Estocolmo
Ayer volví de Estocolmo, una ciudad preciosa y elegante donde no había estado desde hace casi diez años.
La primera vez fue cuando estaba de Erasmus en Finlandia. Cogimos el barco en Helsinki para pasar un dia en Estocolmo antes de volver por la noche. No fue demasiado tiempo, pero suficiente para ver la parte vieja de la ciudad y algún museo. Recuerdo que era marzo, hacía frio y los ratos de sol se alternaban con la nieve. También me acuerdo del pastel con canela que acompañaba al café para ayudarnos a entrar en calor.
Diez años.
Y parece que fue el mes pasado.
Esta vez he ido a una reunión de un proyecto que coincidía con una conferencia internacional organizada por la comisión europea. Llegué el domingo por la noche, y apenas me dio tiempo a darme cuenta de que no había diferencia horaria con respecto a España (cuando pregunté la hora en la recepción del hotel casi no se lo creían).
La reunión comenzaba el lunes a mediodia, así que la mañana era toda mía. Aunque la habitación era una caja de cerillas con una decoración espartana -no tenía ni armario-, el hotel disponía de sauna y spa, el cual pude disfrutar después del desayuno.
También pude darme una vuelta por la ciudad vieja, paseando por las calles adoquinadas. Me encantó; me gustó, si cabe, todavía más que la primera vez. Hacía frio pero el sol salía de vez en cuando para recordar a todos que estaba allí. Para terminar la postal, las calles estaban casi desiertas, y solamente un puñado de turistas paseaba por allí, como yo, cámara en ristre.
Bueno, como yo no: idiota de mi, me había dejado la cámara de fotos en España. ¡¡Lástima de fotos bonitas!!
Por la noche, después de la reunión, me fui con los italianos a cenar a un club de jazz donde había música en directo. La comida era más bien normal, y cara, debo añadir. Pero la música era genial y no es una cosa que haga muy a menudo. Mereció la pena, la verdad.
Además, y debo de confesar que no me di cuenta hasta el final de la cena...¡¡no había humo!! Nadie fumaba y pude volver al hotel sin apestar a cancer de pulmón. ¡¡Olé por los suecos!!
Al dia siguiente conseguí sacar un rato para la sauna antes de la reunión, y, después de un montón de charlas recurrentes e imágenes de cara a la galería -los políticos siempre iguales-, nos invitaron a cenar en el ayuntamiento de Estocolmo, al lado de la sala donde entregan los premios Nobel.
Fue una noche especial, a pesar del bla bla bla y del toque surrealista que dio una última charla antes de la cena.
También fue una noche reveladora. P., un chico superinteresante del que podría enamorame facilmente, abrió su corazón contando cosas que quizá no quería desvelar. Quizá sea más fácil contar este tipo de cosas a desconocidos, o quizá esa noche estaba especialmente vulnerable. No lo sé, pero la revelación hizo que esa noche fuera diferente.
Eso, y el hecho de que me gusta muchísimo aunque esté fuera de mi alcance. ¡Mierda! Volvemos siempre a lo mismo: me atraen los frutos prohibidos como las miel a las moscas.
O quizá sea que los chicos interesantes siempre están ya cogidos....
En fin, ¿¡qué se le va a hacer!?
Antes de irnos a dormir, P. me regaló un libro escrito por una amiga suya. Me lo dedicó porque se lo pedí, y al dármelo me confeso que si había hablado de más.
Me fui a la cama con un sabor agridulce que aún no me ha dejado.
A la mañana siguiente me escapé para ver el museo Vasa, donde se muestra un barco del siglo XVII rescatado del fondo de la bahía. Lo sacaron prácticamente intacto, y, tras restaurarlo y conservarlo, construyeron un edificio alrededor donde se puede ver todo tipo de elementos relacionados con el barco en cuestión: desde el marco histórico hasta el sistema de conservación, pasando por los esqueletos de los tripulantes que han encontrado.
Parece ser que se hundió nada más salir a la bahía por un problema de cálculo: poco lastre para el peso de todo el equipamiento y carga mal estibada. Según contaban, si hubieran puesto más lastre los cañones hubieran estado casi en la línea de flotación, así que, para que todo saliera bien, el barco tenía que haber sido más ancho y más profundo. ¡¡Casi nada!!
De hecho, hubiera estado bien que también hubieran mostrado la rechifla de los polacos -con los que Suecia estaba en guerra- cuando supieron que el barco que enviaban contra ellos se había hundido sin haber salido de la capital.
Mi padre me había recomendado que fuera, y la verdad que es que había merecido la pena. Aún me dio tiempo de volver a comer con P. antes de coger las maletas y escaparme al aeropuerto.
Hoy, como es normal, estoy agotada y solo pienso en tirarme en el sofá. En cualquier caso, ha merecido la pena.
La primera vez fue cuando estaba de Erasmus en Finlandia. Cogimos el barco en Helsinki para pasar un dia en Estocolmo antes de volver por la noche. No fue demasiado tiempo, pero suficiente para ver la parte vieja de la ciudad y algún museo. Recuerdo que era marzo, hacía frio y los ratos de sol se alternaban con la nieve. También me acuerdo del pastel con canela que acompañaba al café para ayudarnos a entrar en calor.
Diez años.
Y parece que fue el mes pasado.
Esta vez he ido a una reunión de un proyecto que coincidía con una conferencia internacional organizada por la comisión europea. Llegué el domingo por la noche, y apenas me dio tiempo a darme cuenta de que no había diferencia horaria con respecto a España (cuando pregunté la hora en la recepción del hotel casi no se lo creían).
La reunión comenzaba el lunes a mediodia, así que la mañana era toda mía. Aunque la habitación era una caja de cerillas con una decoración espartana -no tenía ni armario-, el hotel disponía de sauna y spa, el cual pude disfrutar después del desayuno.
También pude darme una vuelta por la ciudad vieja, paseando por las calles adoquinadas. Me encantó; me gustó, si cabe, todavía más que la primera vez. Hacía frio pero el sol salía de vez en cuando para recordar a todos que estaba allí. Para terminar la postal, las calles estaban casi desiertas, y solamente un puñado de turistas paseaba por allí, como yo, cámara en ristre.
Bueno, como yo no: idiota de mi, me había dejado la cámara de fotos en España. ¡¡Lástima de fotos bonitas!!
Por la noche, después de la reunión, me fui con los italianos a cenar a un club de jazz donde había música en directo. La comida era más bien normal, y cara, debo añadir. Pero la música era genial y no es una cosa que haga muy a menudo. Mereció la pena, la verdad.
Además, y debo de confesar que no me di cuenta hasta el final de la cena...¡¡no había humo!! Nadie fumaba y pude volver al hotel sin apestar a cancer de pulmón. ¡¡Olé por los suecos!!
Al dia siguiente conseguí sacar un rato para la sauna antes de la reunión, y, después de un montón de charlas recurrentes e imágenes de cara a la galería -los políticos siempre iguales-, nos invitaron a cenar en el ayuntamiento de Estocolmo, al lado de la sala donde entregan los premios Nobel.
Fue una noche especial, a pesar del bla bla bla y del toque surrealista que dio una última charla antes de la cena.
También fue una noche reveladora. P., un chico superinteresante del que podría enamorame facilmente, abrió su corazón contando cosas que quizá no quería desvelar. Quizá sea más fácil contar este tipo de cosas a desconocidos, o quizá esa noche estaba especialmente vulnerable. No lo sé, pero la revelación hizo que esa noche fuera diferente.
Eso, y el hecho de que me gusta muchísimo aunque esté fuera de mi alcance. ¡Mierda! Volvemos siempre a lo mismo: me atraen los frutos prohibidos como las miel a las moscas.
O quizá sea que los chicos interesantes siempre están ya cogidos....
En fin, ¿¡qué se le va a hacer!?
Antes de irnos a dormir, P. me regaló un libro escrito por una amiga suya. Me lo dedicó porque se lo pedí, y al dármelo me confeso que si había hablado de más.
Me fui a la cama con un sabor agridulce que aún no me ha dejado.
A la mañana siguiente me escapé para ver el museo Vasa, donde se muestra un barco del siglo XVII rescatado del fondo de la bahía. Lo sacaron prácticamente intacto, y, tras restaurarlo y conservarlo, construyeron un edificio alrededor donde se puede ver todo tipo de elementos relacionados con el barco en cuestión: desde el marco histórico hasta el sistema de conservación, pasando por los esqueletos de los tripulantes que han encontrado.
Parece ser que se hundió nada más salir a la bahía por un problema de cálculo: poco lastre para el peso de todo el equipamiento y carga mal estibada. Según contaban, si hubieran puesto más lastre los cañones hubieran estado casi en la línea de flotación, así que, para que todo saliera bien, el barco tenía que haber sido más ancho y más profundo. ¡¡Casi nada!!
De hecho, hubiera estado bien que también hubieran mostrado la rechifla de los polacos -con los que Suecia estaba en guerra- cuando supieron que el barco que enviaban contra ellos se había hundido sin haber salido de la capital.
Mi padre me había recomendado que fuera, y la verdad que es que había merecido la pena. Aún me dio tiempo de volver a comer con P. antes de coger las maletas y escaparme al aeropuerto.
Hoy, como es normal, estoy agotada y solo pienso en tirarme en el sofá. En cualquier caso, ha merecido la pena.
Etiquetas: Recorriendo mundo, Trabajo

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