Mala educación
Ayer fui a la Expo a ver el ballet "El Trovador". Básicamente una compañía de danza coreografiaba la ópera homónima de G. Verdi, y me apetecía verla. Llegué con viente minutos de tiempo, y me reuní con I., con la que había quedado. Se notaba que era danza porque, comparado con otras ocasiones, el anfiteatro estaba medio vacío.
Desde el comienzo, vimos que se trataba de una interpretación bastante moderna de "El trovador", incluyendo fragmentos donde la 'música' sonaba exactamente igual que el ruido de un televisor mal sintonizado. En diez minutos, la cosa solamente había mejorado un poco, y viendo como estaba el tema, decidimos darle diez minutos más antes de irnos.
Algo mejoró, incluyendo la música. Las notas de la ópera eran el fondo de una historia que más o menos se podía seguir. En cualquier caso, y como la coreografía no nos gustaba, decidimos marcharnos. Hoy teníamos que madrugar y tan solo estábamos disfrutando con la música, que, eso si, es maravillosa. Estaba grabada, así que siempre podríamos ponernos un CD en casa para disfrutarla a una hora más normal. Además, yo al menos estaba destrozada. Toda la tarde caminando con tacones me había dejado para el arrastre.
Entre unas cosas y otras, I. y yo salíamos de la Expo a medianoche, dispuestas a coger el autobús. Completamente agotada, me puse en la fila del 23, esperando que llegara pronto. ¡¡En qué mala hora no cogí el Ex8!! Además de tener mayor frecuencia me hubiera ahorrado la situación surrealista en la que me vi después.
Un extranjero decidió preguntarme si ese era el autobús a las murallas, y le respondí en inglés, lo cual agradeció mucho. Ahí acaba la cosa, pensé yo, y me puse en mi lugar de la fila, delante de una pareja madura, la cual -especialmente la mujer- tenía ganas de hablar. No se que me preguntó, la verdad, pero al responder, me comentó que hablaba muy bien español, preguntándome de donde era. De aquí, respondí, sin saber donde me metía. ¿Quién me mandará ser agradable con el personal?
Me halagó diciendo que hablaba muy bien inglés y que parecía extranjera. Yo le dije que había vivido fuera, sin darme cuenta de que eso daba pie a una conversación. Y que donde había vivido, y que qué había estudiado, que dos de sus hijas habían estudiado lo mismo, y que una estaba en
China, con la Balay y la otra en Samca. Que en qué colegio, ¡qué casualidad! ¡el mismo que sus hijas! ¿Y no las he conocido? ¿Y cuantos años tienes? ¡Pues con esos años tienes que haber conocido a las Marzo! Son tres y la mayor tiene 31. ¿Y como te llamas?¿Y no tienes hermanas?
¿Así, con pinta de extranjera, como tú? Pues le preguntaré porque a tu hermana al menos la conocerán...
Prometo que yo no respondía más que con lo justo, pero la verborrea de la mujer no tenía fin. El marido debía de estar acostumbrado, porque de vez intentaba apoyar mis tesis de que, del colegio, me acuerdo lo justo. Y de las compañeras de años inferiores, menos.
Y la señora seguía, y seguía. Yo intentando cambiar de tema, hablando de la expo, del tiempo y de que se yo, pero esta señora era incansable. Un híbrido entre la L., y mi tía. Una cotilla temible e implacable que no soltaba a su presa una vez que la había acorralado. Horror. Que donde
trabajaba -lo preguntó tres veces porque yo me escaqueé dos-, que allí trabajaba el hijo de una amiga, jovencito, que qué tal pagaban -a lo cual dije que mal como en todos sitios, pero en plan de broma-, que donde vivía para ir al colegio, que ellos vivían en Leon XIII, que si ahora donde, que su hija también se había emancipado -con esa madre, lo extraño es que hubiera tardado tanto; yo me hubiera emancipado a los 16-, y lo peor, que cuanto ganaba. Ahí me planté y le dije que no se lo decía. Y ella, que si se lo decía me decía cuanto ganaba su hija. Que no, señora, que hasta ahí.
En ese momento vi que estaba cerca de mi parada y conseguí escaparme, no sin soltar un suspiro de alivio. Pensaba también en las pobre hijas de esta mujer, de las que su madre contaba todo. Si me enterase que mi madre hacía lo mismo, dejaría de hablar con ella de cosas que no fueran el tiempo durante una buena temporada.
Para acabar la nochecita, al llegar a casa, vi como el ocupante del ascensor salía con un cigarrillo encendido. Le recriminé (¿que parte de "prohibido fumar" no entienden?) y me dijo que no se había dado cuenta. ¡Y una mierda! ¡Esto si que era falta de educación!
Etiquetas: Expo Zaragoza 2008

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