Destrozada, pero feliz
Este fin de semana he tenido visita.
Unos amigos italianos se han venido a España de vacaciones y han incluido ZgZ en el recorrido para verme; y yo encantada, la verdad.
M. me avisó hace dos semanas de que vendrían, preguntándome si estaba, si podía atenderlos y si tenía sitio para alojarlos. Sobra decir que le dije a todo que si, pensando en alojarles en mi casa nueva. Si, si, la que todavía está en "periodo de entreguerras".
En principio venían el fin de semana a ZgZ, con intención de pasar la noche del domingo en Pamplona para ver los sanfermines y después irse a la playa, en un punto indeterminado de la costa catalana.
M. me pidió que fuera con ellos a Pamplona, aunque sabe que las fiestas de ese tipo no me gustan demasiado. No todos los días tengo visita, y la verdad es que M. es muy especial para mí, así que me dejé convencer, aunque no sin alguna reticencia. Además, mi hermana me apoyó, recordándome que por una vez en la vida no iba a pasar nada.
Hasta el viernes no supe si llegaban el mismo viernes o el sábado.
Venían dos parejas, M. y su mujer, y P. y su novia. Unos de Munich y los otros de Roma, en vuelos y horarios distintos, así que la logística no era simple, sobre todo teniendo en cuenta que M. se toma la vida con una pachorra y una filosofía dignas de un perezoso australiano.
El sábado por la mañana me mandó un mensaje avisándome de que llegaban a las cuatro, en autobús. Media hora más tarde mandaba otro retrasando la hora de llegada hasta las seis: habían perdido el autobús.
Además de preparar los colchones hinchables que mi madre me había forzado a comprar (yo tenía pensado hacerlo pero lo retrasaba esperando una oferta), me dio tiempo a comer, dormir la siesta y ordenar un poco el desván que mi casa es ahora mismo.
Habían tenido suerte, porque el tiempo fue bueno la semana pasada; incluso fresco, al menos por la noche. Ellos venían de Munich y esperaban el calor tórrido que es normal aquí, con lo que se quejaron lo indecible...
Gracias a ello, esta semana estoy pasando la ola de calor africano con una sonrisa, pensando en ellos y cómo aguantarán los 40 grados a la sombra...
Je, je, pobrecitos...:-)
Dimos un paseo por el centro antes de cenar, y no pude impedir que, siguiendo el ritual guiri por excelencia, regásemos la cena solo con sangría. A medianoche llegaron P. y C., que también se unieron a la sangría...¡¡Uff!! ¿fui sólo yo la que tenía dolor de cabeza al día siguiente?
En todo caso, era domingo y tampoco hicimos demasiado. Un paseíto por el centro, unas tapas en una terraza de una plaza, una cervecita...
A media tarde cogimos el autobús a Pamplona. Ninguno de estos iba "adecuadamente" vestido, así que en cuanto llegamos asaltaron el primer chiringuito que vieron para comprar pañoletas y fajines rojos para ponerse de acuerdo con toda la ciudad.
Fue una noche agotadora y acabé con la garganta destrozada. Mucho calimocho (yo paré a tiempo de evitar la resaca de garrafón del día siguiente), mucho frío, y varias horas muertas en el sitio escogido para ver los toros el día siguiente.
Una vez y no más, eso seguro.
Pasé un frío espantoso para ver la salida de los toros y el paso por la cuesta de Sto. Domingo. Lo más impresionante de todo fue ver la barrera de policías apostados delante de los corredores esperando a que llegaran los toros. ¡¡Qué sangre fría!! ¡¡No se apartaron hasta que los tenían prácticamente encima!!
Después de un chocolate con churros con el que empezamos a templarnos, vimos las dos últimas vaquillas en la plaza y yo les dije que me volvía a casa, a dormir. Ellos decidieron quedarse a dar una vuelta hasta el siguiente autobús, y allí los dejé, siguiendo a la comparsa de gigantes y cabezudos como si fueran niños.
¡Y es que para ellos era completamente nuevo!
p.d. Por cierto, que estas cosas han cambiado mucho desde que yo era una cría...
Antes los cabezudos podían hacerte algo de daño con las cuerdecitas que llevaban, pero ahora llevan unas protecciones de goma que impiden cualquier daño. Tanto es así, que llegué a ver a un criajo de apenas tres años dando a un cabezudo con su propio palo. ¡Acabáramos!
Unos amigos italianos se han venido a España de vacaciones y han incluido ZgZ en el recorrido para verme; y yo encantada, la verdad.
M. me avisó hace dos semanas de que vendrían, preguntándome si estaba, si podía atenderlos y si tenía sitio para alojarlos. Sobra decir que le dije a todo que si, pensando en alojarles en mi casa nueva. Si, si, la que todavía está en "periodo de entreguerras".
En principio venían el fin de semana a ZgZ, con intención de pasar la noche del domingo en Pamplona para ver los sanfermines y después irse a la playa, en un punto indeterminado de la costa catalana.
M. me pidió que fuera con ellos a Pamplona, aunque sabe que las fiestas de ese tipo no me gustan demasiado. No todos los días tengo visita, y la verdad es que M. es muy especial para mí, así que me dejé convencer, aunque no sin alguna reticencia. Además, mi hermana me apoyó, recordándome que por una vez en la vida no iba a pasar nada.
Hasta el viernes no supe si llegaban el mismo viernes o el sábado.
Venían dos parejas, M. y su mujer, y P. y su novia. Unos de Munich y los otros de Roma, en vuelos y horarios distintos, así que la logística no era simple, sobre todo teniendo en cuenta que M. se toma la vida con una pachorra y una filosofía dignas de un perezoso australiano.
El sábado por la mañana me mandó un mensaje avisándome de que llegaban a las cuatro, en autobús. Media hora más tarde mandaba otro retrasando la hora de llegada hasta las seis: habían perdido el autobús.
Además de preparar los colchones hinchables que mi madre me había forzado a comprar (yo tenía pensado hacerlo pero lo retrasaba esperando una oferta), me dio tiempo a comer, dormir la siesta y ordenar un poco el desván que mi casa es ahora mismo.
Habían tenido suerte, porque el tiempo fue bueno la semana pasada; incluso fresco, al menos por la noche. Ellos venían de Munich y esperaban el calor tórrido que es normal aquí, con lo que se quejaron lo indecible...
Gracias a ello, esta semana estoy pasando la ola de calor africano con una sonrisa, pensando en ellos y cómo aguantarán los 40 grados a la sombra...
Je, je, pobrecitos...:-)
Dimos un paseo por el centro antes de cenar, y no pude impedir que, siguiendo el ritual guiri por excelencia, regásemos la cena solo con sangría. A medianoche llegaron P. y C., que también se unieron a la sangría...¡¡Uff!! ¿fui sólo yo la que tenía dolor de cabeza al día siguiente?
En todo caso, era domingo y tampoco hicimos demasiado. Un paseíto por el centro, unas tapas en una terraza de una plaza, una cervecita...
A media tarde cogimos el autobús a Pamplona. Ninguno de estos iba "adecuadamente" vestido, así que en cuanto llegamos asaltaron el primer chiringuito que vieron para comprar pañoletas y fajines rojos para ponerse de acuerdo con toda la ciudad.
Fue una noche agotadora y acabé con la garganta destrozada. Mucho calimocho (yo paré a tiempo de evitar la resaca de garrafón del día siguiente), mucho frío, y varias horas muertas en el sitio escogido para ver los toros el día siguiente.
Una vez y no más, eso seguro.
Pasé un frío espantoso para ver la salida de los toros y el paso por la cuesta de Sto. Domingo. Lo más impresionante de todo fue ver la barrera de policías apostados delante de los corredores esperando a que llegaran los toros. ¡¡Qué sangre fría!! ¡¡No se apartaron hasta que los tenían prácticamente encima!!
Después de un chocolate con churros con el que empezamos a templarnos, vimos las dos últimas vaquillas en la plaza y yo les dije que me volvía a casa, a dormir. Ellos decidieron quedarse a dar una vuelta hasta el siguiente autobús, y allí los dejé, siguiendo a la comparsa de gigantes y cabezudos como si fueran niños.
¡Y es que para ellos era completamente nuevo!
p.d. Por cierto, que estas cosas han cambiado mucho desde que yo era una cría...
Antes los cabezudos podían hacerte algo de daño con las cuerdecitas que llevaban, pero ahora llevan unas protecciones de goma que impiden cualquier daño. Tanto es así, que llegué a ver a un criajo de apenas tres años dando a un cabezudo con su propio palo. ¡Acabáramos!
Etiquetas: Amigos allende los mares

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