Zapatos rotos y teatro de aficionados
Hoy Vega actuaba en la función de fin de curso (hace teatro desde hace unos años), y, como todos los años, lo ha anunciado a bombo y platillo. Esta vez lo han puesto un viernes por la noche, a las nueve, para ser concretos, pero sabemos que a ella le gusta que vayamos, así que me he planteado una tarde de baile, teatro y lo que surja. Entre baile y teatro, incluso he quedado con Tere para que venga a buscarme a baile y vayamos pronto al teatro para comprar las entradas y tomar una cerveza.
Pero, ¡ay! El hombre propone y Dios dispone.
Como de costumbre, he salido a las 6 y cuarto de casa, esperando coger el tranvía hacia las seis y media para llegar con tiempo a salsa. En la parada indicaban que faltaban 2 minutos para que llegase, pero en breve se ha quitado la notificación para anunciar “pequeñas demoras”. Mientras esperaba, confiando en que las demoras fueran realmente “pequeñas”, me he encontrado con Cristina, que volvía de comer en el centro y se dirigía a Goya a coger el tren.
Una señora ha comentado, tras mirar al móvil, que el tranvía estaba cortado por una manifestación (tendríamos que haberlo pensado, porque se oía ruido de fondo en la Plaza Aragón y había coches de policía parados por esa zona). ¡Ya podían anunciar eso en vez de las “demoras”! En fin, el transporte público en esta ciudad no tiene remedio.
Visto lo visto, Cristina y yo nos hemos puesto en marcha hacia la parada de Gran Vía, donde sí había tranvía. Ella pensaba seguir andando hasta Goya, y la verdad es que, a esas alturas, era lo mejor. Yo tenía un tramo larguísimo, así que para mí lo de caminar no era una opción.
Cuando nos acercábamos a la parada, he empezado a notar que una suela de mi alpargata se estaba soltando. Con pocas opciones, he entrado en un chino a comprarme pegamento, dejando que Cristina siguiera su camino. Antes, he intentado llamar a mi hermana y a mi cuñado, confiando en que estuvieran en casa. No me han cogido el teléfono, y Sofía, que sí lo ha hecho, estaba en Puerto Venecia. Estaba muy cerca de ellos, y de estar, hubiera pasado a buscar unos zapatos de mi hermana o a hacer un apaño con la suela y la alpargata. Así, el chino ha pasado a ser la primera opción.
Un euro y pico, y varios minutos más tarde, queda claro que lo del pegamento no es la solución (al menos, pegarlo en un banco de mala manera no lo ha sido). Solamente he conseguido pegarme los dedos. Así no puedo ir a ningún sitio, y menos a bailar.
Valorando mis opciones (ir a casa, ir al teatro, comprarme unas chanclas en el chino…), decido llamar a Tere y a) decirle lo que ha pasado, cancelando la recogida al final de salsa; b) decirle que voy al teatro directamente y que venga cuando pueda – yo estaré allí; y c) pedirle que me traiga cinta aislante para apañar el zapato, que en ese momento aún se sostiene, aunque no sea lo más estable del mundo.
Cruzando los dedos para que la alpargata no se deshaga, cojo el autobús que, ¡cómo no! Está desviado por las obras. Eso me obliga a caminar algo más de lo que esperaba, y a estas alturas la parte de debajo de la cuña “baila” de mala manera, solo sujeta por la puntera.
Cruzando los dedos, y a la velocidad de una anciana reumática con neumonía, consigo llegar al teatro, donde compro las entradas y pido celo/cinta aislante/lo que tengan. A esas alturas la parte de debajo de la cuña ya se ha soltado, así que el apaño se hace urgente.
Con un poco de maña y mucha cinta de carrocero (lo que encuentran) hago un apaño que -confío- resistirá hasta que vuelva a casa. Y con ese tema arreglado, me tomo una cerveza mientras espero a Tere, que viene en un rato con más cinta aislante y unos zapatos suyos que espera que me quepan.
No los necesito ya, pero se lo agradezco en el alma. Tras otra cerveza, nos ponemos a la fila para entrar. Los amigos de Vega, Esperanza y Alfredo, están ya en la fila, y nos invitan a colarnos. En breve, llegan Santi y Javier (otros amigos de Vega), que se unen a nosotras; cuando abren, nos sentamos relativamente cerca del escenario y nos preparamos para disfrutar de la obra.
Este año, la obra se llama “El funeral, la última fiesta” y es una adaptación de “Un funeral de muerte” una película inglesa muy divertida donde un funeral se convierte en un caos familiar. Secretos descubiertos, malentendidos, drogas, revelaciones explosivas… A mí la película me encantó, y aunque la obra de teatro es una adaptación, también es divertida. Quizá no la he disfrutado tanto porque estaba cansadísima y había ratos en los que se me abría la boca. Esto de poner las obras un viernes a las 9 no me convence, la verdad.
Tras la obra, esperamos un rato a que saliera Vega para saludarla, antes de volver a casa. Tere, un encanto, me acerca para que no tenga que moverme mucho con mi alpargata destrozada -que parece aguantar-. Pese a todo, cuando llego a casa -le he pedido que me deje a unos 500m, para facilitarle el camino a su casa-, la cinta de carrocero ha comenzado a romperse, y llego justo a tiempo de que todo se desmorone. En fin, habrá que comprarse otras.
Etiquetas: Actividades culturales varias

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home