Dia a dia

Cuaderno de campo de un paseo por mi vida, día a día.

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Lugar: Zaragoza, Spain

martes, mayo 06, 2008

Por qué no cojo el autobús para ir a trabajar

Si, si, vale. Hay que tener conciencia ecológica, no derrochar recursos, compartir el transporte cuando se pueda, etc, etc.... De vez en cuando leemos noticias -a veces un pelín alarmistas o al menos teñidas de un tinte sensacionalista- que nos hacen reflexionar y pensar en la posibilidad de dejar algunos de nuestros hábitos por otros un poco más...¿como lo diría? respetuosos con el medio ambiente.

Y entonces llega un dia como hoy, en el que me tengo que ir de viaje desde el trabajo. ¿Cojo un taxi para llegar? No, me digo, voy a coger el autobús.

En la parada, a la que me cuesta llegar diez minutos, el autobús acaba de cerrar las puertas. Por supuesto no me abre al verme, ni mucho menos al golpear la puerta para llamar su atención. ¡¡Faltaría más!!Inciso: es extraño que algún conductor abra en esas circunstancias. Debe de haber alguna norma en el manual de conductor de Tuzsa que les prohiba abrir cuando la puerta está cerrada, porque si no, no se entiende a veces...

Hora punta, y cada vez más gente en la parada. Pasan cinco minutos, y no hacen más que pasar autobuses con otros números. El tipo de al lado, perteneciente al rebaño de los "respetuosos fumadores", comienza a fumar debajo de la marquesina, haciendo que los otros tres que estábamos sentados nos larguemos antes de ahumarnos. Sonríe, y se pone cómodo, expandiéndose: misión cumplida. Diez minutos más, y aquí no pasa ningún veintitrés. Aún tardará diez minutos más, y llega lleno, así que hay que apretarse para subir. Después me daré cuenta de que he hecho mal, porque justo detrás de este, venía otro veintitrés pegadito. Y vacío, claro.

Bueeeeeno, al final lo he conseguido: mi maleta, mi cartera y yo estamos en un hueco cerca de la puerta. Si todo va bien, en menos de cuarenta y cinco minutos estaré en el trabajo. Y de confesar que si, que en este tiempo hemos llegado al final de la línea, pero no sin acordarme de la familia (o del rebaño, que no me ha quedado muy claro) del conductor. Si alguna vez había tenido algún género de duda, hoy se me ha disipado totalmente: para ser conductor de autobus en esta ciudad el requisito mínimo es haber sido conductor de ganado. Cuarenta y cinco minutos de acelerón-frenazo-acelerón me lo han confirmado.

Tanto meneo, y tanto equilibrio precario -no hay que olvidar que tenía que mantener la maleta, la cartera y el bolso agarrados-, además del hecho de llegar quince minutos tarde a la oficina, me han hecho recordar por qué cojo el coche para ir a trabajar.

Y es que no hay que confundir: el ecologismo puede estar bien, pero cuando implica darle al masoquismo, la cosa cambia.

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