Buscando trampantojos en Montpellier
Esta semana he hecho un viaje relámpago a Montpellier. Digo viaje relámpago, pero desde Zaragoza eso es tanto como ir allí el jueves y volver el sábado.
Había una presentación el viernes a la que tenía que asistir, y la verdad es que fue útil. Al saber francés, me ahorré los dislates de la traductora simultánea, que, según me contaron, era un adelanto de las torturas infernales.
Lo mejor de todo fue que tuve prácticamente toda la tarde del viernes para mí, para visitar la ciudad. Y merece la pena, de verdad.
Una ciudad bonita, muy francesa, y con muchísima vida por las calles.
Si hay algo que aprendí desde el primer dia en que puse el pie fuera de España es que no hay que creer a los que dicen que en ningún otro país se vive igual o mejor que aquí. Mentira, especialmente cuando hablamos de paises mediterráneos.
Quizá los horarios sean diferentes, quizá cambien otras cosas, pero la gente si que sabe disfrutar. Para colmo, la situación laboral en todos los sentidos en bastante mejor que la nuestra, pero en eso no me voy a meter.
Por si me hubiera quedado algún resquicio de duda, Montpellier me reconfirmó la lección: las calles llenas, terrazas al aire libre donde no quedaba ni un sitio libre, un solecito primaveral delicioso...
La guinda del pastel la pusieron los trampantojos. En el mapa que me habían dado en la oficina de turismo, aparecían señalados cinco de ellos, que supusimos especialmente interesantes. Ya anochecía y, antes de ir a cenar, nos planteamos acercarnos a ver los dos más cercanos.
No nos decepcionaron: sencillamente impresionantes (aquí pongo la única foto que tengo, porque, idiota de mi, no me llevé la cámara).

Había una presentación el viernes a la que tenía que asistir, y la verdad es que fue útil. Al saber francés, me ahorré los dislates de la traductora simultánea, que, según me contaron, era un adelanto de las torturas infernales.
Lo mejor de todo fue que tuve prácticamente toda la tarde del viernes para mí, para visitar la ciudad. Y merece la pena, de verdad.
Una ciudad bonita, muy francesa, y con muchísima vida por las calles.
Si hay algo que aprendí desde el primer dia en que puse el pie fuera de España es que no hay que creer a los que dicen que en ningún otro país se vive igual o mejor que aquí. Mentira, especialmente cuando hablamos de paises mediterráneos.
Quizá los horarios sean diferentes, quizá cambien otras cosas, pero la gente si que sabe disfrutar. Para colmo, la situación laboral en todos los sentidos en bastante mejor que la nuestra, pero en eso no me voy a meter.
Por si me hubiera quedado algún resquicio de duda, Montpellier me reconfirmó la lección: las calles llenas, terrazas al aire libre donde no quedaba ni un sitio libre, un solecito primaveral delicioso...
La guinda del pastel la pusieron los trampantojos. En el mapa que me habían dado en la oficina de turismo, aparecían señalados cinco de ellos, que supusimos especialmente interesantes. Ya anochecía y, antes de ir a cenar, nos planteamos acercarnos a ver los dos más cercanos.
No nos decepcionaron: sencillamente impresionantes (aquí pongo la única foto que tengo, porque, idiota de mi, no me llevé la cámara).

Este verano C. y yo nos planteamos irnos de viaje por el sur de Francia, así que volveré a hacer las fotos que no he hecho en este viaje. Estoy segura de que a C. y a quien venga Montpellier le gustará tanto como a mi.
Etiquetas: Recorriendo mundo

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