Puente de relax
Este puente no he hecho nada de provecho.
Nada de nada, exactamente.
Tenía que ordenar la ropa, limpiar zapatos, organizar las fotos de Argentina (de las que estoy argullosa, por cierto), estudiar alemán...
Pero me he dedicado a ver la tele, y a remolonear en el sofá mientras leía revistas y periodicos atrasados. Esa es una vieja costumbre que no he conseguido -ni he querido- desterrar.
Quizá lo más interesante fue una cena que tuve el martes. Íbamos a ser tres amigas, pero vino el novio -él jamás dirá que lo es- de una de ellas. Debía de haberle engañado para venir porque llevaba un cabreo monumental y no se molestó en ser agradable ni por un momento.
Fue una cena desagrable donde las haya, y la copa de después -a la que hice amago de renunciar- tampoco mejoró la situación.
Ya no es que sea un garrulo y un gañán, ni que intente demostrar que está encima del mundo. Ni que nos trató, incluyendo a su pareja en el 'nos', de una manera incalificable. No hay cabreo que justifique ciertos comportamientos. Al menos eso creo.
Lo que realmente me alucinó es que la humillaba, y ella simplemente estaba feliz. Fue una nueva demostración de que cuando las mujeres nos enamoramos, estamos ciegas a lo evidente. Entre otras cosas nos llamó raras, viejas y unas cuantas lindezas más, vanagloriándose de meterse con ella; ella sonreía y lo justificaba.
Yo no lo conocía más que de oidas, a través de los ojos de mi amiga. Y la persona a la que conocí el martes no era la misma de la que me hablaba, seguro.
¿dónde está ese chico tan majo y agradable? Allí no, doy fé.
También puedo dar fé de que el sentimiento fue mutuo. Le debo caer como una patada en salva sea la parte, lo que me ayudará en el trabajo de evitarlo.
Ayer recibí un mensaje preguntando qué tal me lo había pasado en la cena, junto con algún comentario tipo "¡qué bien que os hayais conocido!". No queda duda: está enamorada hasta los huesos.
Y yo no contesté.
Nada de nada, exactamente.
Tenía que ordenar la ropa, limpiar zapatos, organizar las fotos de Argentina (de las que estoy argullosa, por cierto), estudiar alemán...
Pero me he dedicado a ver la tele, y a remolonear en el sofá mientras leía revistas y periodicos atrasados. Esa es una vieja costumbre que no he conseguido -ni he querido- desterrar.
Quizá lo más interesante fue una cena que tuve el martes. Íbamos a ser tres amigas, pero vino el novio -él jamás dirá que lo es- de una de ellas. Debía de haberle engañado para venir porque llevaba un cabreo monumental y no se molestó en ser agradable ni por un momento.
Fue una cena desagrable donde las haya, y la copa de después -a la que hice amago de renunciar- tampoco mejoró la situación.
Ya no es que sea un garrulo y un gañán, ni que intente demostrar que está encima del mundo. Ni que nos trató, incluyendo a su pareja en el 'nos', de una manera incalificable. No hay cabreo que justifique ciertos comportamientos. Al menos eso creo.
Lo que realmente me alucinó es que la humillaba, y ella simplemente estaba feliz. Fue una nueva demostración de que cuando las mujeres nos enamoramos, estamos ciegas a lo evidente. Entre otras cosas nos llamó raras, viejas y unas cuantas lindezas más, vanagloriándose de meterse con ella; ella sonreía y lo justificaba.
Yo no lo conocía más que de oidas, a través de los ojos de mi amiga. Y la persona a la que conocí el martes no era la misma de la que me hablaba, seguro.
¿dónde está ese chico tan majo y agradable? Allí no, doy fé.
También puedo dar fé de que el sentimiento fue mutuo. Le debo caer como una patada en salva sea la parte, lo que me ayudará en el trabajo de evitarlo.
Ayer recibí un mensaje preguntando qué tal me lo había pasado en la cena, junto con algún comentario tipo "¡qué bien que os hayais conocido!". No queda duda: está enamorada hasta los huesos.
Y yo no contesté.
Etiquetas: Aquelarre

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