Dia a dia

Cuaderno de campo de un paseo por mi vida, día a día.

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Lugar: Zaragoza, Spain

lunes, abril 23, 2007

Domingueros urbanitas de excursión por los Mallos

Aprovechando el puente de San Jorge y el buen tiempo, ayer mi hermana, mi cuñado y yo planeamos una excursión por el Pirineo.

Aunque no hacemos muchas, los papeles de cada cual ya están asignados: Mi hermana propone, mantiene una actitud positiva, como dice ella, pero a la hora de la verdad lleva la parte pasiva del asunto. Mi cuñado conduce y lleva los grandes pesos. Y yo, como de costumbre, me encargo de buscar la ruta.

Buscando por internet, encontré una ruta que se suponía llevadera: cuatro horas y media de ruta circular por los Mallos de Riglos. Es un paraje precioso y el tiempo no era excesivo, así que no buscamos nada más y decidimos hacerla.

Ayer empezamos con mal pie, saliendo muy tarde de Zaragoza. Cuando comenzamos a caminar ya eran las dce del mediodía, con el "mejor" sol del día cayendo a plomo.

El camino no estaba bien señalizado, pero entre las marcas borrosas y lo que ponía en la página de Internet, conseguimos llegar al pantano de la Peña con sólo una hora de retraso. Ese era el tiempo invertido en equivocarnos de sendero y retroceder hasta el correcto, debido al desastre de señalización.

Hacía un calor terrible, y cuando paramos a comer confirmamos que no nos quedaba agua suficiente para ir cómodos el resto del camino. Sólo queda la mitad, pensamos; podemos hacerlo.
¡¡Ayy, qué atrevida es la ignorancia!!

En la primera bifurcación importante del barrando de Escalete, comenzaron las dudas: ¿qué hacíamos? El poste donde debieran estar los carteles solo tenía los clavos, testimonio de que un día había estado indicada la ruta. Ayer teníamos una pintada en una piedra que podía ser igualmente una flecha o una marca de un desprendimiento.

Seguimos el camino de la derecha, cuesta arriba, por votación mayoritaria. La boca ya era cartón, y solo teníamos la posibilidad de mojarnos la nuca aprovechando los arroyos de la montaña...

Cuesta arriba, y otra cuesta, que llevaba a otra cuesta. Y otra más. El camino se hacía más y más penoso, sin llegar a niguna parte. Pasó un coche despistado que nos dijo que SI había un desvío a Riglos en alguna parte de la pista que dejaban atrás. Bueno, lo dijo el conductor porque la copilota no parecía estar muy segura. ¿O sería acaso la sorpresa de ver a tres locos en esa cuesta bajo el sol del mediodía la que no le dejaba hablar?

Llegamos a un desvío apuntado por una flecha de piedras que decidimos seguir. ¡Horror! ¡Otra vez hacia arriba! Y seguimos ascendiendo, hasta que, ante la vista de un camino que nos iba a llevar de cima en cima, decidimos volver a la bifurcación y seguir por la pista principal.

Tampoco fue la solución. Muertos de sed y de calor llegamos a un repetidor, donde no había un alma. El sendero terminaba allí, así que, derrotados, sólo teníamos una vía por seguir: regresar por donde habíamos venido, ir hasta el pantano, y hacer dedo en la carretera principal.

Mientras bajábamos, soñábamos con un coche que nos dejase en algún sitio civilizado, con agua potable en abundancia. La idea era seguir hasta el pantano, llegar a la carretera, y hacer dedo hasta Riglos.

Cuando llegamos a la bifurcación del poste inútil, con un trecho por delante, yo seguía pensando que debíamos seguir por el camino que cruzaba el valle, pero se hacía tarde y la sensatez se impuso: volvíamos.

En ese momento, acertó a pasar un coche que paramos con alegría y alivio. ¿Podrían llevarnos a Riglos? A Riglos no, dijeron, pero nos dejarían en un punto donde se veía el pueblo y podríamos coger un camino hasta allí.

Aquello nos sonó a gloria bendita. y más aún cuando la mujer que iba en el asiento del copiloto sacó tres cervezas de la guantera. ¡¡Estaban frías!! ¡Impresionante!

Aquello era un lujo: cerveza fría y sin caminar. Dios nos había enviado una pareja muy peculiar a rescatarnos, pero sabía exactamente lo que necesitábamos. Junto a la pareja, hay que decirlo, viajaba una perrita que no estaba muy a gusto con la invasión de su espacio.

Fue un viaje de lo más curioso. Pedro llevaba el todoterreno con una mezcla de descuido y pericia sorprendentes. Todos disfrutábamos de la cerveza, mientras la perra pasaba entre los dos asientos delanteros y (aún no se con qué mano), Pedro, Concha y mi hermana fumaban a gusto.

El camino que yo sugería era el correcto, pero faltaban más de las dos horitas que estaban sugeridas. ¡Menos mal que nos recogieron! Aquello era larguísimo...

Cuando llegamos al inicio del camino que nos iba a dejar en el pueblo, y tras descubrir un par de amigos comunes, la brigada de rescate de domingueros (Pedro y Concha) se habían apiadado de nosotros y decidieron bajarnos a Riglos en coche, por la carretera general.

Y menos mal, porque vista la señalización de marras no se como hubiera estado el sendero...

Llegamos al pueblo a las ocho, puesto que el coche era viejo y no podía correr con tanto peso, pero aún pudimos celebrar la llegada con un par de litros de agua. Lo que era seguro es que no volveríamos a intentar esta ruta...

Volveremos a los Mallos, por supuesto, pero con otra excursión, :-)

En cualquier caso, es de agradecer la gente encanatdora que te encuentras cuando estas en la motaña. Gracias mil, en serio.

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