Llegará, llegará...la tormenta llegará...
Ayer, a eso de las ocho de la tarde, el cielo tenía un bonito -y premonitorio- color rojo tierra. Yo estaba en la Expo, donde había ido con M.P. para tomar algo y ver algunos de los pabellones que nos faltaban. Habíamos quedado a las seis y media, pero yo llegué tarde: la frecuencia del autobús estaba descontrolada por los cortes de calles debido a la vuelta a España y no me quedó otro remedio que ir andando.
No solo llegué tarde sino agotada; el calor se pegaba anunciando ya la tormenta que iba a caer un poco más tarde, y los tacones -no había pensado en caminar tanto- no eran el calzado más adecuado para grandes caminatas.
Cuando finalmente nos vimos, estaba deshidratada, pero nada que no tuviera una solución rápida. Una cervecita (yo) y un helado (ella), y ya estábamos listas para ponernos en las filas. Comenzamos por Suiza, un pabellón en el que ninguna habíamos estado todavía. Tras diez minutos de fila y una breve explicación a la entrada del pabellón, entramos a una sala en la que una tela colgada en el techo servía de telón para una proyección que, en teoría, hacía que el visitante se sintiera en el fondo de un lago. Pues más bien no.
Además, esta tela servía para refrigerar el pabellón utilizando un sistema de bajo coste, a base de agua y del aprovechamiento de la porosidad de la misma tela. No se estaba mal, pero confieso que lo mejor era el ambiente, relajado y relajante, que inspiraba la proyección del agua sobre nuestras cabezas.
Para terminar, el pabellón tenía un bar con pantallas en la pared cuyo interruptor de encendido eran cadenas de retrete...El producto estrella del bar, por cierto, era el chocolate. Líquido o en forma de pastel, y con menos gente que en el de Bélgica, era el sitio perfecto para calentarse o hacer una pausa. Me habían dicho que había allí una fuente de chocolate, pero no vi ni rastro de ella.
Después de Suiza, con el cielo poniéndose más y más rojo, entramos en Grecia, que yo ya había visto el sábado con M. y mis amigos de Madrid, y en Holanda, que emitía una proyección sobre el país en una pantalla curvada que se extendía por el suelo y la pared.
Como el cielo ya no dejaba ningún lugar para la esperanza, y empezaba a levantarse aire, empezamos a dirigirnos hacia la salida, no sin antes pasar por el pabellón de Andalucía. Nos caía de paso, era el único que le faltaba a Marta y yo aún no lo había visto, así que era perfecto.
Bueno, perfecto hasta que vimos la fila que estaba esperando. ¿Darán algo? Viendo el panorama, decidimos pasar por Valencia a ver si tenían gafas (pues no, se les habían acabado, como siempre que lo había intentado) y dirigirnos a la salida.
Justo a tiempo, porque empezaban a caer gotas y el aire cada vez olía más a tormenta. Cogí el autobús pensando en la tormenta inminente, pero tuve suerte: ya solamente me faltaban 500 metros para llegar a casa cuando las gotas empezaron a caer.
Y cuando ya estaba en casa, fue cuando definitivamente llegó. ¡Y con ganas! ¡Qué tormentón!
Etiquetas: Expo Zaragoza 2008

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