Donde Europa pierde su nombre
No había solución, así que por lo menos aproveché para quedar a cenar con Azu y el Abuelo la víspera. Ya que tenía que dormir en Madrid, por lo menos podía ver a mis amigos. Como ya conté, la cena fue agradable, pero la resaca del dia siguiente, después de una noche de vino y copas, fue monumental. ¡Qué horror! Siempre había pensado que no había nada peor que coger un avión con fiebre, pero ahora ya dudo si cogerlo con resaca no lo supera. ¡Terrible!
Dormir solamente dos horas no ayudó nada a la recuperación, así que tuve que suplicar un café en una de las salas VIP del aeropuerto. No había ninguna cafetería abierta y me veía incapaz de sobrevivir al viaje que me esperaba sin un buen chute de café y paracetamol. Gracias a Dios, la
chica de la recepción era comprensiva y conseguí un expreso doble que me arregló hasta Amsterdam, mi siguiente escala. Entre cabezadas, esperas, cafés y chutes de aspirina conseguí llegar a Tallin, capital de Estonia, pero aún quedaba la parte divertida: dos horas de autobús hasta Tartu.
No hay avión ni tren para conectar las dos ciudades, y eso que son las dos mayores del país. La única solución era el coche o el autobús. Al menos, la frecuencia de autobuses es bastante elevada, así que en teoría no tendría que esperar demasiado para coger uno. Mi preocupación sobre la forma de llegar al hotel desde la estación se disipó cuando vi que la parada de autobuses estaba justo delante. ¡Perfecto! Hacía un tiempo helador y yo llevaba un cuerpo bastante estropeado por mis actividades de la víspera, así que confieso que por uno momento estuve tentada de quedarme a dormir un rato.
Resistí la tentación y me abrigué como pude para salir a dar una vuelta. Idiota de mi, me había dado pereza coger un abrigo (todavía no he cambiado la ropa de temporada) y llevaba una gabardina finita que no es que tapara demasiado. ¡Qué frío! ¡No aprenderé en la vida! El aire olía
a nieve mientras me arrebujaba en mi gabardina de flores. 5 grados de temperatura, un cielo gris y las calles llenas de gente volviendo a casa antes de las seis de la tarde...La sensación me era conocida.
El ambiente, las casas, las calles. Todo me recordaba a Finlandia. Incluso tenían los mismos kioskos de comida rápida e indescifrable (no sabes lo que comes por mucho que te esfuerces), con el mismo olor a fritanga extendido por todo el centro. También ayudaba la temperatura y los rótulos en estonio, uno de esos dos idiomas que, vaya usted a saber por qué, tiene raices comunes con el finlandés -el otro es el húngaro, por cierto-.
Pese al ataque de nostalgia, el frío pelón era más fuerte y acabé rápido el paseo para meterme en un centro comercial que estaba cerca del hotel. Después de comprarme dos libros -vicio que no consigo quitarme- y de caer en la tentación de cenar comida basura, finalmente pude caer rendida en la cama y coger fuerzas para el dia siguiente.
La reunión no fue mal, y por la noche Finlandia volvió a asaltar mis sentidos cuando lei en la carta la posibilidad de comer carne de reno. ¡Cuánto tiempo! Al día siguiente -ayer- dormía en Tallin , desde donde cogería un vuelo a Madrid esta misma mañana. Llegué a media tarde, y, como también se quedaban otros dos compañeros, aprovechamos para dar una vuelta por la ciudad antes de que se hiciera de noche. Hace ya diez años que había estado en Tallin por primera vez; también en invierno, para variar; y las cosas habían cambiado muchísimo.
Recuerdaba de entonces una ciudad bonita pero pobre, donde la pobreza se podía ver en cada rincón y ayer encontré una ciudad limpia, bonita y con la bandera de la Comunidad Europea por todos los sitios. Han debido de invertir muchísimo dinero, y si, se luce. Supongo que, como en España, todo tendrá sus contrapartidas (en forma de inflación galopante), pero se nota la mejora a simple vista.
La cena fue deliciosa, y esta mañana, a eso de las cuatro, ya estaba despierta para poder coger el avión a las 6. Al menos, he podido comer en casa, aunque sea con ojeras.
Etiquetas: Recorriendo mundo

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