artistas en el París de los años veinte y treinta.
Las trayectorias creativas de Picasso y González fueron bastante diferentes, aunque culturalmente próximas. Amigos desde muy jóvenes, ambos vivieron en la Barcelona modernista de principios del siglo XX, trabajaron en París durante las tres primeras décadas y mantuvieron un vínculo que solo rompería la muerte de González en 1942. Su colaboración artística se estudia en esta exposición teniendo en cuenta esa formación e inquietudes comunes, así como el impacto que dejó en sus respectivas obras. En el caso de González, este trabajo conjunto dio lugar a una serie de esculturas desmaterializadas, a una línea creativa que «le permite potenciar la fantasía y la imaginación como claves de su poética personal» —en palabras de Tomás Llorens—; en el de Picasso, supuso el aprendizaje de las posibilidades del trabajo de forja y de la soldadura en hierro, así como la realización de algunas de las esculturas más relevantes del pasado siglo, como Mujer en el jardín.
Julio González, Pablo Picasso y la desmaterialización de la escultura es el último gran proyecto de Tomás Llorens, uno de los más lúcidos y emblemáticos historiadores del arte de nuestro país, fallecido en junio de 2021. Comisariada junto a su hijo Boye Llorens, esta muestra culmina una línea de investigación a la que el historiador dedicó una parte central de su trabajo durante buena parte de su trayectoria.Etiquetas: Actividades culturales varias

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