El año del alemán atípico
Y no es que haya encontrado un alemán raro, no.
Es que, desde octubre, cuando reanudé mis clases de alemán, cada día de clase ha sido más raro.
Cuando llegamos, allá por los primeros fríos, teníamos una profesora alemana de cuyo nombre no me acuerdo -no podría acordarme ni aunque quisiera-. No sabía hablar español, y tampoco tenía muy claro como enseñarnos.
A su favor debo decir que nosotros no se lo pusimos muy fácil; imaginad a ocho españolitos con el oido atrofiado después de cuatro meses sin oir ni palabra de alemán. ¡¡Como para escuchar explicaciones gramaticales!!
La chavala emigró en tres semanas, sin avisar. El lunes antes del puente de todos los santos fuimos a clase y nos encontramos a Rita, la dueña de la academia, con la tiza afilada y dispuesta a darnos clase. Nunca nos dijo qué había pasado con la otra, pero al menos nos explicó las subordinadas de forma inteligible.
Dos semanas más tarde Jürgen llegó a nuestra vida para ponerla patas arriba. Venía de Colonia y su método de enseñanza descartaba los libros, lecturas, ejercicios y cualquier tipo de método lógico.
La clase consistía en hablar, hablar, hablar.... principalmente él.
No hablaba español, al menos al llegar, pero hablaba un inglés divino y eso fue perfecto para entendernos. En todo caso, no tenía nada del alemán típico, cuadriculado y estricto. Si queríamos ejercicios, podíamos hacerlos solos en casa, decía. Pero no los hacíamos.
Teníamos unas clases extrañas pero no dejábamos de aprender. Creo que el día que rozamos el colmo del surrealismo fue aquel en que nos habló de los cuatro niveles de consciencia del cerebro humano. En alemán, si.
Lo mejor fue que lo entendimos todo. Alucinante.
Aunque me planteé dejarlo este trimestre por lo lento que íbamos -dos temas por trimestre sin hacer ni un solo ejercicio casi me han hecho olvidar como escribir-, me di cuenta de que al poner la VOX empezaba a entenderles frases simples y palabras que antes ni imaginaba.
Además, seis meses sin escuchar nada seguro que era un retroceso, así que decidí continuar en abril-mayo-junio. A pesar de la pereza. Y del buen tiempo. Y de la lentitud.
Ayer, primer dia de abril, seguimos la carrerita de todo el año: nos presentaron a nuestro cuarto profesor, Alex.
Berlinés, con un bigote prusiano y un acento cerrado, nos explicó que Jürgen había vuelto a Colonia porque su madre estaba enferma. No hablaba español, y nos contó que había venido a España en busca de sol, después de diez años en Moscú, pasando frío.
Nos pidió que le dijéramos qué ejercicios del libro habíamos hecho. Ninguno, respondimos.
No nos creyó. Nos hizo repetirlo de veinte formas, hasta que se dió cuenta de que el problema no era nuestra pronunciación ni nuestra expresión en alemán. Simplemente entendía lo que queríamos decir: no hemos trabajado con el libro.
Del susto, hizo venir a Rita para que tradujera lo que decíamos y confirmar que sus oidos no le traicionaban.
Tardó en recuperarse, pero decidió seguir adelante, impartir la siguiente lección, y recordarnos que él SI seguiría un libro.
Y es que además de berlinés, bigotudo y optimista, teníamos delante de nosotros un ejemplar perfecto de alemán cuadriculado.
Es que, desde octubre, cuando reanudé mis clases de alemán, cada día de clase ha sido más raro.
Cuando llegamos, allá por los primeros fríos, teníamos una profesora alemana de cuyo nombre no me acuerdo -no podría acordarme ni aunque quisiera-. No sabía hablar español, y tampoco tenía muy claro como enseñarnos.
A su favor debo decir que nosotros no se lo pusimos muy fácil; imaginad a ocho españolitos con el oido atrofiado después de cuatro meses sin oir ni palabra de alemán. ¡¡Como para escuchar explicaciones gramaticales!!
La chavala emigró en tres semanas, sin avisar. El lunes antes del puente de todos los santos fuimos a clase y nos encontramos a Rita, la dueña de la academia, con la tiza afilada y dispuesta a darnos clase. Nunca nos dijo qué había pasado con la otra, pero al menos nos explicó las subordinadas de forma inteligible.
Dos semanas más tarde Jürgen llegó a nuestra vida para ponerla patas arriba. Venía de Colonia y su método de enseñanza descartaba los libros, lecturas, ejercicios y cualquier tipo de método lógico.
La clase consistía en hablar, hablar, hablar.... principalmente él.
No hablaba español, al menos al llegar, pero hablaba un inglés divino y eso fue perfecto para entendernos. En todo caso, no tenía nada del alemán típico, cuadriculado y estricto. Si queríamos ejercicios, podíamos hacerlos solos en casa, decía. Pero no los hacíamos.
Teníamos unas clases extrañas pero no dejábamos de aprender. Creo que el día que rozamos el colmo del surrealismo fue aquel en que nos habló de los cuatro niveles de consciencia del cerebro humano. En alemán, si.
Lo mejor fue que lo entendimos todo. Alucinante.
Aunque me planteé dejarlo este trimestre por lo lento que íbamos -dos temas por trimestre sin hacer ni un solo ejercicio casi me han hecho olvidar como escribir-, me di cuenta de que al poner la VOX empezaba a entenderles frases simples y palabras que antes ni imaginaba.
Además, seis meses sin escuchar nada seguro que era un retroceso, así que decidí continuar en abril-mayo-junio. A pesar de la pereza. Y del buen tiempo. Y de la lentitud.
Ayer, primer dia de abril, seguimos la carrerita de todo el año: nos presentaron a nuestro cuarto profesor, Alex.
Berlinés, con un bigote prusiano y un acento cerrado, nos explicó que Jürgen había vuelto a Colonia porque su madre estaba enferma. No hablaba español, y nos contó que había venido a España en busca de sol, después de diez años en Moscú, pasando frío.
Nos pidió que le dijéramos qué ejercicios del libro habíamos hecho. Ninguno, respondimos.
No nos creyó. Nos hizo repetirlo de veinte formas, hasta que se dió cuenta de que el problema no era nuestra pronunciación ni nuestra expresión en alemán. Simplemente entendía lo que queríamos decir: no hemos trabajado con el libro.
Del susto, hizo venir a Rita para que tradujera lo que decíamos y confirmar que sus oidos no le traicionaban.
Tardó en recuperarse, pero decidió seguir adelante, impartir la siguiente lección, y recordarnos que él SI seguiría un libro.
Y es que además de berlinés, bigotudo y optimista, teníamos delante de nosotros un ejemplar perfecto de alemán cuadriculado.
Etiquetas: Actividades extraescolares

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