Subida al Oroel
La verdad es que subir es un paseo, y el viernes a las siete ya estábamos en el mercadona pertrechándonos para el fin de semana completo. Hacía calor, y aún tuvimos tiempo de disfrutar de una vueltecita con cervecita y parada en un par de tiendas incluidas antes de volver a casa a cenar.
El sábado habíamos planeado subir al Oroel por el lado del merendero, que aunque más empinado, también era más corto. Hace unos años subi con mi hermana, mi cuñado y unos amigos suyos por el otro lado, el de la ermita, con tan mala suerte que perdimos el camino de vuelta y acabamos bajando por el lado del merendero. Por eso recordaba el camino de vuelta como más rápido, más empinado, pero también mucho más agradable porque estaba cubierto de vegetación desde la cresta del monte hasta el mismo aparcamiento. Ese bosque había sido una de las razones para elegir esa ruta en pleno mes de junio. Bueno, esa y también que Elena no había subido al Oroel en sus dos años en Jaca.
Por esto mismo, yo tenía claro que la subidita iba a ser dura. Había leído en alguna parte que subir por ahí costaba tres horas, pero alguien le había dicho a Cris que esa era la estimación entre subida y bajada. En cualquier caso, Elena sugirió madrugar un poco para intentar evitar el exceso de calor del mediodía y conseguimos empezar a subir antes de las diez. No estaba mal para comenzar...
Conforme subíamos, me di cuenta de que mis recuerdos estaba incluso dulcificados. El camino en zig-zag entre el bosque era muy agradable, pero ninguna de las cuatro estaba entrenada y echábamos de menos un poco de fondo -no teníamos resistencia física-. Sin ningún tramo de trayecto en llano, las cuatro íbamos a la par, lentamente y parándonos cada cien metros, a ser posible en sombra. Si, vale, lo confieso, nos pesaba el culo... Y el hecho de que no dejaran de adelantarnos distintos grupos tampoco ayudaba demasiado a la autoestima...
El ascenso se hizo muy duro, pero al menos estábamos a la sombra. Cuando llegamos a la cresta, el último tramo y además llano (¡al fin!), todas nos temíamos que el calor nos dejara fuera de combate. Pero no; aunque el sol caía a plomo soplaba un vientecillo muy agradable y el camino hasta la cruz no se hizo demasiado pesado. ¡Especialmente después de lo que habíamos pasado subiendo! tanta era la diferencia que Marta cogió la delantera, y acabó siendo la primera que llegó a la cruz. ¡Ahí es nada!
Marta y Cris, que iba unos pasos por detrás, decidieron pasar de la cruz y sentarse en el poste de cemento del vértice geodésico. El mejor sitio de toda la cima, hay que decirlo. La vista, impresionante, y el asiento de primera fila, nos animaron a comenzar con el aperitivo. ¡¡Que no falte!! Una cervecita, un poco de queso, un poco de mortadela, la mitad del pan... Fue duro pararse, pero nos dimos cuenta de que, si seguíamos así íbamos a terminar con todo lo que habíamos subido....¡¡y la idea era comer abajo, junto al merendero!!
Un ratito de paz al sol disfrutando de la vista, un par de fotos, y decidimos bajar a comer abajo. Era pronto, y gracias a Dios nos esperaba la mejor parte de la excursión: la cuesta abajo. Pese a todo, la bajada se nos hizo más larga de lo que esperábamos. ¡Una hora y pico, sin ir más lejos! Íbamos tranquilas, sin prisa; especialmente Marta, que tiene que vigilar su tobillo flojo. Por eso no nos sorprendió perderla durante un rato. Lo que no esperábamos era la cara con la que bajó; a la pobre le había dado una bajada de tensión y había tenido que pararse un rato...¡¡pobrecilla!!
Menos mal que el merendero estaba cerca, y allí todas pudimos recuperarnos. Sólo había una pareja recogiendo piñas (si, eso parecía; cada cual se entretiene como quiere) y todas las mesas estaban libres así que pudimos escoger y descansar a gusto mientras acabábamos con las vituallas. ¡¡Por hambre que no falte!!
Después de comer, y visto que no teníamos ni toallas ni nada donde echarnos, decidimos por unanimidad volver a casa a dormir la siesta. Por supuesto, y siguiendo con una tontería del año pasado, no nos fuimos sin dar las notas a cada una de las excursionistas:
- Vestuario montañero - Todas aprobadas. Después de mis "sugerencias" del año pasado - repetidas machaconamente cada vez que salía el tema-, todas llevábamos botas de montaña. Eso sí, todas lo agradecieron mientras caminábamos. Marta tenía un punto positivo por llevar visera, a pesar de que esta misma visera le "penalizó" en otras asignaturas, ya que es de mi padre y sirve para un apañito y poco más. Según la jefa de estudios (oui, c'est moi), pueden subir nota (un par de puntos con un palo montañero que sobrepase la altura de la rodilla) :-)
- Memoria de elefante - Sobresaliente para Marta por su capacidad de recordar cada cien metros la excursión del año pasado, cuando Elena se despreocupó del mundo y nos sacó cien metros al resto, que íbamos en bloque para que algunas ayudáramos a las del suspenso en vestuario montañero. ¡Y menos mal, porque hubo un momento en que Cris casi aterriza de culo en medio de un barrizal!
- Antes muerta que sencilla - Sigo suspendiendo en esta asignatura mientras que las gemelas y Marta mantienen sus notazas :-) Cris mantuvo un perfecto equilibrio con "vestuario montañero" renunciando a la falda que le tentaba de mala manera... Aunque las tres iban de notable alto (han bajado desde el año anterior, todo hay que decirlo), Marta recibió un punto negativo por dejarse la visera con lazo que tanto nos gusta, y que le da un toque elegante en cualquier situación.
- Avituallamiento en ruta - Un notable alto. Ese aperitivo de la cumbre, ese acierto en la elección de la comida, esa cervecita fria en el momento adecuado, ese cálculo de la cantidad de agua que impidió que nos quedáramos secas en medio del monte... fueron sencillamente perfectos. No conseguimos el sobresaliente porque nos olvidamos de coger las patatas fritas, pequeño detalle del que nos percatamos cuando, en lo alto del Oroel, a alguien se le ocurrió proponer que las sacáramos. Genial: ¡primero hacemos que nos apetezcana todas y después nos quedamos con las ganas!
- Equipamiento básico dominguero - Ahí es cuando todas recibimos un suspenso merecido: ni cartas, ni toalla para tumbarnos en la hierba, ni mantel para comer... Gracias a Dios había mesas de piedra que nos evitaron el tener que poner la comida encima de la hierba (y de las hormigas).
Lo mejor fue el comentario de Marta al volver y ver dónde habíamos estado: ¡¡QUÉ HORROR!! Y creedme, lo dijo en mayúsculas :-)
Etiquetas: De excursión

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